El seis de junio de este año algunos medios informaron que el canciller uruguayo anunció que Uruguay había decidido postularse para ser parte de un programa internacional, dirigido a la formación de jóvenes palestinos en temas de agricultura. Se trata de un proyecto financiado por Dinamarca, que es ejecutado por la FAO de Naciones Unidas. Tres días después, el ministro dijo que serían cuatro o cinco jóvenes ingenieros agrónomos quienes vendrían a formarse en Uruguay.
El 10 de junio el presidente Orsi confirmó lo informado por el ministro, y declaró que ya se había avanzado con Dinamarca (Telemundo). La iniciativa recibió diferentes críticas.
Pasó un mes hasta que una autoridad del gobierno volvió a referirse públicamente al asunto. Ese día, la vicecanciller informó que no se habían realizado avances. Según ella: “Ante la crítica y demás, él mismo (el ministro) dijo que, bueno, si no sirve, la retiramos” (Brecha, 11/07). ¡Resultó flojito el hombre! ¡Un par de críticas y marcha atrás!
A partir de esa fecha solo tenemos el silencio oficial. ¿Se sigue analizando este asunto? ¿Fue descartado? ¿En qué quedaron las conversaciones con Dinamarca que el presidente dijo que se habían iniciado? Todo huele a una marcha atrás que se quiere hacer con discreción, procurando que la gente se olvide del episodio. Quizá alguien quiso evitar un nuevo papelón del ministro.
El 12 de agosto, la FAO anunció en su web el lanzamiento del programa. Allí se informa que beneficiará a 250 jóvenes, que recibirán primero un apoyo de coaching durante ocho meses, y luego se les ayudará a elaborar planes de negocios para el desarrollo de empresas verdes viables y rentables.
El presupuesto del proyecto es de 5.5 millones de dólares. Un promedio de 22.000 dólares por participante. ¡Un poco caro ese coaching! ¡Qué fácil es detectar el olor a curro, tan presente en innumerables programas gestionados por la burocracia de los organismos internacionales! Programas en los que se curra a costa del sufrimiento de gente vulnerable.
Todo este asunto, al que Brecha calificó de “máquina de humo”, me trajo a recuerdo otras dos iniciativas parecidas en el gobierno de Mujica: la reubicación en Uruguay de seis expresos de Guantánamo y el reasentamiento en nuestro país de cinco familias sirias desplazadas por la guerra.
En ambos casos, el voluntarismo y la improvisación de las autoridades gubernamentales impidió prever los problemas que luego ocurrieron. Uno de ellos fue la adaptación de estas personas a nuestra cultura, a nuestras normas de convivencia e, incluso, a nuestras leyes. Dos de los expresos de Guantánamo fueron denunciados penalmente por violencia de género. En las familias sirias se registraron casos de violencia intrafamiliar, contra mujeres y niños. Nadie previó que en la cultura machista de estas personas la violencia intrafamiliar es considerada algo normal.
Llama la atención (o no) que en la web de la FAO se destaque, como virtud del programa, que tiene “énfasis en la lucha contra la desigualdad de género”. ¿Igualdad de género en una sociedad que margina a las mujeres y admite que los maridos les peguen? Los que escriben estas cosas, o son tontos o son hipócritas.
En los dos casos anteriores, el voluntarismo y la falta de previsión no vieron venir que esas personas tendrían problemas económicos. Los expresos de Guantánamo no conseguían trabajo porque nadie quería contratar posibles terroristas. Solo dos de ellos, y después de muchos años, pudieron poner su emprendimiento de comidas. Los ingresos que generaban los adultos sirios resultaban insuficientes para satisfacer las necesidades y expectativas de familias que eran muy numerosas, y que en su país vivían con las comodidades de la clase media. Ni sumando los subsidios del estado podían hacerlo. En medio de protestas ante el gobierno, uno de los refugiados denunció: “Vamos a morir aquí o en Siria. Aquí morimos porque no tenemos plata y en Siria morimos por la guerra” (Forced Migration Review, octubre de 2017).
Casi todas esas personas la pasaron mal en Uruguay. Vinieron con una expectativa que nadie trató de reducir, diciéndoles la verdad sobre lo que aquí encontrarían. La mayoría de ellos, ni bien pudieron, se fueron de nuestro país. Del otro lado, fueron varios los técnicos y asesores que ganaron buen dinero brindando servicios de apoyo y acompañamiento. También algunas personas usaron estos casos para sus carreras personales y para sus vinculaciones institucionales. No recuerdo a ninguno de ellos haciendo una autocrítica. Tampoco recuerdo que la hicieran las autoridades gubernamentales de la época. Tampoco lo oí a Mujica, que era una máquina de hablar sobre todo y de criticar a todos.
Estos dos casos anteriores, y el que ahora anunció el canciller, generan dudas sobre las verdaderas intenciones de quienes en nuestro país los patrocinan.
La primera: ¿por qué habiendo tantos conflictos en el mundo, con millones de víctimas y desplazados, los gobiernos del FA siempre se inclinan por casos del medio-oriente musulmán? Según cifras de Naciones Unidas, en abril de este año había 122 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo: 14.3 millones en Sudán; 8.8 millones en Ucrania; 6.7 millones en el Congo y 3.2 millones en Myanmar (ex Birmania), etc. En el Congo están nuestros cascos azules. Es una sociedad que conocemos. ¿No merecen todas esas personas la misma solidaridad de los gobiernos frentistas?
¿Cuál es verdadera motivación de estos gobiernos? ¿Es la solidaridad o lo son sus estrategias de alineamiento en política internacional? Siempre musulmanes de medio-oriente. ¡Nunca musulmanes negros del Sudán, ni budistas birmanos de Myanmar, ni cristianos negros del Congo! ¡Nunca víctimas de los conflictos que son indiferentes para sus aliados internacionales!
La segunda: ¿cuáles son los verdaderos motivos personales de los políticos y funcionarios uruguayos que empujan estos proyectos? En uno de esos momentos de incontinencia verbal, a Mujica se le escapó: “Yo para venderle unos kilos de naranjas a EE.UU. me tuve que bancar a cinco locos de Guantánamo” (Telemudo 06/05/2016). Y con los sirios se quejó: “Yo pedí campesinos y me trajeron clase media, relativamente acomodada” (Forced Migration Review, octubre de 2017). En su entorno no hubo nada de pudor, cuando trataron de utilizar ambos casos para promover a Mujica para el Premio Nobel de la Paz. ¿Solidaridad o marketing personal?
El canciller fue durante años funcionario de la FAO. Seguramente allí tiene muchos vínculos, afectos y viejos compromisos; como es normal en cualquier organización. Antes de asumir la cancillería se desempeñaba como representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe.
Vale entonces la suspicacia.







