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Clásico literario de H. G. WELLS.

Clásico literario de H. G. WELLS.
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El hombre invisible (The Invisible Man), USA 2020. Dirección y libreto: Leigh Whannell, inspirado en novela de H. G. Wells. Fotografía: Stefan Duscio. Música: Benjamin Wallfisch. Con Elisabeth Moss, Aldis Hodge, Storm Reid, Harriet Dyer, Oliver Jackson Cohen. Estreno: 05.03.2020. Calificación: Aceptable. 

El espectador memorioso recordará que, como film de terror y ciencia ficción, El hombre sin sombra (Paul Verhoeven, 2000) era muy interesante en su concepción y planteos, pero como película de acción resultaba olvidable. Similares desfasajes, aunque no por las mismas razones, padece El hombre invisible, donde el director, libretista y autor de la idea original Leigh Whannell durante largo rato construye una historia más cercana al suspenso y los sustos legítimos que a la adrenalina efectista al uso. Esa cualidad se nota ya en la primera escena, uno de los arranques más memorables del cine de género en años. En esa secuencia una mujer al borde de una crisis nerviosa (Elisabeth Moss) escapa de su moderna mansión situada frente a la bahía de San Francisco. Son las cuatro de la mañana y se la ve aterrada, intentando que el marido no despierte. El espectador adivina que intenta escapar de un hombre que por alguna razón la aterroriza. Luego se sabrá que el sujeto es un multimillonario experto en tecnologías ópticas, y también un golpeador. Todo eso se intuye mientras la mujer consigue a duras penas fugarse, y si quedaba alguna duda se verá que al subir al auto de su hermana el hombre, que se despertó, intentará atacarlas con furia desbordada.

Lo primero que hay que decir a favor de la película es que ha sido pensada para un público adulto, y que su gestación es un acto de creación personal de Whannell, quien no adapta la novela de Wells, sino que utiliza al personaje titular y su peculiar condición para proponer una relectura absolutamente nueva del tema. Con esa propuesta la película en su primera mitad resuelve con mucha inteligencia actualizar una trama gastada dándole interés renovado, porque ubicar la violencia de género como centro de la historia es en este caso una gran idea. ¿Oportunista? Sí, pero no forzada, ya que potencializa el suspenso que originalmente podía tener el asunto. No debe olvidarse que la protagonista tiene mucho miedo aún antes de comenzada la historia “fantástica”, porque su terror proviene de la realidad cotidiana, no de la condición físicamente anómala del villano.

Otro alarde de inteligencia radica en cómo se incorpora la invisibilidad al calvario de esa mujer insegura, sola frente a un mundo que no le cree cuando dice que su marido no se suicidó, sino que sigue acosándola, sólo que ahora se ha vuelto invisible: ¿quién podría creer algo así? En ese largo tramo el anecdotario explora en forma impecable el tema de la vulnerabilidad ante lo cotidiano (la violencia doméstica) con el plus que otorga la posibilidad fantástica de la invisibilidad del agresor. Eso genera un desesperante suspenso y la total complicidad del espectador, porque como toda la historia está narrada desde el punto de vista de la protagonista, el público ve lo mismo que ella, sin que quede duda de lo que está presenciando, y sufre junto a esa mujer. A esas bondades de libreto, narración y atmósferas hay que sumar la sensacional labor de Elisabeth Moss, que no construye una víctima habitual, sino que otorga a su sufrido personaje una dosis extra de complejidad, revelándola como persona muy frágil, aunque a la postre resulte notablemente resiliente.

El problema es que, a partir de cierto momento, la inteligencia de Whannell-libretista parece haberse puesto a dormir y la película se le descalabra, transformando en rutinario todo lo que hasta ese momento era sugestivo, mientras las explicaciones verbales de los personajes y varias situaciones lucen inaceptables. Todo tiene que ver con que Hollywood no respeta la inteligencia del público, porque en el minuto 60 el guion olvida un concepto llamado suspensión de la credibilidad. Es cierto que el cine de géneros tiene sus propios códigos, y si se desea disfrutarlo el espectador debe aceptar de antemano cosas que quizás no existan en la realidad: que en la mayoría de los westerns los indios fueran malos, que en la serie negra las rubias sean femmes fatales, que en el musical los personajes expresen su alegría o su pena cantando; o que no existan tiburones tan inteligentes como el de Spielberg. Esas exageraciones y arbitrariedades, aceptadas por el amante del cine de género, deben respetar de todas formas algo que está por encima de ellas: que no importa lo improbable que sea la premisa manejada, siempre y cuando los hechos que se desencadenen y las reacciones de los personajes no transgredan las leyes de la causalidad y la probabilidad.

Entonces, nada ni nadie puede salvar a una película si el libreto empieza a decretar situaciones y actitudes reñidas con la lógica de los hechos y la propia psicología de los personajes. Que un celular y un perro que probarían la cordura de la protagonista sean ignorados por el libreto, o que alguien abandone su casa ante la molestia que le causa un inquilino en lugar de quedarse y echarlo, no son agujeros de libreto, sino directa mala fe para estirar la película y llevar la historia por carriles que sólo le convienen a quien vende el producto. Eso es imperdonable, sobre todo en este caso, porque se trata de una película concebida y elaborada en forma adulta, para un público ídem. Con esa actitud lo único que Whannell logra es herir seriamente el enorme edificio que había erigido de tan buena forma hasta entonces. Una pena, porque la idea y la primera mitad del film son notables.

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Amilcar Nochetti Tiene 58 años. Ha sido colaborador del suplemento Cultural de El País y que desde 1977 ha estado vinculado de muy diversas formas a Cinemateca Uruguaya. Tiene publicado el libro "Un viaje en celuloide: los andenes de mi memoria" (Ediciones de la Plaza) y en breve va a publicar su segundo libro, "Seis rostros para matar: una historia de James Bond".