EEUU: coexistencia, Guerra fría II y otras decisiones por Ruben Montedonico

Aquellos que nacimos un par de años después de entrados en vigor los acuerdos de Bretton Woods, a mediados de la década de los 60 alcanzamos una mayoría de edad que nos habilitó a votar. En un amplio sector de estos sufraguistas primerisos el entorno familiar incidió en la escogencia del voto por algún partido tradicional.

Por aquellos tiempos y con nuestra edad teníamos idea del conflicto que montó EEUU contra unos cohetes rusos con que los apuntaban desde Cuba; fue hasta meses después que nos dijeron que los estadunidenses se habían llevado sus Polaris de bases turcas que apuntaban a Rusia. No nos contaron que el terror nuclear había terminado en empate: siguieron repartiendo por América el mensaje de la “Guerra fría”.

Sin embargo, a finales de esos años 60 y comienzos de la siguiente década, una cultura más amplia y los incumplimientos de los partidos tradicionales generaron que agrupamientos de esos jóvenes optaran por otro tipo de afiliaciones políticas y gremiales, distinguiéndose entre quienes se incorporaron

a filas de grupos con actividad electoral y legislativa y otros pasaron directamente a practicar militancia estudiantil junto con la de organizaciones extraparlamentarias. Más o menos este fenómeno se reprodujo en casi toda América Latina (AL). Asimismo, siguiendo el mal ejemplo brasileño, la región se involucró -desde los gobiernos y su “seguidismo” internacional washingtoniano- en la lucha, en general, contra los sindicatos, líderes populares y gremios estudiantiles, degradando la democracia, la vida política ajena a los partidos tradicionales (cada vez más parecidos entre sí) e incorporando a la acción pública policías y militares (o sea, represión creciente, torturas y dictaduras). Las circunstancias llevaron a que para fines de la década del 70 AL se convirtiera (casi íntegramente) en

una serie de regímenes de fuerza encadenados por la Casa Blanca. Llegábamos a los albores del principio del fin de la “détente” entre potencias nucleares enemigas y se abría un espacio para luchar por el retorno a la institucionalidad, en tanto otros combatían el feudalismo residual centroamericano.

En Uruguay, toda la izquierda y desprendimientos de los antiguos partidos del siglo XIX iniciaron una etapa de lucha y esperanza de cambio: se reperfiló el Frente Amplio, con el general Líber Seregni como fundador (febrero de 1971), líder conductor y un primer gran triunfo electoral en 1990. A pesar de este envión, los frentes creados en las luchas contra situaciones dictatoriales se fueron degradando junto con algunos de sus mayores conglomerados políticos al abandonar estos la lucha contra el

capitalismo, el imperialismo, por el socialismo y hacer solo lo posible por conservar en manos del Estado (como patrón competidor de lo privado) ciertos bienes y servicios públicos.

El boliviano García Linera, refiriéndose a la UE en una nota reciente para el español Ser y otros medios dirá: “La socialdemocracia y las derechas cosmopolitas que durante 40 años se turnaron rutinariamente en los gobiernos, desde años atrás están siendo desplazadas por derechas autoritarias, antimigrantes, nacionalistas y antigualitarias”. A lo que me sumo y agrego -más allá de la calificación que se me de- que el marxismo parte, filosóficamente, de los principios de la dialéctica elaborados, doctrinalmente, a partir de la praxis (unidad de pensamiento y acción), en que la ciencia y la práctica, el pensamiento y el acto, el trabajo y la técnica, la economía y la filosofía marchan acompasada y paralelamente.

 Con nuevos rótulos entiendo que estamos inaugurando tiempos en los cuales unos se conforman con el ”seguidismo” de sus políticas internacionales y otros avanzan sobre todo destino que se les facilite y sin hacer distingos o inmiscuirse en asuntos políticos: son dos prácticas que disimulan el trasfondo

dominante que conllevan -uno, de sobrevivencia con aspiraciones de permanencia; otro con necesidad de expansión y credibilidad. Sin embargo, esta situación no permanecerá congelada en la historia, entraña diferencias de apetencias desiguales que la harán estallar. La cantidad que transforma la calidad se opone a esa calidad de “Guerra fría II”, a la coexistencia pacífica entre lo nuevo y lo viejo, entre el capitalismo y el socialismo, entre el imperialismo y los países subdesarrollados y entre los países imperialistas que se disputan entre sí el dominio del mundo.

Si sumamos a la presencia del alabado patrón imperial (ver “show” de sorteo de FIFA) la de su secretario de Estado, el súper halcón reaccionario Marco Rubio, nos será fácil entender, por ejemplo, cuando el paso a se intenta cerrar todo lo posible a China, “un competidor global más allá de la economía”.

Como he venido diciendo, Trump necesita a Milei para proyectarse sobre el área del Pacífico, asegurándose la presidencia chilena con el conservador Kast; seguir hostigando a Colombia y Petro, y pese a la pérdida de un referendo de por Noboa en Ecuador, esa cuarteta -con “cuartel general” en Buenos Aires- supone el estadunidense que le permitirá mejorar su agresividad contra Caracas-resolviéndose a invadir o con la sola acción punitiva en costas caribeñas. Salvo un rompimiento de las cadenas de mando y defensa en Venezuela, cualquier decisión que tome Trump será equivocada: si decide invadir, sabrá cuándo comienza la guerra pero no cuándo termina; en caso de retirada, perdería su escaso prestigio entre las naciones de UE y el mundo.

Para Argentina, el tema de fondo son las inversiones externas, especialmente estadounidenses, para alejar la tendencia de recursos provenientes del gigante asiático.

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