El futuro puede ser próspero para todos, pero lo será solo si antes aceptamos asumir los problemas de la desigualdad racial y económica, de manera decidida, con acciones de corto plazo y también con esfuerzos de largo plazo. Asumiendo, además, que las restricciones de corto plazo para resolver esas inaceptables situaciones más que razones de gobierno, son de estado.
La “raison d’État” refiere a un principio de gobernanza según el cual el estado tiene el derecho y la obligación de tomar decisiones que redunden en el interés superior del país, aunque estas decisiones sean contrarias a otras consideraciones. El jesuita Giovanni Botero es clave para comprender el concepto de “razón de estado”. En su tratado “Della ragion di Stato”, “Sobre la razón de Estado”, publicada en 1589, Botero explica que la supervivencia y el éxito del estado dependen de una combinación de prudencia, política y moralidad. Dicho de otra forma, la verdadera razón de estado es la que sirve al bien común y consistente con “la ley divina”. Si se quiere, “en la responsabilidad moral y espiritual de los gobernantes y en la importancia de la fe y la virtud en la política”. La influencia de Botero marcaría el desarrollo de la filosofía política cristiana.
Línea práctica y rectora
Lo primero que hay que descartar, por tanto, es esa línea práctica o de hecho rectora, que la vida es una suerte de tensiones que se diluyen apostando a la resolución de series de suma cero. Tal cual; la lógica de resoluciones de suma cero no son tales, sino simples corrimientos menores de tensiones que por esta vía seguirán perdurando, apenas postergando, hasta resolver decididamente la base misma del problema: la desigualdad. Sí, la desigualdad en sentido amplio es el asunto por atacar.
La lógica o principios que impulsan la “sum of us” ayuda a comprender una cuestión primera y fundamental: cómo llegamos hasta aquí. Aún más, cuál es nuestro estado actual, en sentido amplio. Una buena primera aproximación a esta conclusión fue formulada por la economista Heather McGhee, a partir de la publicación de su libro The sum of us, o La suma de nosotros… con el agregado: “lo que el racismo cuesta a todos y cómo podemos prosperar juntos’”. En síntesis, Heather se pregunta acerca de dos asuntos: una, cómo llegamos hasta aquí; y dos, pero aún más importante y que requiere una mayor sutileza, caracterizar cuál es realmente nuestro estado de situación. Una no responde la otra, pero ayuda a comprender los vectores que movieron la acumulación de energías que movieron las miserias de la condición humana tanto como las que son traducción misma de lo mejor de la superación cultural.
Y expresado en pocas palabras, como una suerte escueta de primera aproximación, así estamos hoy: divididos y autodestructivos, materialmente ricos pero espiritualmente hambrientos y enormemente desiguales. Corroídos por “una historia irrefutable de los costos del racismo”, y de otras miserias ideológicas evitables pero que fueron concebidas, impulsadas e implementadas para solventar políticas de explotación, desigualdad y recelos.
McGhee, no se queda en el racismo como prejuicio, sino que examina las dimensiones económicas de la discriminación. Pone énfasis en una verdad dolorosa: el racismo daña a todos, sin excepciones. Por ello, deja sentado que la mentalidad de suma cero, la convicción o presunción de que las ganancias de unos son igual a las pérdidas de otros. El racismo arraigado condujo al desperdicio de recursos y la pérdida de oportunidades. Advierte que los costos del racismo son reales y tangibles para toda la población estadounidense.
Sin embargo, no hay tampoco una lógica mono causal en el debate postergado y que se va haciendo imprescindible asumir, lo que significa producir vectores para animar políticas diferentes. En otras palabras, no cometamos errores del pasado, es decir, no tropecemos otra vez con las mismas inconsistencias y no nos enfoquemos en una sola razón como fuente excluyente de todos los problemas que afectan a la sociedad y a sus expresiones asociativas y de acumulación de poder y de riqueza, y miremos al momento de analizar “nuestro estado actual y sus causas”, para mejor comprender causas y verdades más universales. Necesitamos desarrollar una perspectiva profunda y amplia para trabajar juntos, y desde la diversidad, las “motivaciones” para lograr un cambio sustancial.
Vuelvo a insistir, preventivamente, contra esta desviación repetida en el pasado, que es el “monocausismo”. ¡Qué no se nos cuele por la ventana! Es una desviación muy real en este debate. Incluso, suele ser un error frecuente o repetido en la formulación de políticas progresistas. Y lamentablemente, esa suerte de ciclo fatal suele provocar una suerte de bloqueo analítico que impide o, por lo menos dificulta, formular soluciones o ensayar caminos de tono progresistas, ya sea en políticas económicas, sociales e incluso, como en estos tiempos y otros no muy lejanos, en cuestiones regionales e internacionales.
Antes que caigamos en la tentación, consciente o no, de enfocarnos en una sola explicación como inspiración o razón de todos los problemas que afectan a la sociedad, hagamos el ejercicio de asumir, siempre, que las causas son desarrollos más universales, que interactúan con otras cuestiones ya sea de manera central o lateral. A partir de esa verificación, entonces si desarrollar una perspectiva necesaria, amplia, precisa, para trabajar en correctivos para lograr un cambio sustancial. Y una cuestión más, no menor, sobre el particular. No alcanza con comprender el problema y diseñar soluciones lo más consensuadas posibles. Hay que incluir como mandato propio del nuevo periplo, prácticas y revisiones de aseguramiento de la continuidad de los cambios. No alcanza con los instrumentos legales, no es suficiente con el empuje inicial. Hay que innovar apelando a instrumentos que aporten solidez (que no es lo mismo que rigidez), amigables, sencillos y contundentes. Además de innovar para cambiar, hay que eliminar todas las barreras culturales, teniendo muy presente que la implementación de las nuevas políticas, los nuevos instrumentos, deben estar definidos por esas características: simple, verificable, trazable para asegurar la credibilidad y confianza.
La integración
En el centro del problema ahora están los miles de humildes historias de excluidos, que apenas anhelaban y aún anhelan ser incluidos, ser parte de una mejor expresión de esa misma nación.
McGhee asume el reconocimiento de la historia compartida, y propone ciertas ideas prácticas acerca de cómo enfrentar las disparidades raciales, culturales y económicas. El mensaje es claro: superar las profundas divisiones arraigadas es necesario, pero ahora mismo requiere el compromiso activo de todos. El cambio real proviene del reconocimiento de la humanidad común y la lucha por una justicia que eleve a todos.






