El avance de la autocracia por Oscar Licandro

Recientemente se difundió el “Informe sobre la Democracia 2025”, que elabora el Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo. El informe se basa en datos sobre un conjunto de indicadores aportados por más de 4200 expertos de todo el planeta.  La metodología atribuye una puntuación a cada país en función de las calificaciones obtenidas en cada indicador. Este informe arrojó información preocupante sobre el estado de la democracia en el mundo.

V-Dem clasifica a los países en tres grupos: democráticos, autocráticos y los que están en una zona gris. A su vez, los democráticos se dividen en “democracias electorales” y “democracias liberales”. Los países son clasificados como democracias electorales cuando existen elecciones libres, el sufragio es universal, existe libertad para crear partidos políticos, y hay un entorno que razonablemente garantiza la libertad de expresión y la libertad de prensa. Si además de todo eso, el país tiene un Estado de Derecho sólido, y existe un conjunto de instituciones que limitan la arbitrariedad del poder ejecutivo (un poder judicial independiente, una JUTEP neutral, etc.), V-Dem lo clasifica como democracia liberal.

El informe revela que la democracia está retrocediendo en el mundo: la población que vive en regímenes democráticos cayó del 51% en 2004 al 28% en 2024. Actualmente hay 91 autocracias y 88 democracias, de las cuales solo 29 califican como liberales. Hoy, apenas el 12% de la humanidad vive en democracias liberales. Algunos datos son preocupantes: 45 países se encuentran en proceso de autocratización (contra 19 que se están democratizando), en 44 ha disminuido la libertad de expresión (contra 8 donde está aumentando) y en 25 se deterioró la calidad de las elecciones (contra 10 donde ha mejorado).

Para quienes creemos que la democracia liberal es el mejor sistema de gobierno que ha construido la humanidad, el avance de las autocracias es algo sobre lo que no podemos ser meros espectadores. Nos ha llevado más de 2000 años llegar hasta acá. No podemos aceptar esto sin rebelarnos, sin buscar la forma de detener esta involución que nos retrotrae al medioevo, al absolutismo y a regímenes donde las personas no valían nada, no tenían derechos y debían acatar las decisiones arbitrarias de sus gobernantes.

En 2018, Steven Levitsky y Daniel Zibilatt publicaron el libro “Cómo mueren las democracias”. Allí analizan el proceso de deterioro de la democracia en los Estados Unidos. Es un análisis histórico, en el que muestran cómo diversos actores políticos han ido minando los pilares institucionales y morales sobre los que se apoya la democracia norteamericana.  

Además, inspirados en Trump (pero también en personajes como Hugo Chávez en Venezuela, Alberto Fujimori en Perú, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orban en Hungría, entre otros), Levitsky y Ziblatt describen la forma cómo los autócratas se apoderan del poder y destruyen la democracia.

Los autores detallan las características comunes al modus operandi de todos esos personajes. Mencionan su débil compromiso con las reglas de juego, tanto las que están establecidas en las leyes como las que resultan de normas no escritas. En particular, analizan cómo los autócratas paulatinamente debilitan las instituciones que controlan y limitan su poder.

También, Levitsky y Ziblatt ilustran, mediante ejemplos concretos, lo que hacen los autócratas para destruir la legitimidad de sus adversarios, y cómo fomentan en su beneficio la intolerancia y la polarización de la sociedad. A medida que adquieren más poder, los autócratas comienzan (al principio sutilmente) a atacar a los medios de comunicación, restringir las libertades civiles y proscribir selectivamente a sus adversarios. Uno de los momentos bisagra del proceso ocurre cuando los autócratas cambian las reglas de juego, particularmente, mediante modificaciones constitucionales que aumentan su poder y les ayudan a perpetuarse.

Desde Uruguay vemos este fenómeno como algo lejano, que ocurre en otros países, para el que estamos vacunados. Hemos inventado el relato autocomplaciente de que todos nuestros dirigentes políticos son auténticos demócratas, y le vendemos al mundo (y a nosotros mismos), como evidencia de ello, la foto de Sanguinetti, Lacalle Herrera y Mujica juntos y sonrientes.

Hace pocas semanas, en la presentación del último libro de Nelson Fernández, el ex presidente Lacalle Herrera hizo lo de aquella publicidad de Paso de los Toros: cortó con la dulzura. Allí advirtió que la cosa no es tan linda como la pintamos: “Tenemos un sistema que nos distingue, pero nuestro país tiene algunas pendientes”. Lacalle Herrera puso el ejemplo de lo que ocurrió con la Ley de Caducidad. A pesar de que en dos referendums los uruguayos la ratificaron, el Frente Amplio hizo trampa parlamentaria para aplicarla (débil compromiso con las reglas de juego, dirían Levitsky y Ziblatt).

Ningún partido político auténticamente democrático hace eso. Tampoco manipula la fiscalía ni coloca allí operadores con impunidad para filtrar información que perjudica a sus rivales. Menos aún, pone al frente de la JUTEP un par de militantes que responden a la autoridad del partido. Tampoco fomenta la intolerancia y la polarización contra sus adversarios, acusándolos de ser el brazo de la oligarquía o mediante convocatorias a cacerolear contra ellos. La forma como Fernando Pereira desacredita a sus rivales no es muy diferente de la de Trump.

El avance de los autócratas sobre la democracia es un proceso lento, constituido por pequeñas violaciones que son toleradas y luego naturalizadas por los ciudadanos. Tal como señalan Levitsky y Ziblatt: “los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla” (pág. 16).

El índice V-Dem nos califica como democracia liberal. Estamos en el vértice democrático. Pero, hay luces amarillas.

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