El fracaso del liberalismo por Gustavo Monzón

En 2018, un libro del profesor de ciencia política de la Universidad de Notre Dame sacudió el debate intelectual estadounidense. Why Liberalism Failed, de Patrick Deneen, apareció en la lista de lecturas recomendadas del presidente Obama y fue celebrado por editorialistas del New York Times como Ross Douthat y David Brooks, quienes declararon que la obra iba al fondo del asunto: ponía en revisión y en debate los valores y estructuras básicas de la sociedad americana.

La tesis central de Deneen es desafiante: el liberalismo no ha fallado porque haya sido traicionado o mal implementado, sino precisamente porque ha triunfado. Ha realizado su programa y, al hacerlo, ha revelado sus contradicciones internas, que pueden resumirse en tres puntos.

El liberalismo, aunque prometía libertad individual, ha generado nuevas dependencias del Estado, el mercado y la burocracia tecnocrática.  Segundo, el liberalismo prometía una comunidad elegida voluntariamente, pero ha disuelto los lazos tradicionales: familia, barrio, iglesia, sindicato, que hacían posible la vida en común. Tercero, la utopía liberal prometía un gobierno limitado, pero ha generado un Estado cada vez más invasivo que penetra hasta los últimos reductos de la vida privada, y las convicciones personales.

En ese sentido, para Deneen, el problema del liberalismo radica, no en sus aplicaciones políticas, sino en su antropología, que está basada en la concepción del ser humano como individuo autónomo, desvinculado de tradiciones, comunidades y vínculos pre-políticos. Esta filosofía ha producido un vaciamiento de las formas de vida que daban sentido a la existencia humana. Las personas modernas son formalmente libres, pero existencialmente desarraigadas; consumidoras insaciables, pero espiritualmente vacías.

La crítica de Deneen al liberalismo se dirige tanto a su versión de izquierda (progresismo cultural, individualismo expresivo) como a su versión de derecha (liberalismo económico, fundamentalismo de mercado). Ambas, argumenta, comparten las mismas premisas antropológicas: el individuo como átomo social, cuyas preferencias deben maximizarse. La izquierda libera al individuo de las restricciones morales tradicionales; la derecha, de las restricciones económicas comunitarias. Pero ambas destruyen el tejido social que hace posible una vida verdaderamente humana.

En su libro de 2023, Regime Change: Toward a Postliberal Future, Deneen profundiza en su perspectiva postliberal y da un paso más allá. Pasa del diagnóstico a la prescripción. Como forma de salir de la decadencia de la vida pública americana, propone lo que denomina “aristopopulismo”: una alianza entre una nueva élite comprometida con el bien común y las clases populares abandonadas por el liberalismo globalizador. Esta nueva élite, formada en universidades católicas, embebida de la tradición clásica, y con un fuerte sentido de bien común, reemplazaría gradualmente a la élite liberal que domina las instituciones estadounidenses. El cambio de régimen que Deneen propone no es revolucionario sino cultural e institucional, ya que consiste en una reconquista de las instituciones sociales, pero en dirección contraria a la que emprendió la izquierda en los años sesenta.

Hay mucho que reconocer en el diagnóstico de Deneen. El individualismo extremo de las sociedades occidentales contemporáneas es un problema real. La erosión de las comunidades locales, la atomización social, la crisis de sentido, el vacío dejado por la pérdida de las instituciones intermedias son patentes y tienen consecuencias negativas para la vida pública.

Pero en el paso del diagnóstico a la prescripción, Deneen resulta algo problemático.  En relación con este punto, su propuesta de comunidades locales virtuosas, cultivando tradiciones heredadas, suena más a nostalgia romántica, o a “opción benedictina” que a programa político viable. Y su “aristopopulismo” no responde a la pregunta crucial: ¿qué garantiza que esta nueva élite persiga realmente el bien común en lugar de sus propios intereses?

Más fundamentalmente, Deneen comete el error de atribuir al liberalismo, como doctrina filosófica, lo que debería atribuirse a desarrollos históricos más complejos: industrialización, secularización, urbanización, medios masivos, tecnología digital, globalización económica. La pérdida de comunidades locales no es consecuencia de que alguien leyera a Hobbes, Locke, o Montesquieu, sino que puede ser explicada, en parte, como consecuencia de las transformaciones sociales, económicas, y tecnológicas que ningún cambio cultural puede simplemente revertir.

Finalmente, hay algo profundamente anacrónico en la propuesta de Deneen: una nostalgia por un pasado idealizado que nunca existió como él lo imagina. Las comunidades tradicionales que añora también eran comunidades que tenían sus claroscuros, y falta de derechos para distintos grupos, que las luchas por los derechos civiles ayudaron a reconocerlos como sujetos políticos.

Más allá de las provocadoras tesis de Deneen, el verdadero desafío no es abandonar el liberalismo sino corregirlo: recuperar una concepción más robusta de la persona humana como ser social, fortalecer las instituciones intermedias sin abandonar los derechos individuales, reconstruir lazos comunitarios sin sacrificar la libertad. Porque la alternativa que nos presenta Deneen, un retorno nostálgico a comunidades cerradas y jerarquías naturalizadas no solo es imposible, sino que también es indeseable. La apuesta debe ser otra: un liberalismo reformado que comprenda que la autonomía individual y el arraigo comunitario no son enemigos irreconciliables, sino condiciones mutuamente necesarias de una vida plenamente humana.

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