El eterno retorno del primer superhéroe por Carlos Acevedo

Desde que existe la Humanidad, cada época y cada cultura ha tenido sus mitos. Ya sean dioses, seres fantásticos, personajes de ficción o, actualmente, futbolistas, artistas e influencers, la idolatría es parte esencial de nuestra identidad. En alguna época esos personajes provenían de las historietas, encarnaban héroes que nos daban la esperanza de un mundo mejor, aunque fuera en la ficción impresa. Tal es el caso de Superman, el primer superhéroe, cuya nueva versión para la pantalla grande se estrenará en breve.

En tiempos de virtualidad, incomunicación  e inteligencia artificial, cuesta situarse en la mente de dos adolescentes judíos que se criaron en Estados Unidos durante los años veinte del siglo pasado. Joe Schuster y Jerry Siegel tenían historias similares. Provenientes de familias humildes que habían llegado a América del Norte huyendo del antisemitismo y de la pobreza, compartían además un sueño.

Desde fines del siglo diecinueve, casi coincidiendo con el nacimiento del cine, las historietas se habían convertido en un artefacto cultural más, indisolublemente unido a la historia de Norteamérica. Empero, recién en 1935 se publicó la primera revista con material original. Hasta ese momento, aquellos seres de tinta vivían en las tiras diarias y semanales y en las recopilaciones de tiras viejas.

Siegel y Schuster amaban las historietas, además de los folletines. Al principio, el personaje no concitó interés. Lo ofrecieron durante años a diversas editoriales, hasta que la futura DC Comics lo aceptó. Les pagaron 130 dólares por una historia de diez páginas, pero el contrato, que los jóvenes no leyeron con detenimiento, establecía una cesión de derechos, con lo cual la empresa se apropió el personaje y se lo escamoteó a sus creadores.

En efecto, el primer superhéroe, que fue el germen de una lucrativa industria, fue adquirido mediante un contrato tramposo firmado por dos ingenuos muchachos de los suburbios que habían parido un mito moderno sin percatarse de ello.

Su primera adaptación a la pantalla fue en un olvidable serial cinematográfico rodada a fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta, Luego, vendría la primera película y la primera serie televisiva, protagonizadas por el malogrado George Reeves. Con la televisión como medio de comunicación predominante en los años cincuenta en Estados Unidos, pasado el auge de la radio, el personaje se consolidó definitivamente como un ícono cultural americano.

Sería recién a fines de los años setenta cuando aquella fama se expandiría a nivel mundial, con la adaptación al celuloide, considerada por muchos definitiva, protagonizada por Christopher Reeve y dirigida por Richard Donner.

Esta saga de películas afianzó a Superman como un paradigma cultural. Mito moderno, encarnación de valores ideales y poseedor de fabulosos poderes a la manera de un dios, sus creadores se inspiraron en la religión judía para crearlo.

Su verdadero nombre es Kal- El (“El” en hebreo es uno de los nombres de  Dios), quien a la manera de un Jesucristo de tinta o de un Moisés, es enviado a la Tierra por su padre para salvarlo de la destrucción de su planeta natal, Kriptón.

En los años treinta, en pleno auge del nazismo y con el antisemitismo que los judíos sufrían en Estados Unidos, no es casual que dos jóvenes de ascendencia hebrea hayan creado en dicho país un personaje que es, esencialmente, un inmigrante, que procura asimilarse a su sociedad adoptiva y hacer el bien mediante otra identidad. La adopción de los ideales norteamericanos, nada más yanki que portar un traje con los colores de la bandera, no le impide a este poderoso ser honrar sus orígenes y recordar su herencia y a su familia biológica. 

La nueva adaptación de Superman a la gran pantalla pretende rescatar esa condición de extranjero, en este caso extraterrestre, del héroe, como una suerte de alegoría de quien  procura integrarse a una sociedad diferente a la suya pero sin perder sus raíces. Sus problemas de adaptación, su interacción con una Humanidad que admira y anhela proteger, pero que por momentos le resulta confusa y hostil, y la necesidad de integrarse y echar raíces en su tierra adoptiva, son temas que aborda esta nueva película, además de ofrecer la necesaria dosis de fantasía, acción y despliegue visual.

Que el filme trate dichas temáticas, dolorosamente atemporales, pueden resultar particularmente adecuado en un país gobernado por un megalómano xenófobo, que basa gran parte de su apoyo político en el desprecio y la persecución de inmigrantes, algo irónico en una nación que fue levantada, desde sus cimientos, por poblaciones provenientes de diversos países y culturas.

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