La reciente partida del filósofo escocés Alasdair MacIntyre (1929-2025), ocurrida el 21 de mayo pasado, deja un inmenso vacío en el ámbito del pensamiento. En su larga y prolífica obra, MacIntyre fue un referente de la ética y la filosofía política contemporánea. Sus contribuciones no solo cuestionaron los fundamentos de las democracias constitucionales seculares en Occidente, sino que también ofrecieron claves teóricas para entender e interpretar los desacuerdos morales contemporáneos. En ese sentido, lejos de ser un mero nostálgico, MacIntyre supo detectar las grietas de la modernidad y la necesidad de rescatar verdades fundamentales para reconstruir los consensos morales que fundamentan la vida pública. En una era dominada por las guerras culturales y el tribalismo político, MacIntyre invitó a volver a buscar la virtud, a desarrollar espacios de pertenencia comunitaria y a una vida moral anclada en prácticas con un propósito y sentido. Estos tres aspectos son los pilares de una ciudadanía comprometida con la polis.
Su obra After Virtue (1981) se transformó en un clásico del pensamiento ético y político, con una revisión crítica de la fragmentación moral legada por el proyecto ilustrado que, a su juicio, encontró su culmen en la obra de Nietzsche. En After Virtue, MacIntyre no dudó en señalar a Nietzsche como el profeta más lúcido de la modernidad y quien radicaliza el proyecto ilustrado. Con relación a este punto, Nietzsche diagnosticó con precisión la caída de los grandes relatos éticos tradicionales en Occidente. Sin embargo, con su respuesta —el abrazo de un relativismo radical donde el “superhombre” crea sus valores a medida— transformó la moral en una mera cuestión de “voluntad de poder”. Esta es, precisamente, la base del emotivismo moral, que no permite tener un proyecto compartido común. MacIntyre describe el emotivismo moral como un marco conceptual en el cual los juicios éticos se despojan de razones compartidas y se reducen a meras expresiones subjetivas de preferencias arbitrarias y caprichosas. En una cultura que ha perdido sus significados morales comunes y carece de una idea compartida del bien, los desacuerdos morales se transforman en un diálogo de sordos, en el cual los ciudadanos dejan de apelar a criterios racionales objetivos para naufragar en un mar de emociones incompatibles.
Esta disolución de un horizonte moral común tiene consecuencias devastadoras para la vida pública y, en consecuencia, para la democracia misma. En primer lugar, esta pérdida debilita la posibilidad de una verdad pública, allanando el camino a fenómenos como la posverdad. En segundo lugar, al degradarse la deliberación, la política se convierte en un espectáculo de luchas tribales y las instituciones pierden su capacidad para ordenar la vida en común. En un mundo donde cada uno tiene su verdad, el desacuerdo degenera en intransigencia y la deliberación política se reduce a una lucha por el reconocimiento de identidades en pugna. En este paisaje, ya no se buscan y discuten razones, sino que se expresan y defienden emociones irreconciliables.
Frente al vacío moral al que condujo la modernidad, MacIntyre propuso una alternativa poderosa y revitalizante: la relectura y recuperación de la ética de la virtud de Aristóteles. En ese sentido, la recuperación de la ética aristotélica no consistía solamente en un ejercicio académico, sino como un camino práctico para reconstruir una filosofía moral con sentido y coherencia. Para MacIntyre, la virtud no es un concepto abstracto, sino una realidad que tiende a la excelencia moral (areté), que se cultiva en la vida en común a través de la participación en lo que él denominó “prácticas”. Estas son actividades humanas con fines intrínsecos, en cuyo ejercicio se desarrollan las virtudes y se forjan comunidades. La formación moral, en el planteamiento de MacIntyre, exige insertarse en tradiciones vivas que transmiten una visión del bien. Lejos de ser una jaula de hierro, la tradición es entendida por MacIntyre como un marco de racionalidad encarnado históricamente, que permite deliberar sobre fines compartidos y moldear el carácter de las personas. Afirmaba que toda vida humana significativa requiere insertarse en una narrativa, en una historia que dote de sentido a las elecciones morales que hace el sujeto en un entorno comunitario en base a una visión compartida del bien.
El planteamiento de MacIntyre se inserta en una conversación en la filosofía política contemporánea que hizo una fuerte crítica al procedimentalismo liberal, que en John Rawls (1921-2003) tiene su representante más eminente. En Whose Justice, Which Rationality? (1988), MacIntyre señala que la debilidad del planteamiento de Rawls consiste en tener una pretensión de neutralidad moral y su concepción abstracta del sujeto. Para MacIntyre, es equivocado separar los principios de justicia de una concepción del bien humano. En otras palabras, no puede haber una separación entre lo justo, lo legal y lo bueno, ya que todo juicio moral nace y se desarrolla dentro de tradiciones concretas. El modelo liberal, al partir de un individuo desarraigado y que razona sobre la vida en común bajo el “velo de la ignorancia”, ignora que las personas son seres históricos y narrativos que se forman en comunidades morales. Esta abstracción, de acuerdo con MacIntyre, empobrece la comprensión de la justicia y debilita los fundamentos de la vida política.
Por otra parte, la formación moral de esos ciudadanos no brota de la espontaneidad individual, sino de tradiciones que enseñan a vivir en sociedad. En este sentido, sugirió que las religiones, y el cristianismo en particular, pueden ser aliadas inestimables en la tarea de formar sujetos morales, ofreciendo una pedagogía de la virtud y una práctica de comunidad que enriquezcan la vida cívica. Desde esta perspectiva, MacIntyre cuestionó la noción de razón pública que se deriva de esta forma abstracta de entender los vínculos políticos. En ese sentido, siguiendo su razonamiento, la exclusión de la plaza pública de las tradiciones religiosas y culturales, fuentes de compromiso moral de las personas, empobrece el debate ciudadano y debilita la participación política. Por ello, una democracia sólida no necesita solo procedimientos formales justos, sino, fundamentalmente, ciudadanos virtuosos.
El legado de Alasdair MacIntyre, desarrollado en otros libros importantes como Dependent Rational Animals: Why Human Beings Need the Virtues (1999) y Ethics in the Conflicts of Modernity: An Essay on Desire, Practical Reasoning, and Narrative (2017), no es una teoría nostálgica de tiempos de uniformidad moral, sino una poderosa interpelación a las democracias en tiempos de tribalismo, tecnopolítica y desencanto. Frente a estos tres fenómenos, la obra de MacIntyre es una invitación a pensar críticamente, a formar el carácter y a reencantar la vida cívica. Su propuesta de buscar la virtud resuena con una fuerza inusitada ante la crisis de sentido y la fragmentación que experimentan las sociedades democráticas e invita a buscar la fuerza que motiva y fortalece la vida cívica.







