Vivimos tiempos de perplejidad democrática. Por una parte, más de la mitad de la humanidad vive bajo alguna forma de gobierno democrático. Por otro lado, muchas de esas democracias están vaciándose de contenido liberal. No se trata de los autoritarismos de siempre, esos que nunca pretendieron ser otra cosa. Estas “nuevas formas” de democracia, como la puerta de Jano, tiene dos caras. Por un lado, estas democracias celebran elecciones, invocan la voluntad popular. Por otro lado, erosionan las libertades civiles, controlan los medios de comunicación, subordinan el poder judicial y convierten la religión en un instrumento de legitimación política.
El concepto de “democracia iliberal,” presentado hace casi treinta años por Fareed Zakaria, en el artículo de la revista Foreign Affairs (Nov. 1997) “The rise of iliberal democracy,” nombra esta paradoja contemporánea. Zakaria observó algo que contradecía el optimismo de los años noventa: que las elecciones libres no garantizan automáticamente el Estado de derecho, la separación de poderes o el respeto a las minorías, es decir, que el liberalismo y la democracia no son sinónimos. Pueden coexistir urnas transparentes con tribunales amordazados, parlamentos elegidos con prensa censurada, mayorías triunfantes con minorías perseguidas. La democracia, entendida como método de selección de gobernantes mediante el voto, puede funcionar sin el liberalismo, entendido como el conjunto de instituciones y principios que limitan el poder y protegen los derechos individuales. En otras palabras, la democracia se encarga de elegir al gobierno, el liberalismo de indicarle sus fines y valores.
A partir de la observación y análisis de distintas experiencias democráticas, desde 1945, momento en que se establece la identidad entre liberalismo y democracia, Zakaria muestra que su matrimonio fue siempre más accidental que necesario. El liberalismo nació en el siglo XVII como respuesta a las guerras de religión, con el objetivo de limitar el poder del Estado y garantizar espacios de libertad individual. La democracia, en su sentido moderno, llegó en el siglo XIX, con la extensión progresiva del sufragio. Durante gran parte de este siglo, y hasta bien entrado el siguiente, muchos liberales desconfiaban de la democracia, temiendo que el gobierno de las mayorías amenazara los derechos de propiedad y las libertades individuales. Fueron necesarios los horrores del siglo XX para que liberalismo y democracia se fundieran en el modelo que hoy damos por natural, y que, desde hace al menos una década, está en una crisis de sentido.
Esta crisis del modelo ya no es propia de los países subdesarrollados, que son democracias emergentes, sino que también se hace patente en el corazón de la primera democracia liberal del mundo: Estados Unidos. En este país, un movimiento de pensadores políticos cada vez más influyente ha comenzado a cuestionar abiertamente las premisas del orden liberal. Patrick Deneen, profesor de Notre Dame, argumenta en Why Liberalism Failed (2018) que el liberalismo no ha sido traicionado por sus enemigos sino consumido por su propio éxito: su individualismo radical ha destruido las comunidades, tradiciones e instituciones intermedias que hacían posible la libertad. Adrian Vermeule, de Harvard Law School, en Common Good Constitutionalism (2022) propone un «constitucionalismo del bien común» que subordinaría los derechos individuales a una concepción sustantiva del bien social definida desde arriba.
¿Qué caracteriza a estas democracias iliberales y a los movimientos intelectuales que las respaldan? Primero, el culto al líder fuerte que encarna la voluntad popular y se sitúa por encima de las instituciones. Segundo, la desconfianza hacia los checks and balances institucionales, vistos como obstáculos burocráticos a la voluntad mayoritaria. Tercero, el control de los medios de comunicación mediante presión económica, legal o política. Cuarto: la subordinación del poder judicial mediante nombramientos partidistas o reformas que limitan su independencia. Quinto, la construcción de un “enemigo interno” que amenaza la identidad nacional. Y sexto, el uso instrumental de la religión mayoritaria para legitimar el poder y movilizar a las bases.
Este último elemento merece especial atención porque conecta la democracia iliberal con el retorno de la religión a la esfera pública. Durante décadas, las teorías de la secularización aseguraban aseguraron que la modernización traería consigo el declive inevitable de la religión. Pero la realidad ha desmentido esas predicciones. La religión no ha desaparecido; simplemente ha cambiado sus formas de presencia pública. Y en muchos casos, esa presencia se ha politizado de maneras que se contamina la relación entre ambas esferas.






