“Según el diccionario de la Real Academia Española, el costumbrismo se caracteriza por la representación de las costumbres típicas de un país o región en obras literarias y pictóricas. En la cultura hispana, el costumbrismo es un movimiento literario y artístico con elementos románticos y del realismo que se da principalmente durante el siglo XIX, con antecedentes en el siglo XVIII y prolongado hasta mediados del siglo XX, cuando irrumpe la cultura de masas. Por ejemplo, en literatura se llama cuadro de costumbres a un relato breve sobre aspectos tradicionales de la sociedad.” (María de los Ángeles De Rueda. Cap. 1 Del costumbrismo al realismo como vanguardia. “Figuraciones de una modernidad descentrada.” 2018)
El costumbrismo en el arte es un movimiento que nace a principios del siglo XIX en España y, poco a poco, se extendió por otros países de Europa e incluso de América. Esta corriente estuvo muy presente en la literatura, el teatro y en la pintura. Su objetivo era representar lo más fielmente posible las escenas y costumbres de la sociedad de la época. La también llamada “pintura de género” se enfocaba en recoger el comportamiento social y la estética de la población en un lugar y época concretos. Emparentado con el realismo por centrarse en la representación precisa de circunstancias y lugares específicos, comparte con el romanticismo el interés por la expresión de popular de la gente común. “El costumbrismo está vinculado a la búsqueda del llamado “color local”. Es decir, se trata de encontrar rasgos típicos, pintorescos y tradicionales de los grupos sociales más característicos. Surge en el contexto del movimiento romántico y de los nacionalismos, por lo tanto, en la necesidad de definir e identificar una cultura propia, a través de la fijación de las descripciones y pinceladas, de pintar las costumbres y tipologías sociales. La búsqueda y consolidación de lo tradicional se mueve en un campo de tensiones y estructura dialéctica, entre la innovación y el pasado, entre la identidad regional y los imaginarios impuestos por las metrópolis sobre las ex colonias; en lo que Hegel llamó la dialéctica entre el amo y el esclavo, es decir como la autoconciencia de clase y capital cultural permite o no reconocer los propios rasgos identitarios y la afirmación de una cultura autónoma, en una modernidad- otra mestiza.” (María de los Ángeles De Rueda. Cap. 1 Del costumbrismo al realismo como vanguardia. “Figuraciones de una modernidad descentrada.” 2018).
En “Historia de la pintura en Uruguay” T.1, Gabriel Peluffo Linari dice “En lo que atañe a la pintura costumbrista local, ella apenas explora en contados casos la anécdota montevideana de finales del siglo. Exceptuando los paisajes urbanos realizados en litografía-color (como los editados por el taller de Alfredo Godel) así como algunos óleos de Nicanor Blanes, la actividad en este género fue escasamente cultivada. Tampoco la pintura costumbrista rural se extiende mucho más allá de las pequeñas escenas gauchescas de Blanes. Hay, no obstante, hacia 1890, un artista que cultiva este género con singularidad, Horacio Espondaburu, pintor y dibujante minuano, iniciado precisamente con Blanes hacia 1875, y becado luego a la Real Academia de Madrid en 1885, cuando contaba con treinta años de edad. Su obra abarcó el retrato- muchos de ellos referidos a sus “paisanos” de Minas- y paisajes del campo; pero pintó con singular destaque diversos motivos de la vida rural. El Museo Nacional de Artes Plásticas posee su óleo “Campestre”, en el Museo Blanes se encuentra otro titulado “Paisaje” y en el Museo Histórico, una escena costumbrista nativa, “Corrida de sortijas”, realizados todos entre 1890 y 1900. Este último cuadro, tratado con notoria preocupación por la descripción lineal de adornos y vestimentas (por momentos difícilmente conciliable con el reducido tamaño de la tela) brinda testimonio de un certamen tradicional en el cual intervienen como espectadores (y posiblemente también como actores) las propias familias de la clase alta rural, donde las damas lucen sus atuendos urbanos en franco contraste con las vestimentas festivas del hombre de campo. No se trata de una escena más o menos naturalista acerca de las rudas tareas de la vida del campo (como lo fueron los primeros testimonios gráficos costumbristas del siglo), ni tampoco de una recreación del gaucho como fantasma florido y pintoresco (algo de lo que había en algunos “gauchitos” de Blanes), sino que se trata de un naturalismo de fresca vitalidad, sin meditación compositiva, donde el autor registra un hecho de reconocida significación cultural: el surgimiento del criollismo, es decir, la tipificación costumbrista asignada a determinadas maneras de la convivencia social entre latifundistas y paisanos rurales, hecho sintomático del afianzamiento de la oligarquía rural, de las nuevas formas de propiedad y exploración pecuaria y de la consiguiente asimilación de las tradiciones campesinas por parte de esos sectores sociales urbanos, en su mayoría extranjeros, que las “civilizan” y las convierten en espectáculo “criollo”.”
“Corrida de sortijas” (Horacio Espondaburu- S/F)


