¿Y si ese individuo no está equivocado? ¿Y si sabe perfectamente lo que hace, y aun así lo hace y lo disfruta? ¿Y si, en el fondo, no hay nada que desenmascarar? Tal vez el problema no sea la ignorancia ni la manipulación, sino algo más perturbador, es decir, la lucidez puesta al servicio del deseo. En la anterior columna, desde la perspectiva de Eric Sadin, describí la producción tecnológica y cultural del individuo soberano que demanda líderes como Javier Milei o Nayib Bukele. El filósofo Slavoj Žižek acepta esa descripción y le agrega una vuelta de tuerca que la hace más difícil de digerir: el pueblo no está engañado. El pueblo goza.
Esta es la tesis que el filósofo esloveno viene desarrollando desde “El sublime objeto de la ideología” (1989) hasta sus intervenciones más recientes sobre los populismos de derecha, y es que la ideología no funciona porque oculta la realidad a quienes la padecen, sino que funciona precisamente porque ellos saben que es ideología, y aun así la sostienen. Como él mismo dice, parafraseando a Marx con Lacan: “ellos saben muy bien lo que hacen, pero lo hacen igual.” La crítica política tradicional (de izquierda, mayormente) sostuvo durante décadas que el votante del caudillo es una víctima de la manipulación mediática, del fetichismo de la mercancía y de la falsa conciencia. En este sentido, si tan solo supiera la verdad, no votaría así. Esta es, para Žižek, una ilusión reconfortante de la izquierda ilustrada que le permite mantener una falsa posición de superioridad epistémica (“nosotros sabemos lo que ellos no saben”) sin tener que confrontar el problema real. El problema real es que el votante de Milei, en muchos casos, sabe: sabe que las recetas de shock económico duelen, sabe que el líder exagera, que su estilo es teatral y que sus enemigos son construcciones retóricas. Sin embargo lo vota igual. Porque no vota con la cabeza que evalúa consecuencias; vota con el cuerpo que goza.
El rugido de Milei, sus insultos a la “casta”, su gesticulación exagerada; todo eso no es un defecto de imagen que sus asesores no supieron corregir, es el producto mismo y lo que se consume, lo que se goza, es precisamente ese exceso. El votante que se ríe con un meme de Milei destrozando el Estado no está evaluando política fiscal, está participando de un ritual de goce colectivo en el que la destrucción de lo establecido es, en sí misma, la satisfacción. Pero el goce, en la lógica lacaniana que Žižek desarrolla, no existe en estado puro, sino que necesita siempre un enemigo, alguien a quien culpar de que el goce no sea completo, de que algo falte. Milei tiene su “casta”, Bukele tuvo sus pandillas y Trump tiene sus inmigrantes. La función de estas figuras no es descriptiva sino libidinosa, es decir, son el Otro que roba nuestro goce, que nos impide ser lo que deberíamos ser, que explica por qué el país no es grande todavía. Žižek señala que esta lógica es estructuralmente idéntica al antisemitismo clásico en el sentido de que el judío no es acusado de algo concreto y verificable, sino de ser la causa difusa de todo malestar. Por lo tanto, si el pueblo sufre, es porque alguien le roba su goce.
La IA potencia esta dinámica identificando, a partir de los patrones de consumo del usuario, qué figura enemiga maximiza su goce. En este sentido, no se trata de desinformación en sentido estricto; se trata de la construcción personalizada del objeto de odio que cada sujeto necesita para sostener su identidad. Žižek toma de Lacan el concepto de point de capiton (el punto donde el tejido ideológico se fija y adquiere sentido) para pensar la función del líder en el populismo. El líder no representa un programa, sino que teje un conjunto de demandas dispersas, resentimientos heterogéneos y deseos contradictorios bajo un significante vacío que las unifica. “Libertad”, en la boca de Milei, no tiene un contenido preciso y verificable. Es un significante vacío que cada votante llena con su propio contenido: para el empresario es desregulación; para el joven frustrado es rebeldía; para el jubilado es nostalgia de un país que funcionaba. Por ello, el líder no necesita resolver esa contradicción, sino que por el contrario, su potencia reside precisamente en mantenerla abierta, en ser el punto donde todos esos goces divergentes se encuentran sin anularse. Bukele operó de manera similar con la “seguridad”. Nadie discutía qué significaba exactamente y todos proyectaban en ese término su propio miedo y su propio deseo de orden.
Por último, Žižek cuestiona duramente a la izquierda progresista porque la crítica racional al caudillo no solo es insuficiente, sino que a veces refuerza su posición, porque cuando el intelectual explica pacientemente por qué Milei está equivocado en sus cifras, por qué Bukele viola derechos humanos, por qué el discurso del líder es inconsistente, el votante del líder no cambia de opinión. En el mejor de los casos, se aburre, y en el peor, interpreta la crítica como una confirmación: son los de siempre, los que saben mejor que nosotros, los que nos roban el goce con sus explicaciones. En este sentido, la crítica ilustrada asume que el vínculo entre el líder y su base es cognitivo: si se desmonta el argumento, se desmonta el vínculo. Pero el vínculo se sostiene en el goce compartido, en la pertenencia a un nosotros que se define por oposición a un ellos (y el intelectual crítico es, casi siempre, asignado al bando del ellos).
Žižek diría que la izquierda perdió tantas batallas culturales precisamente porque siguió apostando a la razón en un terreno que se juega en otra clave. En este sentido, la batalla cultural, se gana (si se gana) ofreciendo otras formas de construir un nosotros, otras fuentes de sentido colectivo y otras maneras de nombrar el malestar sin necesitar un chivo expiatorio. Es decir, haciendo exactamente lo que un buen programa político, con rigor y honestidad intelectual, intenta hacer. No es poco. Quizás es todo.