Cuando la forma no alcanza: el riesgo de vaciar el símbolo por Margarita Morales

En 2020, la murga Un Título Viejo hizo uno de los mejores análisis del ciclo electoral que dejaba sin continuidad, tras quince años, al Frente Amplio en el gobierno nacional. Le decía, con crudeza afectiva: “Hacete cargo, Frente Amplio”. Esa línea, que supo ser parte del repertorio cultural de una etapa de duelo progresista, vuelve hoy, renovada en su filo, al compás de un logo que no logró entusiasmar ni convencer.

La discusión sobre el nuevo símbolo del Frente Amplio trasciende el diseño. No se trata solo de colores, líneas o tipografía. Se trata de signos, de señales, de una forma de decir —sin palabras— quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Un símbolo no determina la identidad de un colectivo político, pero sí puede afectar —positiva o negativamente— la construcción de pertenencia, memoria e interpretación compartida.

Pierre Guiraud define la semiología como la ciencia que estudia los sistemas de signos. En ese marco, la función metalingüística busca precisar el sentido de los signos, evitando que el receptor los interprete de forma errónea o no los comprenda. Ese riesgo es precisamente el que enfrenta hoy esta nueva propuesta gráfica. Porque cuando los símbolos pierden espesor, también se debilita la capacidad de convocar desde él nosotros.

En el comunicado que acompaña la presentación de la nueva imagen, se alude al cambio como una decisión en clave de unidad, de comunicación más simple y clara. Lo curioso es que, en esa búsqueda de claridad, se obtuvo una forma que muchos percibieron como genérica, desprovista de historia y demasiado cercana a los recursos visuales del marketing empresarial. Al recuperar el símbolo original —aquella bandera ondeando que remite al nacimiento de la coalición— se intentó reafirmar la identidad. Pero al eliminar el entorno que la contenía, y al alterar color y forma, el resultado se volvió extraño, distante, despersonalizado.

Este no es un debate estético. Es un debate político-comunicacional. En un escenario donde se apela a la marca personal, a la síntesis publicitaria y al posicionamiento emocional, ¿cómo diferenciarse si se borra todo rastro que haga reconocible esa diferencia?

El nuevo logo pretende condensar la idea de “una fuerza plural con una sola voz”. Pero la pluralidad no siempre se resuelve en unidad visual; a veces, justamente, se expresa en la convivencia de matices, en los pliegues que revelan una historia compartida.

No es solo una cuestión de diseño: es una forma de asumir qué se quiere contar en esta etapa. Y allí, quizás, radique la mayor debilidad. Porque cuando la forma cambia sin que se comunique con claridad el fondo, el mensaje se diluye. Y lo que debía reforzar la identidad termina despertando preguntas incómodas sobre la pérdida de rumbo.

Cambiar la imagen puede ser parte de un proceso. Pero si no se acompaña de un relato político potente, de una narrativa que abrace a los propios y convoque a los que están afuera, corre el riesgo de ser solo eso: un cambio de logo. Y nada más.

No alcanza con ondear una bandera para representar a una fuerza. Si esa bandera flota sola, sin relato que la sostenga, puede convertirse en un símbolo que ya no interpela ni emociona. Y en política, sin emoción, no hay pertenencia.

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