De amor y de guerra por Danilo Arbilla

Estuve unos días en Washington. Fui a visitar a un viejo y querido amigo. Hace unos años me prometí que antes de dejar de viajar debía ir a visitar a unos entrañables amigos que tenía esparcidos por ahí: Washington, Miami, Perú, Pamplona y Casupá y también en Panamá, Paris y Madrid. A estas tres últimas no tengo por qué ir, mis amigos ya no están, como ha pasado con unos cuantos de mi pueblo.

  Les cuento que con mi amigo de la capital del imperio cumplimos con reunirnos a comer pato a discreción con una muy muy larga sobremesa. Mi amigo, algo menor que yo, pero con los ’80 a tiro, me dijo que se había anotado a unos cursos en la Universidad de Georgetown. Uno de ellos sobre El Quijote. “Sabes, me quiero sacar de la cabeza ese zumbido permanente en los medios de Trump, Trump,Trump… lo que dijo acá y lo que anuncio allá’”.

Yo hice algo parecido, además de unos libros “de trabajo”, me pesqué dos novelas no muy largas para el viaje, como una mejor forma de contrarrestar turbulencias y malos pensamientos y olvidarme un poco de la política vernácula.

  Acerté. Una de guerra y otra de amor. Ambas editadas por Fin de Siglo, la incansable editorial fundada por el entrañable Edmundo Canalda. Carlos Gardel inspira los títulos de cada una; es bueno que El Mago siempre esté ahí.

 “Caras extrañas“de Rafael Courtoisie es la de guerra y  “El pañuelo del Mago ” de Fernando Villalba la de amor.

  Comencé con Courtoisie y fue la ideal para el caso. Diría que la novela te atrapa y te distrae como una de esas seriales de la TV (muchas repetidas semanalmente a lo largo del tiempo), en que se mata y remata gente a diestra y siniestra, ejecutores y ejecutados, mucha veces sin saber por qué. Es ágil dinámica y muy muy graciosa. Me reí, solo, en la noche y hasta llame la atención; más de uno me miro preguntándose: ¿‘y este loco”?

Hay situaciones y pasajes para aplaudir, no uno sino muchos como el de la vieja que “le daba maíz a las gallinas, al costado de la carretera, en las afuera de la ciudad” y escucho los balazos, mientras el viejo, semidormido, se mostraba más preocupado por tomar un mate. U, otro ejemplo, “Los pobres milicos no supieron que hacer. Era de tardecita. Estaban tomando mate. Mate amargo. Bizcochos. Panes con grasa.

 – Manos arriba, – grito la comandante Matilde.

Los milicos largaron los mates, dejaron de chupar las bombillas al unísono. Se cagaron en los pantalones.”

 De un lado y otro:

”- Nos están cagando – dijo el comandante.

 – Si, – confirmo la comandante Laura.

– Nos están cagando a balazos.

  • ¿Qué hacemos?
  • Irnos al carajo”.

      La novela cuenta sobre la toma de la ciudad de Salvo, próxima a la capital- Montenegro -, por parte de los guerrilleros Tapurí, hecho que se produjo en 1969. Cualquier parecido con la toma de Pando por los Tupamaros en octubre de 1969, no es pura coincidencia, de eso se trata.   Ese hecho es el punto   de arranque a la inspiración del autor de esta novela que, en tono de sainete, recrea aquel suceso y aquellas épocas. No paga mayores peajes, se maneja con un cierto equilibrio, más allá de sus reflexiones y recordaciones del final, que hacen que la novela, muy divertida, constituya un algo más para pensar, y quizás un velado mensaje atrapado por el “relato”. Courtoisie también incluye episodios en que aparece el amor, pequeñas historias que muestran a ese sentimiento como fuerza que une incluso a aquellos que vienen de distintos bandos, algo así como una empujada hacia la casi ineludible reconciliación, que al final se da sola. Las vueltas que da la vida.

 En fin, no parece muy errada la conclusión de la vieja que alimentaba las gallinas con el tableteo de las ametralladoras como fondo y cuyo viejo quería una mate amargo: “Parecen gallinas, gallinas atoradas con maíz. Gallinas sin gallo, sin prosa”.

  La historia más gardeliana, la de amor, es la de Victorino, un niño pobre y analfabeto que se enamora de Carmina, un poco mayor que él, una mujer de “ negocios”, preparada desde chica para manejar “la empresa”. El caso es que, a Victorino Gardel, el mago, le regalo un pañuelo. De generoso, nomás, o quizás por alguna otra razón, que para desentrañarla el lector debería estar atento a los “despertadores”.

  Hace muchos años en la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) organizamos dos talleres sobre periodismo y escrituras a cargo de Gabriel García Márquez. Nunca olvidaré la explicación de Gabo de su presencia: “Yo he participado en dos reuniones la SIP, una en 1948 cuando mataron a Gaitán y yo, entonces estudiante era de los que apedreábamos el hotel donde estaban reunidos esos grandes señores de la prensa; la otra es ésta. Será que la SIP algo ha cambiado y que lo mismo ha pasado conmigo. Cosas del periodismo”.

 Lo otro que dijo, que enseñó, fue lo de los despertadores: “cuando uno escribe, un artículo o un libro, siempre debe poner “despertadores” para que el lector no se duerma. Como esos que se ven en las carreteras para despabilar a los conductores. Al lector hay que mantenerlo despierto, hay que asombrarlo, generarle expectativas y así llevarlo hasta el final”. Después de eso releí la obra del colombiano tratando de identificar “los despertadores”. Allí estaban; es sensacional.

  Algo de eso hace Fernando Villalba en su novela, con las idas y venida de Victorino, allá por el Montevideo de los ’30. Que llegó hasta a Alemania y desde allí viajo hasta Buenos Aires en dirigible, nada menos que en el Graf Zeppelín. No tiene límites en sus sueños ni los hay para la imaginación. 

 Y qué más les voy a contar, el lector sin dormirse, con deleite, se preguntará como carajo va a hacer el autor para terminar y redondear la historia cuando quedan solo tres páginas para el final y un montón de cosas inconclusas. Se llega despierto y ansioso.

  Villalba lo hace bien. Resuelve las cosas y otras la deja ahí para que el lector revise y ver en qué momento podría haberse dado cuenta.

   Los párrafos finales de “Gaspar Ruiz”, esa notable novelita de amor de Joseph Conrad, conmueven y reconforta. Uno se siente bien. Lo mismo pasa con “El pañuelo de Gardel”. “El mundo es para nosotros” Así debe ser. Pienso yo. 

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