No es ningún descubrimiento el decir que el cine italiano es uno de los más robustos e interesantes tanto del panorama actual como de la Historia del cine, y dentro de una cinematografía tan rica y ecléctica uno de los nombres más relevantes fue el de Federico Fellini, director riminense que hizo de la pantalla grande su lienzo personal para retratar no solo los personajes más excéntricos con los que imaginaba, sino también sus propias neurosis, componiendo una obra artística tan personal como irrepetible.
Si bien es cierto que hay muchos otros directores con similar talento y descomunal obra dentro del mismo país – y que muchas veces la sombra de Fellini los termina eclipsando -, la realidad es que la obra del realizador sigue siendo un faro para sus colegas contemporáneos, quienes no tienen ningún reparo a la hora de dejar claras sus referencias: el napolitano Paolo Sorrentino, sin ir más lejos, conquistó el Oscar con su particular actualización de La dolce Vita al siglo 21 con la también inolvidable La grande bellezza. Y si ese clásico en donde Marcello Mastroiani recorría las lujosas fiestas de una decadente aristocracia da material de sobra para seguir sus pasos, mejor ni hablemos de Ocho y medio, posiblemente la cima máxima de su carrera y fuente de eterna inspiración para muchos artistas, entre quienes se incluye Woody Allen con una fallida, pero igualmente interesante, Recuerdos.
Ferzan Özpetek, realizador nacido en Turquía pero nacionalizado italiano, a quienes varios cinéfilos recordarán por la comedia Tengo algo que decirles o el intenso drama La ventana de enfrente, también se suma a la lista de artistas inspirados por esa Ocho y medio con Diamanti, película que lleva incluso más lejos aquella idea del director filmando una versión ficcionada de su propia vida al ponerse a sí mismo en la cinta: todo empieza en una reunión entre el realizador y un grupo de actrices a las que adora y quiere volver a filmar, con un libreto de su propia autoría que empiezan a leer todos juntos. Es ahí cuando la mente del cineasta proyecta a las damas actuando ese texto y viviendo las vidas de un grupo de costureras que, bajo las órdenes de una estricta modista de lujo, trabajan diseñando los vestuarios de las producciones más importantes del país. Desfilarán así por la pantalla los amores, las tragedias y los conflictos del día a día de estas mujeres, quienes encuentran en el taller un refugio para poder fortalecerse.
Diamanti apunta en diferentes direcciones, y Özpetek se pone un interesante desafío como director a la hora de imaginar la forma en la que esas direcciones pueden coexistir. Como una resurrección del melodrama, el realizador impone una distancia entre el film y los espectadores al remarcar el artificio de su historia, indicando tempranamente que la historia pertenece a la imaginación de un artista claramente inspirado en los melodramas clásicos, televisivos, lo que luego acentúa con la presencia de montajes musicales y situaciones dramáticas en donde las actrices ofrecen sus registros más volcánicos. Esto marca un tono intenso que es acompañado por un libreto que no escatima en giros inesperados, presencias del pasado, secretos y discusiones, y todo con un ritmo dinámico y un desarrollo atractivo de las múltiples líneas narrativas que construyen la coralidad del conjunto.
Y en esa imaginación, que la película eventualmente sugiere que viene de la infancia del propio autor, hay también un espacio para un homenaje al cine que elije una perspectiva bastante original al centrarse en el mundo de los vestuarios, aspecto fundamental a la hora de construir un universo creíble en pantalla y al que no siempre se le da la importancia que merece. Özpetek nos recuerda que el diseño de vestuario ha sido parte fundamental del cine italiano post-neorrealismo, trayendo a la memoria las bellísimas prendas de los films de, por ejemplo, Luchino Visconti (en un momento se menciona El gatopardo, mítica cinta del milanés que recientemente tuvo una no tan notable adaptación a serie en Netflix, pero también podríamos hablar de Senso, intenso drama romántico con Alida Valli), a la vez que se deleita en la recreación de un refinado vestuario de época que refleja muy bien las personalidades de sus personajes.
Cumpliendo con el mencionado homenaje a las actrices que da puntapié a la obra, el director les entrega personajes intensos, cada uno con un momento de lucimiento que las intérpretes saben aprovechar. En el reparto destacan sus dos protagonistas, Luisa Ranieri y Jasmine Trinca, quienes imprimen además una sensibilidad particular que les permite salir y entrar del artificio propuesto por el director para pasar de las emociones más vehementes a las miradas sutiles o los silencios sugerentes sin perder la credibilidad en escena. En ese dominio de su elenco y la excelencia que todas entregan el espectador es inmediatamente transportado a las mejores cintas de Pedro Almodóvar, y la mejor forma de describir Diamanti podría ser posicionándola entre medio de Todo sobre mi madre y Volver, dos de las películas más corales de este autor: un asunto de mujeres fuertes y decididas que encuentran en la comunión las herramientas necesarias para seguir adelante.
El film muestra en varios momentos una guerra entre dos ficticias divas y cierra con una dedicatoria a tres divas reales del cine italiano: Mariangela Melato, Monica Vitti y Virna Lisi, tal vez como una forma cariñosa de homenajearlas y también preguntarse qué sería del cine italiano sin esas mujeres que, delante y detrás de escena, lo han hecho tan grande.



