En las elecciones partidarias realizadas en junio pasado en Chile, Jeannette Alejandra Jara Román se convirtió en la candidata única de “Unidad por Chile” (grupos que apoyan a Gabriel Boric), al obtener el 60,3 % de los votos, superando con holgura las candidaturas de Carolina Tohá (Socialismo Democrático), Gonzalo Winter (Frente Amplio) y Jaime Mulet (Federación Regionalista Verde Social).
El conjunto de partidos participante en este acto lo hizo en consonancia con la norma comicial que permite los voluntarios torneos de esta naturaleza selectivos donde los votos no son obligatorios. En el caso del Partido Comunista, se revierte con Jara la derrota de su candidato del pasado, Daniel Jadue, por el exdirigente estudiantil Boric, actual mandatario.
Se trató, entonces, de un acto al que solo concurrió el oficialismo, constituido por fuerzas progresistas, socialdemócratas, socialistas y comunistas, de acuerdo con los nombres que se dan cada uno, más algunos independientes. Los partidos de derecha proclamarán y presentarán a sus candidatos a la Presidencia en fecha próxima.
De acuerdo con mi personal punto de vista, a los efectos de Chile, más allá de algunas mejoras sociales, la candidatura única intenta darle continuidad a un cierto modo de gobierno que consiguió el apoyo popular -incorporados estos a partidos que sostienen al gobierno- lo que dio un aire esperanzador de cambio a sectores del electorado. Al final del mandato de Boric, mi evaluación es
que se trató de un gobierno “progre” más, acomodado a lo que se puede asimilar como “práctica democrática” que no facilita el paso hacia caminos de sustitución del actual régimen.
Siento que muy claramente lo expresó en una conferencia que impartió en el argentino Centro Cultural de la Cooperación”, el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera: comenzó con una referencia hacia el papel y la definición del Estado y terminó marcando los errores de los progresismos de América Latina. “Las primeras reformas cumplieron una función, en un contexto. Pero quedarse solo repitiendo lo bueno que hicimos fue un error estratégico grave. Si nos quedamos viviendo solo del pasado, queriendo repetirlo en contextos que han cambiado, nos desfasamos. Y así es como damos lugar a propuestas disruptivas de la derecha. El gran problema del progresismo es que no ha sido capaz de ofrecer un nuevo modelo”. Tras esto apuntó que “el progresismo hoy está en huelga de ideas; le falta creatividad, proyectos que entusiasmen, una audacia creíble para resolver las angustias de las personas.” 1
La coalición de centroizquierda, tradicionalmente conducida por partidos como la Democracia Cristiana (por alguna de sus corrientes) y el Partido Socialista, ahora debe consolidar un discurso inclusivo que abarque diversas visiones sociales y políticas. La marcha de la candidatura de Jara ha sido acompañada por el respaldo de un sector de la derecha tradicional -Evelyn Matthei-, mientras que José Antonio Kast mantiene su liderazgo en la derecha extrema, donde prima la concepción del neoliberalismo económico. Cuando hago esta referencia, recuerdo al psicólogo argentino Antonio Ramón Gutiérrez afirmando: “no existe neoliberalismo probo ni ético. La colonización subjetiva del neoliberalismo caló muy hondo en las mentalidades de este tiempo”.
Sin intención de abrir un debate verdaderamente profundo sobre las divergencias entre estas corrientes, digo, como lo señalan ciertos sectores de los que no soy vocero, que “la socialdemocracia disiente, entre otras cosas, del marxismo cuando acepta al capitalismo y la economía de mercado desregulado, aunque también reconoce que son modelos económicos deficientes y, por lo tanto, es necesaria la intervención del Estado en las decisiones económicas con el motivo de garantizar el bienestar de la sociedad.” En la postguerra que le tocó vivir a nuestros padres, con la instauración y el prestigio ganados en los Estados de Bienestar en Europa occidental, la socialdemocracia se convertiría en una de las fuerzas políticas leales al capitalismo más importantes; ya no tenía como principal finalidad la instauración del socialismo, sino la humanización del capitalismo a partir de reformas que otorgaran al Estado capacidad de acción para garantizar servicios de carácter universal y así alcanzar un nivel de vida mejorado para la población. Ese, fue otro fracaso.
De acuerdo con una encuesta reciente, Kast encabeza la intención de sufragio al concitar la opinión mayoritaria de los ciudadanos entrevistados. No me sorprende este resultado porque desde este mismo sitio, hace un tiempo atrás vaticiné no solo esta situación, sino que el candidato de la ultraderecha (hijo de un militante alemán nazi emigrado y radicado en Chile) sería el futuro presidente. Ahora, sin tomar en cuenta encuestas u otros medios, sostengo que la primera vuelta habrá de decidir la integración del Poder Legislativo y dado que es casi seguro que nadie traspase el umbral del 50%, servirá para determinar los precandidatos de la segunda vuelta (balotaje) el 14 de diciembre de 2025: según mi pronóstico (y el de muchos observadores) estos serán Kast (por las oposiciones) y Jara.
El currículo profesional de “la Jara” (como se la conoce popularmente), es una mezcla de formación en administración pública (exministra del Trabajo y Seguridad Social en el actual gobierno), abogacía y gerencia pública, complementada como dirigente estudiantil y política (con militancia en el Partido Comunista desde los 14 años). Pese a sus antecedentes, se escuchó en Santiago (entre decires y susurros) que su papel en el escenario electoral reciente representa un marco inédito, ya que por primera vez desde el retorno a la institucionalidad democrático liberal en 1990, un militante comunista encabeza una coalición como aspirante a la Presidencia de Chile. Teniendo en cuenta mis presagios electorales -espero que estén equivocados-, me inclino (aunque represente el mal menor) por ella.
- Reseña de la conferencia de abril de 2025 en Página 12






