CANCHA CHICA: Lo que no se ve, no se desea por Santiago Pérez

En los últimos días, el deporte uruguayo vivió una seguidilla de gestas que, en otro país y con otro ecosistema mediático, hubieran sido portada, mural y bandera. Layva, un equipo de handball femenino sostenido más por convicción que por recursos, se consagró campeón de América al vencer en la final de la Copa Libertadores a Sedalo, potencia argentina del continente. Peñarol, por su parte, levantó la Libertadores de futsal en Paraguay, derrotando en la final al brasileño Magnus, un equipo ultra profesionalizado y con años de hegemonía.

No estamos hablando de logros menores. Son títulos continentales. De equipos uruguayos que vencen a rivales con estructuras formales, presupuestos inalcanzables y un respaldo institucional que aquí sigue siendo sueño. En el caso de Magnus, hablamos de un club que, gracias a una ley de fomento al deporte que funciona, logró consolidar un proyecto profesional, con jugadores que viven del futsal y entrenan dos veces por día si hace falta. Enfrente, deportistas que muchas veces practican de noche, después de trabajar o estudiar.

Vale marcar también que la diferencia entre Peñarol y Magnus es comparable a la que muchos clubes uruguayos viven frente al manya en el torneo local. Desde hace años, los aurinegros son los únicos invirtiendo “fuerte” en el futsal, apostando por un proceso serio que encontró su frutilla de la torta este domingo, pero que se construyó a fuego lento, elevando la vara de toda la disciplina.

Y sin embargo, ganaron. Son Campeones de América.

Ganaron casi en silencio. Mientras estas hazañas se daban, los medios estaban enfocados en el análisis de un sorteo, el debut aún lejano de la selección o la pretemporada de algún equipo de fútbol. Incluso la victoria de Nacional en el torneo de básquetbol fue tratada como un apunte menor, con la honrosa excepción de una tapa en el suplemento deportivo del diario de mayor tiraje. No son medios deportivos, son medios futbolísticos.

La desproporción no es solo mediática. Es cultural. Y es, también, profundamente económica.

La mayoría de estos deportes compiten contra rivales que los superan diez a uno en inversión. Y sin embargo, a fuerza de inteligencia táctica, sentido de pertenencia y una convicción que no se compra ni se impone, logran lo impensado. Es David contra Goliat, pero sin épica en los titulares.

Ahí entra el marketing deportivo. No como herramienta comercial, sino como dispositivo cultural. Para mostrar, contar, amplificar. Porque lo que no se ve, no se desea. Y sin deseo no hay práctica, ni hinchada, ni política pública, ni sponsors.

No lo hacen los medios grandes. Ni en TV, ni en radio. Pero tampoco lo hacen quienes deberían estar más interesados en difundir sus propios productos. La AUF y su canal no cubren ni fútbol sala, ni femenino, ni juveniles, ni playa. La SENADE creó un canal online que quedó a mitad de camino. La anterior directiva de los Medios Públicos abrió una puerta, pero nadie la cruzó. Ojalá la nueva dirección vuelva a abrirla, y que esta vez haya respuestas. Mención especial para la Federación de Handball y su canal de YouTube: esfuerzo valioso, pero sin caja de resonancia, termina hablándole solo al nicho.

Tenemos que empezar a narrar estas historias con el mismo fervor con que analizamos una lesión en un entrenamiento o un pase que no se concreta. Porque el deporte uruguayo no se agota en el césped del Parque Central ni del Campeón del Siglo. Está también en los gimnasios de barrio, en las canchas de cemento, en clubes que se sostienen a puro amor por el juego.

Celebrar estas victorias no es solo un acto de justicia; es una inversión simbólica en un país más diverso, más rico en referentes, más sano en sus aspiraciones. Si una niña ve que Layva es campeón de América, va a saber que también puede. Si un gurí ve que Peñarol puede ganarle a un gigante brasileño, va a soñar más alto. Y va a saber que hay opciones más allá del pasto.

Y eso no tiene precio.

A eso apunta esta nueva sección de Semanario Voces.
Ojalá no quedemos solos.

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