El diálogo racional en peligro por Miguel Pastorino

“Hoy en día, antes que reflexionar, se acostumbra a tomar posiciones nítidas y firmes frente a todos los problemas y se prefiere condenar apresuradamente aquellas que no coinciden con las propias, en vez de esforzarse por refutarlas o dejarse persuadir por ellas… Los partidos políticos han disminuido su prestigio en la ciudadanía y se sienten tentados a recuperarlo de la peor forma que se les podía imaginar: amplificando lo que la gente irreflexivamente siente o anhela. Las ideas generales para orientar el esfuerzo colectivo, cuya formulación fue siempre tarea de los partidos, hoy arriesgan a ser sustituidas por las ocurrencias que ganan aplausos…” (Carlos Peña, 2021).

Cuando no importa el contenido

Una cosa es el valor social o cultural de un discurso o el respeto que merece quien lo expresa, pero otra muy distinta es su verdad o la validez de su contenido. Pero esta distinción tan obvia entre la valoración social de un discurso y su verdad o validez está en crisis o disolviéndose de modo creciente. 

Actualmente no se atiende tanto al contenido de lo que dice alguien, sino que, animados por la sospecha, solo se buscan las supuestas intenciones ocultas de quien habla, y con la excusa de los incontables “sesgos” cognitivos ya no importa el contenido, sino lo que está oculto, lo no dicho. Lo que imaginamos que el otro piensa o lo que podamos atribuirle como “intenciones ocultas”, termina marginando o desautorizando lo que se dice, el contenido.

No importa cuán sólidos, lógicos, precisos y fundamentados sean los argumentos que alguien presente, porque su origen, su color de piel, su postura ante determinados temas “sensibles”, su fe religiosa o su ateísmo, su ideología política o su activismo social, es lo que se mira para juzgar todo lo que tenga para decir. Pierde valor la verdad del contenido, porque se ve todo discurso desde la lógica del poder, como una forma disfrazada de promover intereses. Con este tipo de comportamientos no podríamos confiar ni en el aula en el sistema educativo ni en la esfera pública donde se esperan debates serios y responsables.

Y es que si al leer un libro o escuchar una conferencia, no nos importa aprender, no nos importa conocer una nueva mirada o verdad que nos ayude a saber más y mejor lo que ya sabíamos anteriormente, sino juzgar si es atendible la persona, ya no se puede pensar. Si solo se lee o escucha a alguien para aceptar incondicionalmente lo que viene de quienes piensan como uno y rechazar como sospechoso lo que disienta con mi postura, habría que preguntarse para qué leer o hablar, para qué debatir si las ideas no importan.

Con cuestiones identitarias los discursos se polarizan entre la hipersensibilidad que no acepta ninguna crítica, a la violencia y el desprecio por quien piensa distinto. Pero lo cierto es que deberíamos poder valorar el peso cultural de una tradición o de una identidad, o de determinados estilos de vida, y al mismo tiempo poder criticar la verdad o validez de sus supuestos y postulados.

Vivir sin verdad, renunciar a pensar

La sobreabundancia de información no favorece el pensamiento profundo, sino que lo sustituye por una lógica de rendimiento, likes y visibilidad. El debate de ideas se disuelve en la emocionalidad superficial y la reafirmación de burbujas ideológicas. Martha Nussbaum en La monarquía del miedo, muestra cómo el miedo, la ira y el asco se han convertido en motores de la política, desplazando la argumentación racional. La emocionalización impide así el diálogo, ya que el otro no es visto como interlocutor válido, sino como una amenaza, como un enemigo de quién protegerse o al que destruir. La discusión pública ya no se orienta a convencer al otro, sino a demostrar fidelidad al grupo. En este contexto, el debate no es un medio para conocer la verdad o descubrir las mejores ideas, sino una forma de marcar territorio simbólico. Además, el debate racional requiere paciencia, humildad, escucha y argumentación: virtudes que entran en conflicto con una cultura que premia la rapidez, la emocionalidad, el narcisismo y la autoexpresión sin filtros.

Muchas veces no importa si algo es verdadero, sino si es funcional para mis intereses. Esto hace imposible un debate racional, que requiere acuerdos mínimos sobre hechos y métodos de validación.

Hannah Arendt en su ensayo sobre “Verdad y política” (1964) lo había visto con suma claridad: “Lo que parece aun más inquietante es que las verdades factuales incómodas, si bien se toleran en los países libres, son a menudo transformadas, de forma consciente o inconsciente, en opiniones… Lo que realmente se juega aquí es la propia realidad común y objetiva, y este sin duda es el un problema político de primer orden”. ¿Acaso hoy cuando se demuestra un hecho evidente, no se le dice a quién lo presenta: “Esa es tu opinión”? Aunque parezca increíble, sucede que todo queda al nivel de una simple opinión, como si todo tuviera la misma validez o el mismo nivel de veracidad. ¿Es acaso lo mismo opinar que saber? Obviamente no, pero esto no parece escandalizar a muchos. Todos tienen derecho a opinar, pero no todas las opiniones tienen el mismo valor.

La ética del discurso de la que escribió Habermas ha sido aplastada por una racionalidad instrumental (técnica, pragmática, utilitarista), que considera irrelevante la deliberación sobre fines y valores.

Vivimos un tiempo donde la racionalidad ya no estructura el espacio público. La lógica del mercado, la emocionalidad, el tribalismo, el narcisismo cultural, el desprecio el saber y por la verdad han erosionado las condiciones mismas del debate racional y de la reflexión política. Recuperar ese espacio exige no solo defender la libertad de expresión, sino también educar en las virtudes intelectuales del diálogo: humildad, escucha, reflexión profunda, rigor y honestidad intelectual, búsqueda de la verdad y respeto por el otro como interlocutor válido.

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