“La muerte es una ingenua adivinanza”
“Candombe del olvido” fue una obra escrita desde las tripas en Buenos Aires. Se hace difícil colocarse en la piel del drama individual, cuando en los años 70 el destino posible de un ciudadano comprometido políticamente era la cárcel o el exilio. Lo cierto es que, en la Argentina convulsionada de 1976, Alfredo Zitarrosa y Juan Des Crescenzio escribieron esta canción trascendental de la música popular uruguaya. La anécdota de la gestación del candombe es sorprendente. “Yo vivía en Barrio Norte, en Pueyrredón y Las Heras, donde hay una plaza con una calle a contramano. Volviendo del supermercado (junto a Zitarrosa) y esperando en los semáforos, decido doblar antes del cambio por una calle que era a contramano y que bordeaba dicha plaza. Sin darme cuenta de que el coche de la fila contraria era uno de la policía”. Así cuenta Juan Des Crescenzio cómo de un hecho fortuito derivó el acto creativo. Los policías -junto a efectivos del ejército- habían detenido el coche y los hicieron descender. El responsable del procedimiento se percató de la identidad del artista consagrado y es por esto por lo que zafan por un pelo. Al día siguiente, Zitarrosa le preguntó a su amigo por una música en la que estaba enfrascado desde hacía días y le mostró el texto que acompañaría aquella idea musical. Había acumulado mucha bronca por lo sucedido, además del sentimiento de culpa por la "vista gorda" de los represores ante el personaje de prestigio. De este encuentro entre una música que estaba latiendo y un poema desesperado surge la canción. Sin dudas, el texto de “Candombe del olvido” es uno de los más profundos y poéticos de toda la obra de Zitarrosa, escrito desde la angustia y la nostalgia. Un texto complejo, por momentos hermético, y donde el autor propone un ejercicio de introspección. El candombe es un patrón rítmico que se reproduce por el toque de tres tambores. Cada uno de ellos con una célula rítmica específica que varía según los distintos toques de comparsas o según el criterio de cada composición. El de esta canción pertenece al del área folclórica, similar a la estética “olimareños”. Empieza con un leitmotiv instrumental de cuatro compases antes de la aparición de la voz solista, que luego mantiene un diálogo con el coro (¿el pueblo?). Esta sección B se repite cinco veces después de cada A (la parte lenta reflexiva). La A donde no hay ritmo sino acordes rasgueados en figuras de blancas es la base para el canto, en un procedimiento casi renacentista. Hacia el final la A desaparece y la B toma el rumbo de la canción. Lo curioso de cada una de las apariciones del candombe, es que deja la sensación de contestar a una música oculta; como si fuese la respuesta a una música antes esbozada (cuesta explicarlo y quizá sea una sensación personal). La segunda estrofa de la canción (en la primera vuelta del candombe) es replicada por el coro que es el leitmotiv literario; con un martilleo constante: “El candombe del olvido/ tal vez si yo le pido un recuerdo/ me devuelva lo perdido”. En la A estamos asistiendo a la desnudez interior del poeta. Zitarrosa regresa a su adolescencia desde el dolor existencial: “Dónde estarán los zapatos aquellos/ que tuve y anduve con ellos/ dónde estarán mi cuchillo y mi honda/ el muchacho que fui, que responda” y luego “ya no recuerdo el jardín de la casa/ ya nadie me espera en la plaza/ suaves candombes, silencios y nombres/ de otros, se cambian los rostros”. La melodía de la A es de una austera belleza y pareciera acompañar levemente el texto, y que viene a resultar perfecta para reforzar la desolación de los versos. En una de las estrofas más bellas y poéticas describe toda la angustia de la pérdida: “Quién me dará nuevamente mi voz inocente/ mi cara con lentes/ cómo podré recoger las palabras habladas/ sus almas heladas”.
En la coda se desata el candombe es entonces que Des Crescenzio, Gualberto López, Eleodoro Villalba, Ciro Pérez, Alfredo Gómez y el percusionista “Pocho” Alvin, recrearán para siempre en la grabación la atmósfera particular del sur montevideano. Hay una fuerte emoción en el coro final que remite a la voz del pueblo. Mientras tanto el cantor alza el vuelo sobre los versos que describen el microcosmos cultural; versos bastante alejados de las postales turísticas: “Fuego verde, llamarada/ de tus roncos tambores/ del Sur, techos de seda bordada”. O “el candombe no es un grito/ se canta y no se baila (…). Y en el clímax: “Vuelve a amar y no se cansa/ la vida no le alcanza/ la muerte es una ingenua adivinanza”.
Juan Des Crescenzio recuerda los dramáticos, pero vitales momentos de su refugio en Buenos Aires, luego de la histórica grabación que esperará hasta 1979 para ser editada en España. “La situación se hacía difícil día tras día; Alfredo ya no venía a casa. Mi humilde inquilinato o conventillo, como lo llamaba Enrique Estrázulas, se volvió un refugio para gente que venía desde Uruguay y no tenía dónde quedarse. Compañeros que llegaban con mucho miedo. Aquella casa fue útil entre tanta locura y muerte. El “Candombe del olvido” refleja todos aquellos encuentros inolvidables”.







