Cuando la vida es otra cosa

Un poco de suerte, de Omar Varela, con dirección de Fernando Amaral

El próximo 15 de octubre sería el cumpleaños número 68 de Omar Varela. Nacido Gualberto Omar Varela Ovsejevicius en Montevideo, el futuro director de Italia Fausta egresó de la EMAD en 1981 y continuó estudiando en el Centro de Artes y Letras de la Universidad de Río de Janeiro. Fue en esos años en Río en donde Varela toma contacto con autores como Nelson Rodrígues, de quien adaptaría varios textos, o con la dupla Miguel Magno y Ricardo de Almeida, autores de ¿Quién le teme a Italia Fausta? Esta última obra se convertiría en suceso de público en la adaptación montevideana de Varela y permanecería por más de 20 años en cartel desde su estreno a fines de los años ochenta. Si bien no es por lo que más se lo recuerda, Varela también escribió varias obras teatrales tanto para niños como para adultos. Entre sus obras para adultos seguramente Estoy sola porque quiero o Fue mi culpa, lo hice por amor resuenen aún en la memoria del público. Pero en el contexto de su obra escrita Un poco de suerte tiene un lugar especial. Estrenada en 2010 bajo su dirección y con Ana Rosa, Laura Sánchez y Gustavo Casco como protagonistas, Un poco de suerte parte de experiencias familiares del propio Varela. En el momento del estreno el autor y director le confesaba a Carlos Reyes que quizá era el espectáculo que más le importaba en toda su carrera: “Porque lo escribí en base a una serie de historias que yo viví con mi familia, especialmente con mi madre y mis hermanos. Todo eso lo transformé, desde el duelo por la muerte de mi madre, en una pieza de teatro que es muy cómica, pero que es a la vez muy cruda y por primera vez, muy interior (…) La obra es sobre tres hermanos judíos, que recuerdan a su madre, ponen un disco que ella escuchaba, recuerdan a su abuela: creo que es una cosa muy movilizadora”. También es una obra en la que Varela entendía que se había modificado su forma de entender la experiencia teatral “Ahora miro mi alma más profundamente. Tal vez por tener Parkinson, la vida es otra cosa ahora, y las prioridades también son otras”.

Fernando Amaral vio aquella primera versión de 2010, que le fascinó, y sintió que volver a poner ese texto en escena era una forma de homenajear al autor, fallecido en 2022. “En general elijo bastante las obras a modo de homenaje -comenta Amaral-, me pasó con Doña Ramona, y siento que hay gente que merece ser homenajeada, Omar sin lugar a dudas. Y esta para mí es su mejor obra como dramaturgo, para mí es un obrón”.

El espectáculo reúne a tres hermanos que deben resolver cómo distribuir el patrimonio de su madre. El esquema se presta para exponer el vínculo familiar, con pasajes que dejan entrever algunas miserias que se esconden en todas las familias, particularmente acentuadas en momentos como el que los reúne. Los hermanos sienten afecto entre sí, pero también son criaturas a las que la vida ha lastimado. Y el conocimiento recíproco habilita a que las heridas sin cerrar de los otros sean fácilmente escarbadas por quienes quieren ocultar las propias. El intercambio de miserias no deja a nadie a salvo, pero la habilidad de Varela se traduce en que nunca vemos a esos personajes ajenos. Y si hay subrayados grotescos que deforman a los personajes, estos parecen surgir mucho más desde la interioridad de esas criaturas que desde su exterioridad.

Por otro lado, el humor es un elemento clave para que el peso de cierta desilusión vital que transmite la obra sea comunicado sin pesadez. El entierro de la madre, por ejemplo, realizado bajo ritos católicos y no judíos por un error, aparece como uno de los momentos más explosivos si de risas hablamos. “Lo peor no fue la cruz del cajón- le grita Silvia a Ana-, lo peor fue el cura con el agua bendita diciendo que la hermana Peine estaba entrando en el reino de Dios. No es Peine, es Zeine (…) ¡Es mi madre y es judía!”

Si el humor que colabora para exponer ruindades familiares abreva en la mejor tradición de autores como Jacobo Langsner, un aspecto de la obra toca particularmente al director de esta versión. “Hay otra faceta de la obra que tiene que ver con la ludopatía -confiesa Amaral-. Mi madre, que ya falleció, era ludópata, y ese es un tema que me quedó pendiente sanar por todo lo que significó. Porque no era solo lo que le pasaba a ella, sino lo que le pasaba a la familia, lo que me pasó a mi económicamente hablando, todo eso me quedó pendiente. Capaz tendría que haber hecho terapia y no lo hice, pero se me cruzó la idea de homenajear a Omar y esta obra habla de eso. Y creo que exorcicé algún demonio haciéndola”.

Cuando aparece la adicción al juego la discusión entre los hermanos, aunque no sin escepticismo, parece ordenarse amargamente. Los reclamos, salpicados de acusaciones hirientes, dejan lugar a una calmada resignación. Y justo cuando esto sucede la obra de un giro y se vuelve más sombría. 

El histrionismo de Graciela Rodríguez y de Alejandro Martínez parecen ajustarse perfectamente a las características de sus personajes. Adriana Do Reis es un actriz de una ductilidad siempre sorprendente, y así como desde sus recursos actorales puede hacernos creer que es Frida Kahlo con toda su dolorosa vitalidad, aquí se hace cargo del personaje más sombrío, y cada músculo de su cuerpo, cada gesto y cada palabra que transmite nos hacen creer en su personaje fracturado.

A los tres personajes originales Amaral le añade la presencia de la madre, encarnada por Cecilia Patrón, y la de tres actores niños que representan la infancia de Ernesto, Ana y Silvia. “Fue otra capa que se me ocurrió a raíz del trabajo que hicimos con Cecilia, descubrir que lindo sería ver alguna relación del pasado entre la madre y esos niños. Son inventos míos, me gusta inventar cosas, porque tampoco quería hacer lo mismo que había visto en la versión original”.

El acierto de Amaral no puede ser mayor, el propio Varela había contado que la obra le surgió de estar viendo fotos familiares en un encuentro con sus hermanos, y ese pasado que cobraba vida en su imaginación reaparece en algunas escenas de esta versión de Un poco de suerte. El sobrio diseño escenográfico de Renee López colabora, mediante niveles en el escenario, a transitar esos saltos tanto por los espacios de la casa como por la memoria de la propia historia. Hay que ir a ver Un poco de suerte.

Un poco de suerte. Autor: Omar Varela. Dirección: Fernando Amaral. Elenco: Graciela Rodríguez, Adriana Do Reis, Alejandro Martínez, Cecilia Patrón, Mora Recoba, Martina Bessio y Pedro López.

Funciones: jueves 21:00. Teatro Alianza

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