Lanzamiento de Licenciatura de Filosfia de la UCU
Me parece que es difícil exagerar la importancia que reviste un momento como este, no solo porque siempre un programa universitario es digno de aplauso. Porque en este caso, tratándose de filosofía, es especialmente urgente. Atendida las vicisitudes, los tropiezos que hoy día se experimentan en la esfera pública. El tema del que me voy a ocupar es acerca de la importancia que reviste la filosofía en la esfera pública e intentaré dilucidar si acaso la filosofía es un quehacer del que no debiéramos prescindir.
O si, en cambio, como suele creerse, la filosofía es un quehacer prescindible, una suerte de juego verbal con el que algunas personas se entretienen transitando por eso que Ihering, un famoso jurista del siglo 19 llamaba El cielo de los conceptos.
Entonces, la cuestión que debiéramos intentar dilucidar es si acaso la filosofía tiene de veras alguna importancia en la esfera pública, una importancia que justifica que nos ocupemos de ella y que resistamos los permanentes esfuerzos que se hacen por desalojarla.
O si en cambio, la filosofía es un quehacer, como digo, prescindible. De suerte tal que nada dramático pasaría si finalmente nos despojamos de ella.
Cuando uno se acerca hoy al problema de si acaso la filosofía es o no relevante, en la esfera pública se viene de inmediato a la memoria y ustedes seguramente lo van a recorder, la fábula de Esopo que Platón recoge en el famoso diálogo Teeteto.
Se cuenta de Tales de Mileto, que mientras caminaba hipnotizado, mirando las estrellas, que era el asunto que le preocupaba, de pronto cayó un pozo. Por allí pasaba, dice Platón reiterando el cuento de Esopo, una sirvienta tracia que al ver a Tales caído en el pozo, se burló de él y le dijo: Tú que te preocupas tanto de lo que pasa en las estrellas, que te dejas hipnotizar por el cielo, eres incapaz de ver lo que está delante de tus narices o bajo tus pies.
Y la misma burla concluye Platón vale para todos quienes nos dedicamos a la filosofía.
La historia de la muchacha tracia, tiene una radical importancia en la historia de la filosofía, lo que prueba que esta especie de incomodidad que de pronto invade a la filosofía respecto de su utilidad pública, ha acompañado a los filósofos prácticamente durante toda la historia.
Esta fábula de Esopo no solo está recogida en el Teeteto, sino que también la recoge Diógenes, aparece en Aristóteles.
Aristóteles la recoge en la metafísica, nada menos, y modernamente la recogen Blumenberg y Gadamer. Heidegger en La pregunta por la cosa dedica varias páginas a esta anécdota de la muchacha tracia que desafía el quehacer filosófico.
Tildando lo de un quehacer que nos distrae, que nos envuelve en ensoñaciones y nos aleja finalmente de la realidad en vez de acercarnos.
Y la pregunta que debiéramos hacernos es si acaso esta queja que acompaña casi la totalidad de la historia de la filosofía tiene efectivamente asidero.
O si en cambio, como yo creo, se trata de una crítica equivocada que descansa sobre una mala comprensión de aquello en que consiste la filosofía.
Y para salir al paso de este permanente prejuicio anti filosófico voy a dividir en tres partes lo que voy a enunciar.
La esfera pública
En primer lugar, resulta imprescindible caracterizar la esfera pública. ¿En qué consiste esto que llamamos esfera pública?
Entonces, la primera cuestión que voy a intentar hacer es intentar caracterizar la esfera pública. Luego, en la segunda parte voy a intentar explicar en qué consiste la reflexión filosófica, qué es aquello que preocupa a los filósofos desde Platón, Aristóteles, los medievales, San Agustín, Santo Tomás hasta contemporáneamente Heidegger, Sloterdijk.
¿Qué tienen en común esta gente que comparte esta especie de obsesión por la reflexión filosófica? En suma. ¿De qué se ocupa la filosofía?
Una vez que sepamos en qué consiste la esfera pública y de qué se ocupa la filosofía, podremos responder la cuestión central de esta brevísima charla. ¿Cuál es el lugar que la filosofía tiene en La esfera pública?
¿En qué consiste la esfera pública? Si uno revisa la literatura sobre este tema, se encuentra tres maneras de caracterizar la esfera pública.
Bienes públicos
Desde el punto de vista de la economía neoclásica, lo que los economistas llaman marginalismo, que aparece a fines del siglo 19 con Alfred Marshall, lo publico alude a una característica que revisten ciertos bienes o recursos y se dice un bien es público cuando provee beneficios indiscriminados a todas las personas, sea que paguen o no paguen a la hora de producirlo. El ejemplo de Ronald Coase un famoso Premio Nobel de Economía: Un faro, es un bien público porque ayuda a orientar a los barcos que pagan la tasa en el puerto e incluso aquellos que no la pagan.
Para los economistas es un bien público en este sentido. Da lo mismo el número de personas que consumen el bien, pero no se incrementa el costo de producirlo.
Ese es un criterio para caracterizar lo público. Es el conjunto de aquellos bienes o recursos, como la defensa, la información o el conocimiento, que produce beneficios indiscriminados tanto para quienes pagan por él como para quienes no pagan.
Los bienes públicos producen problemas políticos de importancia, cómo se producen, cómo se financian, etcétera. Pero me parece a mí que no agotan el concepto de esfera pública.
Un segundo criterio para caracterizar la esfera pública lo encontramos en On Liberty, el famoso texto de John Stuart Mill, que es uno de los clásicos del liberalismo.
Publico y privado
Mill sugiere que la línea que divide lo privado y lo público tiene que ver con la esfera de autogobierno. Entonces John Stuart Mill dice Aquello que me atañe solo a mí y a nadie más que a mí es privado y pertenece a mi esfera de autogobierno. Si en cambio, ejecuto un acto que afecta a intereses de terceros que no consienten en la conducta que yo ejecuto, entonces esto es público. Luego, la línea que divide lo privado de lo público, dice de Stuart Mill, depende de si el acto que ejecuta, la conducta que lleva adelante, el enunciado que profiero, me atañe solo a mí, o si en cambio lesiona a terceros.
En la jurisprudencia norteamericana se habla de privacidad, por ejemplo, para la permisión del aborto, y se dice el aborto es un caso típico de privacidad porque solo atañe al autogobierno que la mujer tiene sobre su cuerpo.
Este es el criterio de John Stuart Mill, para diferenciar lo privado de lo público. Pues bien, tanto el criterio económico que acabo recién de revisar como el criterio de John Stuart Mill plantean problemas públicos y políticos de importancia. Desde luego, solemos discutir acerca de cómo distribuir los bienes públicos, cómo financiarlos. También solemos debatir acerca de cuáles son los límites o no de la privacidad. Pero a mí me parece que ambos criterios no agotan del todo la esfera pública.
La decision humana
Más bien, yo recurriría a un tercer criterio para caracterizar la esfera pública. Es más bien un criterio que atiende a la índole de la decisión humana. A la forma en que decidimos. Sabemos a la luz de una amplísima literatura que los seres humanos, tenemos la particularidad de que para actuar no nos bastan lo que los filósofos llaman razones de primer orden. Razones de primer orden son los motivos o los deseos. No nos basta tener un motivo o un deseo para actuar. No, lo propiamente humano es que si usted tiene el deseo de consumir drogas, no le baste eso para hacerlo. Lo propio de un ser humano es que junto a las razones de primer orden que comparecen en su subjetividad, el deseo o la pulsión de hacer esto o aquello. El ser humano, por lo menos en algunos aspectos de su vida, necesita razones de segundo orden que le ayuden a verificar si las razones de primer orden son o no dignas de ser seguidas.
Usted quiere beber como cosaco, hasta perder la conciencia. Y usted no es que simplemente beba porque siente ese deseo. Una persona conciente de sí misma que no se comporta como un animal. La frase es de Kant, no mía, sobrepondrá frente a ese deseo, a esa razón de primer orden, una razón de segundo orden. Debo actuar conforme a ese deseo que de pronto brotó en mí.
Lo propiamente humano es obrar reclamando, buscando, indagando razones de segundo orden para comportarse efectivamente en buena parte de nuestros quehaceres. Obramos rutinariamente, automáticamente, con razones de primer orden, siguiendo nuestros motivos o nuestro deseo. Pero hay cosas que nos parecen particularmente relevantes en las que para obrar buscamos razones de segundo orden.
Por ejemplo, en Uruguay se discutió hace poco el tema de la eutanasia. Supongan ustedes que el 90% hubiera querido aceptar la eutanasia.
Evidentemente, el hecho de que el 90% de la gente quiera aceptar la eutanasia no se sigue una buena razón para aceptarla. Porque uno siempre puede preguntarse si acaso lo que el 90% de la gente quiere es correcto o no. Es decir, es propio de la decisión humana buscar razones de segundo orden.
Razones de Segundo orden
Esto lo dijo Hutcheson, un famoso filósofo irlandés del siglo 18 que distinguía entre razones que excitan la conducta y razones que la justifican.
Pero esta misma distinción aparece en el famoso diálogo platónico Critón.
Un diálogo muy cercano a la famosa apología de Sócrates. A mí me parece luminoso esto para explicar el problema que estamos viendo. En el Critón la escena es la siguiente: Sócrates está condenado a muerte, a beber la cicuta, está encarcelado y lo visitan sus amigos, liderados por Critón.
Y le dicen Sócrates, te queremos tanto que hemos contratado un barco y hemos sobornado a los guardias para que te escapes, para que evites la condenay la cicuta. Y Sócrates responde: pero de lo que se trata Critón no es de si yo quiero escapar o si tú quieres salvarme la vida. De lo que se trata, dice Sócrates, es si tenemos razones para hacerlo.
Y la respuesta que da Sócrates es muy notable: si yo huyera estaría traicionando a la ciudad. Estaría traicionando las leyes en las que creo, las que me alimentaron, las que me permitieron filosofar, las que permiten que la comunidad a la que pertenezco exista. ¿Cómo las voy a traicionar? No tengo razones para traicionarla. Y en consecuencia. Sócrates, consiente la muerte.
Ahí tienen un ejemplo dramático brillante, de la manera en que el quehacer humano, la toma de decisiones humanas, requiere siempre razones de segundo orden.
Aristóteles
Déjeme dar otro ejemplo. El segundo ejemplo se encuentra en un famoso texto aristotélico, inicialmente apócrifo. Pero ya sabemos que es de Aristóteles, sobre el movimiento de los animales.
Allí Aristóteles explica cómo adoptan su conducta los animales. Y lo que dice es que un animal tiene dos elementos para obrar lo que él llama el deseo y la creencia.
La creencia se refiere a algún tipo de conocimiento básico respecto del entorno. Entonces, si un animal, tiene el deseo de comer. Cree que eso que está allí es alimento. Acto seguido come. Esta es la conducta animal. A eso lo llama Aristóteles Silogismo práctico.
En la Ética Nicomáquea en cambio, Aristóteles describe de manera distinta la decisión humana. Los seres humanos tenemos un deseo, tenemos ganas de beber o de drogarnos o lo que fuere. Tenemos una creencia. Eso que está allí es droga que satisficerá mi deseo. Pero no nos basta eso para actuar. Necesitamos una tercera premisa.
¿Y cuál es esta? Dice Aristóteles. Bueno, nos preguntamos si acaso debemos hacerlo a la luz de una concepción global de nuestra vida. ¿Debo consumir drogas o no? Entonces, lo que dice Aristóteles y me parece a mí extremadamente notable, es que la decisión humana supone la búsqueda de asentimiento racional para aquello que deseamos. Qué es lo que decía Sócrates en el diálogo Critón. Lo que decía Hutchenson en el siglo 18. Y es lo que dice también Kant en la Crítica de la razón pura, la gran la gran obra kantiana.
Kant dice el ser humano no es arbitrium brutum, no tiene la libertad del bruto, del animal, que consiste en que desea algo y lo hace. No, no. El ser humano tiene un arbitrium liberum, o sea, tiene un arbitrio, pero sometido a la reflexión racional. Esto lo dice Kant. Fíjense ustedes, gente tan disímil como Aristóteles, como Platón, como Kant y podríamos seguir, están de acuerdo.
La estructura de la decisión humana supone la búsqueda de razones de segundo orden. Si usted desea algo y lo hace. Usted actúa como un animal y efectivamente, muchas veces actuamos como animal. Pero si usted quiere actuar como un humano genuino, usted interpone entonces una búsqueda de asentimiento reflexivo antes de obrar.
Esta es la estructura de la decisión humana.
Ahora bien. Si eso es así, si es verdad que cuando decidimos necesitamos razones de segundo orden y no nos plegamos irreflexivamente al deseo que en nosotros brotan. Si eso vale para una vida individual, es evidente que también vale cuando se trata de adoptar decisiones que nos afectan a todos.
Si cuando se trata de decidir algo para mí, debo buscar razones de segundo orden y reflexionar. Bueno, lo mismo debo hacer cuando se trata de adoptar decisiones que nos afectan a todos.
Cuando discutimos de aborto para dar un ejemplo dramático, no se trata de saber si queremos o no abortar. No podemos resolver esto haciendo una encuesta porque eso va a proveer una razón de primer orden. Necesitamos una razón de segundo orden que nos lleve a deliberar acerca de aquello que queremos. Esto parece bastante obvio.
Entonces ¿qué es lo que llamamos esfera pública? Es aquel ámbito donde deliberamos, dialogamos acerca de aquello que vamos a decidir respecto de nuestra vida en común. Esa es la esfera pública. Cuando nos ponemos a pensar una decisión que nos va a afectar a todos, que va a configurar la vida que tenemos en común y nos ponemos a buscar razones de segundo orden para adoptar esa decisión.
No nos preguntamos que queremos.
Sino que nos preguntamos qué debemos querer de acuerdo a una cierta concepción global de nuestra comunidad política. Eso es la esfera pública.
Mercado y Estado
Esto es lo que dice Kant en un famoso texto respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?
Él dice, hay dos maneras de concebir la razón humana. Una es la razón privada. Uno emplea privadamente la razón cuando la emplea en calidad de funcionario. En cambio, si yo empleo la razón para apelar al gran público de lectores, para apelar a cualquier sujeto racional capaz de entender y dar razones empleo la razón en un sentido público.
Y Habermas, el gran filósofo alemán en Historia crítica de la opinión pública, identifica la aparición de una esfera pública de un ámbito distinto al Estado y distinto al mercado, donde los seres humanos empiezan a deliberar, a dialogar acerca de la vida en común.
Y este es el origen de la esfera pública que en Occidente aparece en el siglo 17.
Por eso, entre todas las estupideces que circulan en nuestra conversación cotidiana, una de las más notable es la gente que cree que lo público es lo mismo que lo estatal. Eso es una tontería, simplemente porque lo público es distinto al Estado y es distinto al mercado.
Entre otras cosas porque universidades como ustedes comprenden las hay en Occidente desde antes del Estado. La palabra Estado aparece en el siglo 14, lo inventa Maquiavelo.
Esto que el Estado es lo público es una simple tontería, que no hay que consentir.
Lo público es una esfera intermedia entre el Estado y el mercado, donde los ciudadanos, personas racionales, dialogan entre sí para dilucidar cómo es que quieren vivir en conjunto.
¿De que se ocupa la filosofía?
En qué medida aquello de lo cual se ocupa la filosofía puede relacionarse con esta esfera pública. La filosofía se ocupa básicamente en lo fundamental de dos cuestiones y lo voy a ejemplificar haciendo un par de citas. Una está en El Sofista, que es un diálogo platónico, cuya particularidad es que aparece Sócrates muy marginalmente. El personaje principal del Sofista es lo que Platón llama el extranjero. En ese texto el extranjero conversa con un griego y le dice: Me interesa saber qué significa decir que algo es. ¿Qué queremos decir cuando decimos Usted es yo soy? ¿Qué quiere decir esto? Y el extranjero dice Hasta hace poco creíamos saberlo, pero ahora estamos perplejos. Bueno, esa pregunta tan elemental del extranjero en El Sofista da origen a una gran preocupación de la filosofía que se llama técnicamente metafísica y que consiste en dilucidar cuáles son los elementos últimos de lo real, lo que se llama metafísica descriptiva. ¿Podemos saberlo? Sospechamos que esto que tocó, el piso donde estamos, la corporalidad que tenemos, ha de haber algo subyacente a todo esto, que son los elementos últimos de la realidad que de otra manera se nos escapan. Esta es una preocupación radical de la filosofía. Esto es lo que explica que Heidegger, diga que la pregunta por el ser como lo hacen en su tiempo, sea una de las preocupaciones clave de toda la metafísica occidental.
El ser, es decir, ¿cuáles son los elementos últimos de lo real? Y Heidegger piensa y creo que en esto tiene razón. Que responder a esa pregunta funda una época. La manera en que usted conciba el elemento último de la realidad funda una época. Ayuda a configurar culturalmente el mundo que tenemos.
Por eso Heidegger, en otro texto que se llama La época de la imagen del mundo observa que el mundo moderno es un mundo técnico. Un mundo anegado de mera técnica. Y se pregunta por qué. Y él dice que hemos concebido al mundo, hemos concebido al ser humano como un sujeto. O sea, como el sustrato de todo lo real. De manera tal que creemos que todo lo que nos rodea, los árboles, la naturaleza, las cosas, son existencias en el sentido comercial, o sea, recursos a disposición de la voluntad humana. Lo que dice Heidegger cómo comprendamos los elementos últimos de la realidad, qué convicción metafísica subyace en la cultura finalmente, determina la época en medio de la cual vivimos.
La filosofía no se ocupa de cuestiones celestiales. Se ocupa de cómo configuramos la malla interpretativa en medio de la cual desenvolvemos nuestra existencia. Nada menos.
Bastaría decir eso para advertir que la filosofía está en el centro de la esfera pública, porque todas las cosas que discutimos en la esfera pública no pueden ser respondidas cabalmente sin alguna idea bien pensada acerca de lo que somos. Usted no puede decidir acerca de la eutanasia sin tener alguna idea de la condición humana. Usted no puede saber si es bueno o no abortar si no piensa qué tipo de seres somos. Usted no puede decidir si consumir droga o no consumir drogas si no sabe qué tipo de vida quiere llevar.
Entonces las preguntas finales de la existencia, aquellas que se asoman a la problematicidad de lo que somos, son fundamentales porque nos demos cuenta o no nos demos cuenta, son las que configuran el mundo que tenemos en común. Déjenme darles otro ejemplo para salir de Heidegger.
Max Weber
Max Weber el gran sociólogo alemán en Sociología de la religión, su famoso estudio de tres volúmenes donde examina las cinco grandes religiones mundiales. Dice en el prólogo una cosa sorprendente pero brillante. Lo que he aprendido con mi estudio es que la fisonomía de una sociedad, de una cultura, depende de la convicción que tengan los seres humanos acerca de su destino último.
Solo cuando sabemos cuál es nuestro destino ultimo, sabremos cómo configurar nuestro tiempo.
Entonces, esta idea de que la filosofía se ocupa del cielo, de los conceptos es simplemente una tontería. No hay nada más mundano que la filosofía, puesto que nuestro mundo, el entorno en medio del cual desenvolvemos, nuestra trayectoria vital depende no de lo que sin darnos cuenta irreflexivamente, a veces hemos generalizado como concepción del mundo que tenemos en común.
¿Somos efectivamente aquello que fundamenta todo lo existente o somos parte de lo existente? Esta es la gran pregunta heideggeriana. Como dice un poeta chileno, Nicanor Parra: los árboles son árboles o son mesas en movimiento, son sillas en movimiento o son árboles. Hoy día creemos que son sillas en movimiento, porque vemos la naturaleza como recursos merced a nuestra voluntad.
Lo que prueba, que la manera en que concibamos los elementos últimos de la realidad tiene gran impacto cultural y público. Esa es una razón para comprender de qué manera la filosofía está entrelazada con la esfera pública.
Pero hay otra todavía que está en la República de Platón. Sócrates está discutiendo con Trasímaco, que es un personaje que suele aparecer en los diálogos. En un momento Sócrates le dice a Trasímaco: Bueno, pero tenemos que pensar cómo debemos vivir. Porque de todas las preguntas esta es la menos trivial. La más importante de todas ¿Cómo debemos vivir?
Es lo que se llama filosofía práctica o racionalidad práctica. Esto es propio de la reflexión filosófica. Piensen ustedes que responder esta pregunta globalmente es lo propio de la esfera pública, es lo propio de la política.
Hoy día creemos que los políticos son sujetos sagaces que se dedican a entusiasmar, a amplificar las pasiones de las multitudes a o hacer lo que la gente quiere. Bueno, la buena política en cambio, es el político que se preocupa de responder este tipo de preguntas. Que orienta su quehacer público sobre la base de contar con una respuesta a esta pregunta ¿Cómo es que debemos vivir?
En consecuencia, frente a la pregunta de si la filosofía tiene algo que ver con lo público. Parece no haber duda que sí, porque hay al menos dos cuestiones de las que la filosofía se ocupa: cuáles son los elementos últimos de la realidad que somos, y cómo debemos comportarnos. Nada menos.
Y se trata de preguntas que están enlazadas. Usted no puede saber cómo debe comportarse sin tener alguna idea de lo que usted es. Permítame explicar esto con Aristóteles. La Ética Nicómaquea, se abre con la siguiente afirmación. Todo acontece por amor, o por consideración de algo. Y este algo en virtud del cual las cosas acontecen, dice Aristóteles. Así comienza la ética. Lo llamamos su telos o su bien. Pues bien, dice Aristóteles, ocurre que en la vida humana hay muchas cosas que hacemos en razón de otras. Por ejemplo, estudiamos para tener una carrera y queremos tener la carrera para ser exitoso y queremos ser exitoso para tener dinero. En fin, en las cosas que hacemos, dice Aristóteles, muchas las hacemos en vista a otra cosa. Pero ha de haber algo, que deseemos por sí mismo y en miras de lo cual deseemos todo lo demás. Porque si no, nuestros deseos son vanos, son inútiles.
Si usted desea esto para alcanzar lo otro y lo otro para alcanzar lo de más allá, usted se sume en la angustia porque en realidad no desea nada finalmente.
Luego piensa Aristóteles, tenemos que conocer nuestra naturaleza, saber qué tipo de seres somos para saber cuál es nuestro telos y considerando nuestro telos, ordenar nuestros deseos. Esta es la afirmación aristotélica, que no es tan distinta a la kantiana, a pesar de que suelen presentarse como sujetos contrapuestos. De ahí la famosa imagen de Aristóteles. Si existe ese bien que apetecemos por sí mismo y en razón del cual deseamos todo lo demás, entonces nos conviene conocerlo. Porque entonces, y esta es la gran figura aristotélica, como el arquero que apunta a un blanco, podremos ordenar mejor nuestra vida. No hay una imagen más bella para la vida humana que un arquero que tiene toda la fuerza en tensión apuntando a un blanco. Pero una vida de esa índole requiere ser una vida reflexiva en el sentido que delante de ella. Luego, y con esto termino la tercera cuestión que antes les anuncié. No cabe ninguna duda a la luz de la concepcion de la esfera pública que la filosofia tiene un lugar central en la esfera publica. Hoy dia solemos concebir la esfera publica como un ambito donde bullen las emociones de las personas y muchos politicos conciben su propio cassette como la labor de poner atencion a esas emociones y homenajearlas. Saber que quiere la gente y a partir de alli elaborar una plataforma politica. Esa es la politica hoy dia del demagogo, la politica de la figura puramente carismatica, la figura de quien busca la popularidad a cualquier costa. Halagando cualquier cosa que las personas crean o digan. Es verdad y la esfera publica está anegada de ese tipo de políticos hoy dia, pero no cabe duda que si seguimos asi y no retrocedemos en busca de una cordura racional lo que vamos a arriesgar es la democracia. Porque la democracia no suele ser como suele creerse livianamente la simple aplicacion de la regla de la mayoría para adopter decisions públicas.
La democracia consiste en realidad en el esfuerzo que hace una comunidad humana por deliberar acerca de sí misma respondiendo a la pregunta qued Platon pone en La República: ¿Como es que debemos vivir? Para eso tenemos democracia. Si la democracia consistiera en sumar las preferencias individuales, para eso está el mercado. El mercado lo que hace es agrupar preferencias individuales mediante los precios. Pero la democracia es diferente porque aspira a establecer un momento deliberative en busca de razones de segundo orden que se sobreponen a las preferencias. En democracia no se trata solamente de saber lo que la gente quiere, se trata de saber cual es la major manera de vivir en conjunto. Para eso tenemos democracia. Por eso la democracia nació en Occidente atada a la escuela, al cultivo de la ilustracion, de la racionalidad. La democracia no puede ser un show, la figura del politico no puede ser como desgraciadamente hoy es, una especie de payaso bien vestido. Que habla con remilgos pero lo que hace definitivamente es halagar los deseos de la mayoría sin aportar a la vida en comun ningun tipo de reflexión. Algo asi no es democracia. Hoy dia estamos viviendo en toda la región de America Latina y en el mundo en general la aparición de democracias autoritarias. Regimenes políticos que quien tiene el poder accede a él mediante la regla de la mayoría, pero conforme se hace del poder abandona la practica de la democracia. Persigue a los medios de comunicación, insulta a los medios de comunicacion, hostiga a las universidades, interviene a los jueces, por multiples mecanismos soterrados acaba socavando las bases del dialogo democrático. Todo esto ocurre porque hemos descuidado el cultivo de lo elemental, que vivir humanamente es ser capaz de reflexionar y responder la pregunta de como debemos vivir.







