¿Cómo funciona tu mundo? Política, algoritmos y conciencia crítica por Margarita Morales

¿Tu mundo digital lo elegís vos o lo elige un algoritmo? Vivimos en tiempos donde la palabra algoritmo dejó de ser exclusiva de programadores y se volvió parte de nuestra vida cotidiana. Ese predictor invisible organiza lo que vemos en redes sociales, plataformas digitales o medios online. Según cuánto tiempo nos detengamos en una publicación, qué emociones despierta y qué compartimos, va moldeando el paisaje informativo en el que habitamos.

El problema no es solo lo que el algoritmo nos muestra, sino lo que deja afuera. La indignación, la sorpresa o la emoción funcionan como combustible para mantenernos conectados, pero rara vez hay lugar para la pausa, el contexto o la visión distinta. Sin darnos cuenta, terminamos en un círculo donde el recorte de diez segundos se convierte en nuestra “realidad”, y lo que empezó en una pantalla comienza a influir en cómo entendemos y vivimos la política.

Ese riesgo trasciende lo individual. La política, que debería ser deliberación y encuentro, se reduce a relatos fragmentados, diseñados para captar atención antes que para invitar a pensar. En ese terreno, los propios actores políticos terminan jugando el mismo juego: muchas veces actúan más como generadores de contenido que como representantes ciudadanos, priorizando interacciones y viralidad por encima de la construcción de soluciones de fondo. Así se convierten, a la vez, en actores y en espectadores de los mismos recortes que moldean la conversación pública.

Por eso no sorprende que, en el Foro de Información y Democracia, once economistas de renombre —incluidos Joseph Stiglitz y Daron Acemoğlu— hayan advertido recientemente que la información es un bien público y que los medios de interés público cumplen un rol esencial para la prosperidad democrática y económica.

Permitirse descubrir por nosotros mismos cómo queremos reaccionar, qué queremos leer y a quiénes queremos seguir puede ser revolucionario. Transformador, pero también desafiante, porque implica reconocer que el otro forma parte de ese mundo, y como tal merece ser escuchado y respetado. Romper el algoritmo es imposible; ampliar nuestro mundo, en cambio, sí está a nuestro alcance. Ese desafío es personal, pero también colectivo: animarnos a informarnos, a escuchar y a reconocer es lo que permite que lo virtual deje de encerrarnos y empiece a abrirnos. Y quizás ahí esté la clave: no dejar que un código decida por nosotros el mundo que queremos vivir.

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