El iliberalismo en acción: de Budapest a Washington por Gustavo Monzón.

Las democracias iliberales no son abstracciones teóricas. Tienen nombres y geografías específicas. Para entender este fenómeno, necesitamos mirar casos concretos en los que líderes electos democráticamente han iniciado el proceso de erosión institucional. Y entender por qué estos modelos se han convertido en referentes admirados por importantes sectores del pensamiento conservador contemporáneo.

Hungría: el laboratorio de Orbán

Viktor Orbán llegó al poder en 2010 con una mayoría parlamentaria que le permitió reformar la Constitución. Desde entonces, ha construido lo que él mismo llama “democracia iliberal”. El proceso ha sido sistemático: control de los medios de comunicación, reforma del poder judicial para asegurar nombramientos leales, cambios en las leyes electorales que favorecen a su partido, restricciones a las ONG que reciben financiamiento extranjero, y una retórica nacionalista que presenta a Hungría como bastión cristiano frente a la inmigración musulmana y los “valores liberales y secularistas” de una Unión Europea, burocrática e ineficaz.

Orbán no ha abolido formalmente las instituciones democráticas. Hay elecciones, parlamento, tribunales, medios de comunicación. Pero todos han sido vaciados de su verdadera autonomía. Es un autoritarismo de guante blanco, que mantiene las formas democráticas mientras erosiona su sustancia. Y se ha convertido en un modelo para importantes sectores del conservadurismo estadounidense, tras las tensiones culturales que dejaron los gobiernos de Obama, Trump y Biden. Pensadores como Patrick Deneen, Rod Dreher y Gladden Pappin, han encontrado en el “modelo Orbán” un experimento para renovar los valores de las sociedades democráticas.

Polonia: cuando la justicia se politiza

Polonia siguió un camino similar al húngaro después de la victoria del partido Ley y Justicia en 2015.  El gobierno emprendió una reforma judicial que le permitió controlar el nombramiento de jueces y limitar la independencia del Tribunal Constitucional, lo que llevó a la Comisión Europea a iniciar procedimientos de infracción por violación del Estado de derecho. El gobierno polaco presentó estas críticas como una injerencia extranjera, reforzando una narrativa de asedio por la burocracia de Bruselas. El caso polaco ilustra cómo la democracia iliberal se legitima mediante relatos de victimización nacional y una identidad cultural homogénea, en la que el catolicismo ocupa un lugar central.

En este contexto, la Iglesia Católica en Polonia ha jugado un papel marcadamente ambiguo. Por un lado, sectores del episcopado y del clero más conservador han respaldado al gobierno, ya sea por afinidad con su agenda moral conservadora o por considerar al partido Ley y Justicia como un dique frente al secularismo liberal.

Esta cercanía ha contribuido a una instrumentalización política del catolicismo, en la que la religión funciona menos como instancia crítica frente al poder que como recurso simbólico para legitimar el proyecto iliberal. 

Estos acontecimientos han aumentado las voces eclesiales disidentes, especialmente entre intelectuales católicos, teólogos y la jerarquía episcopal, que han advertido sobre los riesgos de identificar la fe con un programa nacionalista.

Esta tensión interna refleja el dilema más amplio del catolicismo polaco contemporáneo: su tránsito de un papel profético frente al poder político a una posición que corre el riesgo de convertirse en legitimadora de una democracia iliberal fundada en la fusión entre nación, religión y Estado.

Estados Unidos: de Trump a Vance

Sin embargo, el proyecto iliberal es como un “fantasma que recorre el mundo” y ya no se limita a países con democracias emergentes, sino que afecta a la democracia más grande del mundo: Estados Unidos.  El caso estadounidense es particularmente significativo porque se trata de una sofisticada arquitectura intelectual que proporciona fundamentos teóricos a las tendencias iliberales. El primer mandato de Donald Trump continuó tensando un sistema que venía polarizándose.

La resistencia político-jurídica fue más fuerte de lo esperado. Pero el segundo mandato, con la llegada del senador de Ohio, J.D.Vance, como vicepresidente, representa algo de manera cualitativamente diferente.

Vance no es un político convencional. Su trayectoria incluye un paso destacado en el mundo de las empresas tecnológicas y una faceta como intelectual que lo distingue. En 2019, Vance se convirtió al catolicismo, una transformación religiosa que marcó un giro profundo en su pensamiento político. Hoy se identifica abiertamente como postliberal y sostiene que la doctrina social de la Iglesia puede ofrecer claves para superar la aguda polarización que atraviesa Estados Unidos, tanto en el ámbito intelectual como en el social y político. Su historia personal, narrada en el libro Hillbilly Elegy (2016), que Netflix llevó al cine en 2020, traza un recorrido desde sus orígenes en los Apalaches hasta su conversión religiosa.

Detrás de Vance está Peter Thiel, el multimillonario de Silicon Valley que financió su campaña senatorial con más de 15 millones de dólares. Thiel representa una vertiente diferente, pero convergente, del antiliberalismo: un tecno-libertarismo que ha evolucionado hacia el nacionalismo autoritario.

Patrones comunes y una nueva coalición

Estos casos revelan patrones recurrentes: líderes carismáticos que, con la lógica schmittiana de amigo-enemigo, estructuran el clivaje político a partir de un antagonismo entre el pueblo real y las élites corruptas. Esta forma de hacer política va generando una erosión gradual de las instituciones liberales, que, manteniendo fachadas democráticas, no solo polariza la sociedad, sino que también utiliza instrumentalmente la religión para refundarla. En ese sentido, una de las características del actual momento político de deterioro democrático, es la convergencia de estas tendencias políticas con un movimiento intelectual sofisticado que proporciona justificación teórica para el abandono del orden liberal. Los postliberales no son meros oportunistas; son pensadores serios que han diagnosticado, muchas veces correctamente, las patologías del liberalismo contemporáneo. Sin embargo, las soluciones propuestas amenazan con ser peores que la enfermedad.

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