Hay palabras que cargan con el peso de la historia y palabras que lo han perdido. “Facho” pertenece, de manera cada vez más inquietante, a la segunda categoría. Lo que fue durante décadas un concepto técnico preciso con coordenadas históricas, doctrinales y organizativas bien delimitadas, se ha transformado en una suerte de insulto de uso cotidiano, lanzado con igual facilidad desde la indignación política que desde la inconformidad cotidiana. Alguien que piensa distinto, un padre estricto, un jefe autoritario, un rival en Twitter: todos pueden ser llamados “fachos” sin mayor asombro. El problema en este sentido no es sólo lingüístico, es en el fondo, profundamente político. Porque cuando todo es fascismo, nada lo es realmente.
El fascismo histórico fue un fenómeno político de una particularidad radical. Surgido en Italia a principios de los años veinte del siglo pasado, con Benito Mussolini como figura fundacional, y extendido luego al nazismo alemán y a variantes nacionales en media Europa, el fascismo no fue simplemente “autoritarismo” ni “conservadurismo extremo”. Fue algo distinto y, en varios sentidos, nuevo. El politólogo Robert Paxton, en su trabajo de referencia “Anatomía del Fascismo” (2004), lo define como un movimiento de masas con una estética propia, una exaltación a la violencia, un culto al líder carismático y una concepción racializada de la nación, entendida como un cuerpo colectivo amenazado que debía ser depurado por medio de la violencia. En este sentido, no buscaba conservar el viejo orden, sino destruirlo para instaurar otro. Sus métodos eran revolucionarios; sus aspiraciones, profundamente reaccionarias. En lugar de preservar las instituciones liberales, aspiraba a reemplazarlas por un régimen mítico y totalitario.
El fascismo implicaba, al menos, los siguientes elementos constitutivos: un partido-movimiento de masas organizado; una ideología ultranacionalista con componentes raciales o civilizacionales; el culto a la violencia como instrumento redentor; la supresión activa del pluralismo político; la subordinación del individuo al colectivo estatal o racial; y el liderazgo carismático como principio de legitimación. Era, además, un régimen que se materializó en Estados que ejercieron el terror, suprimieron sindicatos, quemaron libros, exterminaron minorías y desencadenaron guerras de conquista. Umberto Eco, que había vivido la experiencia fascista en Italia, intentó en su famoso ensayo “El Fascismo eterno” (1995) identificar los principales rasgos, reconociendo que ningún régimen fascista histórico los contenía todos, pero que bastaba con algunos para que la amenaza fuera real. Entre ellos: el culto a la tradición, el irracionalismo, el miedo a la diferencia, el rechazo del pensamiento crítico, la frustración de las clases medias, el nacionalismo como identidad, el enemigo como amenaza existencial, el elitismo y el machismo. Era una guía útil, pero ya contenía un principio de ambigüedad, es decir, si cualquier combinación parcial de esos rasgos podía llamarse fascismo, el concepto comenzaba a expandirse.
Durante la Guerra Fría, el término “facho” fue utilizado desde la izquierda para designar a cualquier gobierno anticomunista, sin importar su naturaleza. Chile bajo Pinochet era fascista; la socialdemocracia europea era “socialfascismo” en la terminología estalinista de los años treinta. La exageración era políticamente funcional en el sentido de que amplificaba la amenaza para movilizar a las bases. Pero tenía un costo. Cuando todo es fascismo, nada lo es. Después, con la caída del Muro y la hegemonía liberal, el término se corrió hacia usos más difusos. En la cultura popular anglosajona surgió lo que el filósofo Leo Strauss había anticipado irónicamente décadas antes con la “reductio ad Hitlerum”, la tendencia a igualar cualquier posición indeseable con el nazismo. La ley de Godwin, formulada en los inicios de internet “a medida que una discusión en línea se prolonga, la probabilidad de que alguien compare a otro con Hitler tiende a uno”, no era solo una broma, sino la descripción de un proceso de degradación conceptual en tiempo real. En el vocabulario político rioplatense, “facho” tiene una historia propia. Operó durante las dictaduras militares como un término cargado de sentido real y urgente que designaba a los militares que secuestraban, torturaban y desaparecían personas; a los civiles que los sostenían y a un sistema de terror. Tenía un referente empírico preciso y un peso moral específico, es decir, usarlo era nombrar algo. Sin embargo hoy, en el Uruguay democrático del siglo XXI, “facho” puede designar a alguien que vota a Cabildo Abierto, al Partido Colorado, al Partido Nacional, a quien critica el gasto público, a quien prefiere la seguridad sobre la libertad en determinada política criminal, a quien le molesta una cuota de género. La extensión del término se ha vuelto inversamente proporcional a su precisión y allí radica el problema.
George Orwell advirtió que el lenguaje político estaba diseñado para hacer que las mentiras parecieran verdades y para dar apariencia de solidez a lo que no es más que viento. El problema no era solo el cinismo de los poderosos; era también la pereza de todos. Usar imágenes clichés como la de “facho” puede ser una forma de pensar menos. Y pensar menos, en política, es siempre peligroso. El fascismo histórico no fue un accidente, fue resultado de condiciones sociales, económicas y políticas específicas, y de la incapacidad o la negativa de muchas sociedades de reconocerlo a tiempo. El verdadero homenaje a quienes lo padecieron no es la banalización del término en el lenguaje cotidiano; es mantener viva la memoria precisa de lo que fue, para que el concepto sirva cuando deba servir.
Quizás el mal día para ser facho no sea el día que gana el adversario político. Quizás sea, más profundamente, el día en que ya no sabemos exactamente de qué estamos hablando cuando lo decimos.