Derrota, autocrítica y calidad de los dirigentes por Oscar Licandro

Han pasado ya ocho meses desde el último balotaje, cuando el proceso de transformaciones, iniciado por la Coalición Republicana bajo la presidencia de Luis Lacalle Pou, explotó en mil pedazos. Esa noche, la mayoría de los uruguayos eligió como presidente al candidato de la fuerza política que se opuso ferozmente a todas esas transformaciones. Esa noche, la mayoría de los uruguayos rechazó al candidato del oficialismo, a pesar de que representaba un gobierno que hizo bien la mayor parte de las cosas. En toda competencia, el triunfo se obtiene por una combinación de aciertos del ganador con errores del perdedor.  Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿esa noche prevalecieron los aciertos del candidato de la oposición o los errores del candidato del oficialismo? No es fácil encontrar una respuesta para esta pregunta, pero la gravedad de lo que se destruyó nos impone a los blancos el imperativo moral de buscarla.

Algunos politólogos encontraron una regularidad en cuanto a los resultados electorales durante este siglo: siempre que el gobierno llegó al año electoral con un buen nivel de aprobación y una buena situación económica, el oficialismo ganó la elección (2009 y 2014). Lo inverso también funcionó con regularidad: cada vez que el gobierno llegó a las elecciones con un bajo nivel de aprobación y una economía en problemas, quien ganó fue la oposición (2004 y 2019). En 2024 la regularidad se terminó. Aunque el gobierno tenía un buen nivel de aprobación y los indicadores económicos venían evolucionando positivamente (empleo, salario, inflación), el oficialismo no ganó las elecciones.

Esa regularidad no es una ley de hierro, ya que las campañas electorales tienen su influencia en los resultados. En 2009, la aprobación del gobierno de Tabaré Vázquez era buena, así como la situación económica del país. Sin embargo, a mitad de año las encuestas sugerían que la oposición podría ganar en octubre. La campaña de Lacalle Herrera venía siendo muy buena. Pero algunos errores cometidos en el segundo semestre terminaron inclinando la balanza en favor del candidato del oficialismo. El gobierno frentista también llegó a 2014 con buena aprobación y una buena situación económica. Sin embargo, una campaña electoral errónea, de tono excesivamente triunfalista (“Vamos bien”), casi lo lleva a la derrota. En el segundo semestre las encuestas sugerían que el oficialismo podría perder. Fue entonces que “el susto despertó al mamado”, el FA introdujo correcciones en su campaña y, finalmente, volvió a ganar.

En 2024 la situación fue parecida, pero el desenlace fue otro. A mitad de año las encuestas indicaban que, pese al índice de aprobación del gobierno y a la evolución positiva de la economía, quien tenía más probabilidad de ganar era la oposición. Esta vez la campaña del candidato del gobierno siguió navegando directo hacia el iceberg, haciendo caso omiso de las alarmas que estallaban por todos lados.

En diciembre de 2024 varios dirigentes del Partido Nacional mencionaron la necesidad de hacer una autocrítica sobre la derrota. En reiteradas oportunidades algunos de ellos fundamentaron que la autocrítica debería hacerse recién después de las elecciones departamentales. Una crónica de El País, del 25 de abril, informó que Álvaro Delgado estaba preparando un documento de autocrítica. El 7 de mayo, en una entrevista en el programa Arriba Gente, Delgado afirmó: “es un documento que estamos preparando, que lo estoy haciendo un borrador yo, que estoy consultando con parte del equipo, incluso lo estoy preparando con ayuda profesional”. Enfatizó en la intención de elaborar el documento con gente ajena a la militancia, más objetiva. Incluso mencionó la participación de politólogos.

Mi especialidad es el estudio de los votantes. Durante toda la campaña asesoré al candidato del PN. Hasta septiembre lo hice participando en el comando de campaña. A partir de ese momento dejé de asistir a las reuniones del comando y pasé a asesorarlo directamente. Me encargué de analizar hasta la última encuesta del tracking contratado para el balotaje. En tanto testigo directo de las decisiones y acciones de la campaña elaboré mi propio diagnóstico sobre los errores cometidos en ella. El 13 de mayo de este año distribuí entre varios dirigentes del PN un documento con ese diagnóstico. El primero en recibirlo fue el actual presidente del Directorio. Es un documento largo, de algo más de 20 páginas, donde identifiqué y analicé un conjunto de errores que, a mi juicio, influyeron decisivamente en el resultado electoral. Mi propósito fue aportar un insumo para la autocrítica que se había anunciado para después de las elecciones departamentales. El 19 de junio Búsqueda publicó una breve reseña del informe, con lo cual su contenido se hizo visible para un amplio número de dirigentes y militantes.

El primero de julio, en una entrevista en El País, consultado sobre mi informe Álvaro Delgado respondió: “No comparto la mayoría de las cosas. Prefiero algún informe técnico que haya estado en todo el proceso y no una parte, y que tenga todos los datos, no una parte”. Esto indica que su informe (el que anunció que elaborará con el apoyo de profesionales) propondrá un diagnóstico diametralmente opuesto al mío. Hace pocos días, consultado acerca de si había leído mi informe, el Senador Da Silva respondió: “Sí, lo firmo todo”. Ambas declaraciones sugieren que el proceso de autocrítica (que aún no se sabe cuándo se hará, dónde se hará ni quiénes participarán) enfrentará evaluaciones contrapuestas.

Las organizaciones son más exitosas cuando aprenden de sus errores. De ahí la importancia de las autocríticas serias, profundas y, sobre todo, honestas. Una buena autocrítica requiere generosidad de quienes no cometieron los errores y valentía de quienes los cometieron. Una buena autocrítica va hasta el hueso, no se va por las ramas en asuntos irrelevantes, ni trata de tapar el sol con las manos. Una buena autocrítica no es una instancia para castigar a quien se equivocó, pero tampoco un simulacro destinado a licuar sus responsabilidades. Una buena autocrítica requiere método, espacios adecuados donde realizarla y mucha transparencia con quienes no participarán directamente en el proceso de análisis.

Los momentos de autocrítica son excelentes exámenes para medir la calidad de los dirigentes. Los buenos dirigentes se hacen cargo de sus errores, promueven el análisis riguroso de sus acciones, jamás tratan de deslegitimar los diagnósticos que les son desfavorables, y son claros en su compromiso de implementar una autocrítica seria.

Lo que termine pasando con la autocrítica sobre la derrota en 2024 nos dirá mucho acerca de la capacidad del PN para ser una organización exitosa. Y, fundamentalmente, nos dirá mucho sobre la calidad de los dirigentes que la protagonizaron.

Agregar un comentario

Deja una respuesta