El infierno tan temido

“Bendíceme, Padre, porque he pecado”… “Sobrepasé el límite de velocidad”… “Choqué por no respetar un cartel de pare”… “Me salté un semáforo en rojo”… “Casi arrollo a un peatón”…

Ego te absolvo…

La del cura fue una idea brillante. En una época en la que la fe está en crisis e impera el materialismo más ramplón, de una manera quizá no del todo ortodoxa, supo encontrar un “nicho” al cual ofrecerle sus servicios, con resultados sorprendentes.

Instaló, en la trastienda de su capilla, un confesionario para aliviar las culpas de aquellos automóviles que se sentían atormentados por haber infringido las reglas en el endemoniado tránsito montevideano. A poco de la inauguración, se corrió la bola, y ahora no da abasto para atender a tantos vehículos con cargos de conciencia como los que acuden a él.

(Ubicación: Río Branco 1422)

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