La censura no es el camino, pero la discusión no termina ahí. El episodio Doña Bastarda expuso otra cuestión: la facilidad con la que una expresión cultural con pretensión crítica puede confundirse con un gesto tribal. Porque la crudeza de la referencia elegida no amplía el pensamiento crítico; lo direcciona.
En un tramo de su cuplé la murga dice: “…a los que me llamen nazi sin tregua y sin compasión, los encierro en una jaula, y los convierto en jabón”
Condenar un genocidio es una obligación ética, pero hay elecciones que empobrecen el mensaje en lugar de enriquecerlo. Pudieron haberse dicho las mismas cosas sin recurrir a una referencia tan dolorosa.
La censura es siempre un atajo peligroso. Defender la libertad de expresión implica, precisamente, aceptar que se digan cosas que uno considera equivocadas, excesivas o directamente desatinadas.
Casi siempre censurar genera lo que pretende combatir. No desactiva un mensaje; lo vuelve emblemático. Pero en este caso, la polémica sirvió para exponer, una vez más, el karma de época: el reflejo binario. O se está del lado de la murga, sos progresista, de izquierda y contra la censura, o sos funcional a la censura, de derecha, y nunca viste un espectáculo de carnaval. O se defiende Gaza, o se cae en silencios cómplices.
El problema de este tramo de la letra no es si se trata de humor o crítica seria. Pero si la intención es denunciar la lógica de matar en nombre de una patria, ¿por qué esa referencia y no otra? No era inevitable ni necesaria. Fue una elección expresiva concreta, y como toda elección, dice algo incluso más allá de la intención declarada.
La referencia al jabón no invita a pensar la guerra, ni a cuestionar los nacionalismos, ni a interrogar la lógica de matar por una patria. La visión camiseteada del mundo es cómoda, pero peligrosa. Borra matices, convierte identidades en culpabilidades y habilita una violencia simbólica que se cree moralmente superior porque está del “lado correcto de la historia”.
Porque si la lupa no se pone sobre la violencia simbólica, entonces el mensaje implícito es peligroso: vale todo. Vale deshumanizar, siempre que la camiseta sea la correcta. Y ese es un terreno resbaladizo, no solo para la convivencia democrática, sino para la propia ética política.
En el mundo binario, cada episodio se convierte en munición para reforzar posiciones previas. Así, una tribu concluye que “el carnaval está lleno de nazis de izquierda”; otra decide que no vale la pena leer El País porque “es el diario de la dictadura”; otra deja de consumir determinados productos porque una empresa decidió no patrocinar conjuntos que aborden el tema Gaza. La cadena sigue, siempre igual: cancelación, consumo simbólico alineado con la tribu.
Abandonar el tribalismo implica recuperar la capacidad de juzgar cada hecho por su contenido, no por la camiseta que se supone que lleva quien habla. Implica frenar la rosca binaria antes de que convierta cualquier debate público en una guerra de identidades. Doña Bastarda no lo hizo.
Chanchos y glamorosos
Alguna vez, el actor uruguayo Fernando Peña, explicó que estaba obsesionado con la letras “Y”. Por eso había llamado a su obra Yo, chancho y glamoroso.
El problema, señalaba, no es la contradicción, sino la imposición de la letra “O”, que “acorrala, obliga a elegir, reduce la experiencia humana a una disyuntiva permanente”. La potencia de esa idea está en su sencillez: no toda complejidad se resuelve eligiendo bando. El tribalismo funciona exactamente al revés. Impone la “O”: o estás con nosotros o estás contra nosotros; o defendés la causa o sos funcional al enemigo; o celebrás la crudeza o censurás. En ese esquema, el pensamiento crítico estorba, porque introduce matices, preguntas incómodas y zonas grises.
En su comunicado, Doña Bastarda dice que su propuesta busca generar pensamiento crítico. No hay motivos para dudar de esa intención. Pero en comunicación y arte político, la intención no agota el sentido. Lo que importa, también, es qué tipo de reacción genera el mensaje y a quién interpela realmente.
La referencia extrema de la murga no opera desde la “Y” de Peña, sino desde la “O” del tribalismo. No invita a pensar la guerra desde su complejidad trágica; obliga a ubicarse identitariamente. No es un error artístico. Es una elección que juega para la tribuna. Para la propia. Para la que ya comparte códigos, lecturas y certezas. Y eso no es necesariamente ilegítimo, pero sí contradictorio con la idea de ampliar el pensamiento crítico más allá del propio círculo.
Se puede estar radicalmente en contra de la guerra en Gaza y, al mismo tiempo, considerar desacertada una referencia concreta. Se puede defender la libertad artística y, discutir responsablemente sus efectos simbólicos. Pero cuando el debate público se reduce a elegir bandos, el pensamiento crítico es siempre la primera víctima.
El carnaval uruguayo tiene una identidad cultural y política reconocible. No es un secreto ni un problema en sí mismo su vínculo con determinados imaginarios de izquierda. Esa marca no necesita ser reforzada con gestos identitarios cada vez más cerrados.
Tal vez convenga correr la discusión un paso más. No se trata de afirmar que la murga “se equivoca”, ni de impugnar su derecho a decir lo que dice. Se trata de observar el efecto que produce el recurso elegido, más allá de la intención declarada.
Tal vez, entonces, el problema no sea la censura ni la corrección política, sino una cierta ficción que convendría abandonar: la de suponer que todo arte crítico produce crítica. A veces produce pertenencia, aplauso interno.
Es sano que el carnaval tenga mirada política. Es tóxico que esa mirada deje de buscar interlocutores y se conforme con hablarle a los convencidos.
Si el objetivo es cuestionar la lógica de la guerra y del exterminio, la eficacia política no se mide por la dureza del golpe simbólico, sino por su capacidad de generar pensamiento más allá de la propia tribu. Porque promover la grieta puede ser emocionalmente rentable, pero culturalmente empobrecedor.






