Agradezco a Miguel Pastorino su tiempo para responder a mi artículo “Más laicidad, menos sotanas”, aunque parte de su réplica haya caído en el recurso de acusar de incomprensión a la discrepancia. Debatir si la democracia “necesita” de la religión, limitándose al “aporte de las tradiciones religiosas”, en abstracto, sin considerar el rol de las instituciones involucradas es insostenible. En todo caso, si la intención del sociólogo Hartmut Rosa (y de Pastorino al difundir su postura) era reivindicar un retorno a lo religioso exclusivamente en el plano individual, en “tiempos de aceleración irreflexiva”, la referencia a la democracia -que supone siempre la cosa pública- estaba de más. Si está ahí la supuesta incomprensión no habría mucho más que agregar. Se equivoca Pastorino también al afirmar que “En ningún momento se refiere a la vida eclesiástica el filósofo alemán”. Lo hace explícitamente en la entrevista publicada por Church Times donde se explaya sobre sus ideas. (1)
Religión y sociedad
Para intentar desacreditar la crítica a la religión como un prejuicio ideológico, Pastorino recuerda que regímenes seculares totalitarios también realizaron atrocidades. Si bien esto es un hecho histórico, usarlo en este contexto es caer en la falacia de falsa equivalencia. Algo que no disculpa ni atenúa la responsabilidad a la religión por su extenso prontuario.
La visión sesgada que realiza Pastorino de la historia, es un catálogo de “logros” (universidades, hospitales, conceptos de dignidad, derecho internacional) sin un análisis crítico de contexto, olvidando otras influencias sobre los mismos y desconociendo las facetas negativas.
La idea de que el ser humano fue creado “a imagen y semejanza de Dios” puede entenderse como un lejano precedente de la dignidad humana tal como la entendemos hoy, al otorgarle un valor sagrado a la vida, pero no puede olvidarse que coexistió por siglos con la esclavitud, la subordinación de la mujer y la persecución brutal de judíos, musulmanes, personas acusadas de brujería y “herejes”. Tampoco puede obviarse su matriz filosófica, con los aportes de los Estoicos y de Aristóteles. Francisco de Vitoria fue una voz valiosa, como bien dice Pastorino, pero su destaque se debe precisamente a su singularidad, promoviendo una visión minoritaria y tardía en un océano de abusos justificados teológicamente.
Los derechos humanos universales, tal como los entendemos hoy, no son un producto directo de la doctrina eclesiástica medieval, sino fruto de la filosofía de la Ilustración y de las revoluciones seculares, que a menudo tuvieron que luchar contra el poder y los privilegios de las iglesias. Del mismo modo, la abolición de la esclavitud surgió de los principios humanistas y racionales de filósofos ilustrados como Voltaire o Montesquieu, mientras que la Iglesia acompañó el proceso con lentitud y ambivalencia. No está de más recordar que La Biblia lejos de condenar la esclavitud, la justifica.
Presentar los valores democráticos como un legado de la tradición judeocristiana es una exageración que ignora vastas contribuciones de otras fuentes: la democracia ateniense, la filosofía estoica, el derecho romano, el humanismo renacentista, y muy especialmente, el pensamiento de la Ilustración con figuras a menudo críticas o distantes de la religión institucional (Locke, Rousseau, Kant), cruciales en la formulación de los principios de soberanía popular, derechos individuales, separación de poderes y tolerancia religiosa. Estos librepensadores, aunque influidos por el cristianismo, desarrollaron sus ideas sobre bases racionales y seculares, buscando fundamentos universales para la ética y la política, independientes de los dogmas y las estructuras de poder.
Sostener que la separación entre Iglesia y Estado nace de la concepción cristiana, citando el “Dad al César …” muestra hasta dónde puede llegar el sesgo analítico, un claro ejemplo de cherry-picking. La interpretación selectiva de textos bíblicos plantea preguntas incómodas: ¿habrá que reconocer también que la esclavitud es un producto genuino del cristianismo, atendiendo al apóstol Pablo en Colosenses 3:22 “Esclavos, obedezcan en todo a sus amos terrenales, … temiendo a Dios” ¿Será que también les corresponde la propiedad intelectual sobre el genocidio y el abuso de menores, según se enseña en Números 31:17–18?: “Maten, pues, ahora a todos los varones de entre los niños; maten también a toda mujer que haya conocido varón carnalmente. Pero a todas las niñas, entre las mujeres que no hayan conocido varón acostándose con él, las dejarán con vida para ustedes”. Con seguridad, Pastorino vería en este caso ejemplos de literalismo malintencionado de quienes no son capaces de dominar los trucos de la hermenéutica.
Si existe una amnesia cultural no es la omisión del legado judeocristiano en Occidente, sino su presentación falaz y edulcorada olvidando la Inquisición, Las Cruzadas, las guerras de religión, la quema de “brujas”, la persecución de científicos y el colaboracionismo con regímenes autoritarios, o referirse a estos hechos brutales como una leyenda negra producto de un prejuicio ideológico. La constante histórica es que a medida que la religión organizada aumenta su influencia en el poder político, tiende a volverse intolerante y opresiva. Y este proceso, como veremos, tiene profundas consecuencias sobre el desarrollo y la aceptación del conocimiento científico.
Ciencia y religión
Veamos ahora lo del supuesto “mito” del conflicto entre ciencia y religión. Para empezar, no se trata de ningún mito, si con ello queremos decir que es irreal o inventado. Lo que sí es un mito, o peor, un cuento de hadas, es el intento revisionista de blanquear la historia presentando a la religión como aliada de la ciencia. La existencia de creyentes que aportaron a la ciencia es un dato tan indiscutible como irrelevante frente a la evidencia del freno sistemático al conocimiento, cada vez que éste desafiaba la veracidad de hechos relatados en la Biblia o aspectos doctrinarios sus dogmas.
Para intentar sostener que el conflicto es un falso relato positivista del siglo XIX Pastorino recurre a casos trillados como el de Georges Lemaître, profesor de física, matemático, astrónomo y sacerdote belga. Lemaître tuvo importantes aportes a la astronomía, pero ninguno de ellos tuvo relación alguna con su condición de religioso. Como bien explicó Steven Weinberg (2), premio Nobel de Física, “El hecho de que Lemaître fuera sacerdote es irrelevante para la validez científica de su trabajo, que se sostiene por la evidencia y las matemáticas”. Señalar su condición de sacerdote para argumentar en favor de la armonía entre ciencia y religión es una falacia, y poner esto como ejemplo de “un aporte del cristianismo a la ciencia” es ya, disparatado. Sus creencias religiosas son tan ajenas a la teoría del Big Bang como lo fue la creencia en la alquimia por parte de Newton respecto a su teoría gravitacional. Lemaître pudo conciliar personalmente fe y ciencia, pero eso no elimina el conflicto epistemológico, ni debilita el patrón histórico de tensión entre descubrimientos científicos y dogmas religiosos.
La ciencia se basa en la evidencia empírica, el naturalismo metodológico, la falsabilidad y el escepticismo. La religión se sostiene por la fe, la revelación, los textos sagrados y la autoridad doctrinal, todos mecanismos que operan de manera opuesta al sentido de apertura mental y cuestionamiento propios del método científico. El credo religioso pretende verdades eternas mientras la ciencia es siempre provisional.
Imposible en un espacio tan breve pretender un repaso histórico. Galileo y Bruno no son “casos trágicos” aislados, sino símbolos paradigmáticos de hostilidad hacia la libre investigación. En el siglo XVII, Galileo descubrió las manchas solares mediante el uso del telescopio. Las universidades católicas prohibieron referirse a ellas por creer que cuestionaban la perfección divina de los cuerpos celestes. En el relato de Pastorino la condena de la Inquisición a la teoría heliocéntrica de Galileo se debió a que contradecía la ciencia aristotélica, no por oponerse a los dogmas religiosos. Sin embargo, los documentos históricos del tribunal inquisitorial lo desmienten, la teoría era “filosóficamente absurda y formalmente herética, pues contradice explícitamente las Escrituras”.
Desde la resistencia al heliocentrismo y a la teoría de la evolución de Darwin (aún hoy en conflicto con el creacionismo), hasta los numerosos conflictos con la medicina (3) y los intentos actuales de limitar la investigación biomédica – como ocurre con las técnicas de edición genética (CRISPR) y las células madre embrionarias–, la injerencia religiosa ha sido una traba sistemática al avance científico.
Es justo reconocer el trabajo de los monjes copistas que contribuyó desde los monasterios a la preservación de valiosas obras, pero no puede obviarse que se trataba principalmente textos religiosos y algunas obras clásicas grecolatinas que no contrariabanlos dogmas o que podían reinterpretarse en clave de moral cristiana. Buena parte del legado grecolatino fue recuperado por traducciones al árabe desde el mundo islámico, obras de Aristóteles, Galeno, Euclides, Hipócrates, Arquímedes, entre otros.
Y ¿qué sucedió cuando los copistas dejaron de ser necesarios? Con el invento de la imprenta a mediados del siglo XV se transformó para siempre la difusión del conocimiento. ¿Cómo reaccionó la Iglesia Católica ante el potencial liberador de esta pieza clave de la modernidad? Creando rápidamente el Índice de libros prohibidos, Index Librorum Prohibitorum, una herramienta de censura surgida del Concilio de Trento en 1564, que obstaculizó la difusión del conocimiento y la cultura por siglos.
Esto no es una caricatura de un ateo resentido, estimado Pastorino, es historia: hasta el año 1966 (!) la Iglesia Católica consideraba un pecado la lectura de Maquiavelo, Giordano Bruno, Galileo, Thomas Hobbes, Descartes, Montaigne, Bacon, Locke, Montesquieu, Rousseau, David Hume, Diderot, Balzac, Kant, Proudhon, John Stuart Mill, Émile Zola, Bergson, Jean Paul Sartre, Alexandre Dumas, Compte, Victor Hugo, Flaubert, elMarqués de Sade y Simone de Beauvoir, entre otros. Por cierto, “Mi Lucha” de Adolf Hitler, nunca integró la lista. Así es como contribuyó la Iglesia Católica al pensamiento crítico, no ya en la Edad Media sino hasta ayer nomás, a mediados del siglo XX.
Los coletazos de este conflicto en la actualidad son demasiado graves como para intentar blanquearlos con la frivolidad del supuesto “mito”. En 1990, durante la devastadora crisis del SIDA en África, Juan Pablo II viajó a Tanzania y pronunció un discurso afirmando que el uso de preservativo era un pecado “en cualquier circunstancia” (4). Reiteró su prédica en Ruanda y Burundi, lo que significaba una condena a muerte para millones de víctimas de la pandemia. El cardenal Trujillo llegó a afirmar en un documental de la BBC, ya en el año 2003, que la comunidad científica aceptaba que el virus del VIH puede pasar a través de los condones.
Todavía en el 2005, el Papa Benedicto XVI, al mismo tiempo que lamentaba la “cruel epidemia”, continuaba rechazando el reparto y uso de condones, abogando por la fidelidad y la abstinencia como métodos para combatir la propagación del virus (5), y lo hacía contra toda la evidencia científica, contrariando las advertencias del organismo de Naciones Unidas para el Sida (UNAIDS), de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y de todas las academias y revistas científicas especializadas.
No estamos muy lejos de que una IA suficientemente avanzada logre tasar en término de vidas perdidas esta verdadera cruzada criminal. Un análisis de la UNAIDS estimó que el preservativo había evitado en torno a 50 millones de nuevas infecciones por el VIH desde el inicio de la epidemia (6). Otra vez, Pastorino, un prejuicio ideológico es cerrar los ojos a estas trágicas evidencias.
Nadie está postulando que “las religiones no aportan más que efectos negativos” como erróneamente me atribuye Pastorino, pero parece claro que la democracia no solo no necesita de la religión para prosperar, sino que florece mejor sobre fundamentos seculares y laicos robustos. Todas las personas tienen derecho a creer en la fantasía que elijan para su consuelo íntimo, o para enfrentar la inevitabilidad de la muerte. También tenemos derecho a descartarlas, en la convicción de que ninguna de ellas es necesaria para encontrarle significado a la vida. A lo que no tenemos derecho es a seguir pregonando la adhesión a dogmas vetustos que históricamente demostraron servir más a la división que a cohesión social.
(2) Steven Weinberg, “Explicar el mundo – El descubrimiento de la ciencia moderna” Taurus 2016
(3) No dejen de leer “Religión y ciencia” de Bertrand Russell, escrito en 1935
(5) http://news.bbc.co.uk/2/hi/europe/4081276.stm
(6) https://www.unaids.org/es/resources/presscentre/featurestories/2015/july/20150702_condoms_prevention







