El legado de dos leyendas del séptimo arte por Carlos Acevedo

Ambos europeos y de orígenes obrero, uno criado en  Londres, durante la Segunda Guerra Mundial, y el otro en   Madrid en plena dictadura franquista, Terence Stamp y Eusebio Poncela, recientemente fallecidos con diferencia de pocos días, fueron dos intérpretes provocadores y rupturistas. Habiendo ambos trabajado con grandes directores y protagonizado emblemático filmes, dejaron para la posteridad un insoslayable legado cinematográfico que conviene repasar. 

Terence Henry Stamp nació en 1938, en una Inglaterra que un año después se involucró en la Segunda Guerra Mundial, y creció en medio de salvajes bombardeos, ya que Londres fue atacada por la aviación alemana en una operación llamada “El Blitz”, setenta y un veces en menos de un año entre 1940 y 1941.

Desempeñó diversos trabajos, entre ellos fue publicista y ayudante de golfista, mientras aprendía arte dramático en una importante academia londinense.  En su fecunda carrera, que abarcó casi seis décadas, apareció en más de sesenta películas, además de desarrollar una destacada trayectoria teatral.

El papel que le dio más fama mundial fue, sin duda, el del cruel General Zod,el  villano kriptoniano de Superman (1978) y Superman II, películas dirigidas por Richard Donner y Richard Lester. Sin embargo, sus mejores actuaciones las realizó bajo la conducción de emblemáticos cineastas como  John Schlesinger, en “Lejos del mundanal ruido” (1967), Ken Loach, en “Pobre vaca” (1967), William Wyler, en “El coleccionista” (1965), el provocador Pier Paolo Pasolini, con su obra maestra “ Teorema” (1968) o Steven Soderbergh, en “Vengar la sangre” (1999).

Actor carismático y versátil, supo moverse entre el cine de autor y el cine de industria, entre Europa, Estados Unidos y Oceanía. Su amplio registro lo hizo capaz de interpretar perversos villanos, inquietantes psicópatas, entrañables marineros, enigmáticos seductores, gallardos militares e incluso decadentes pero conmovedores travestis, como en la australiana “Las aventuras de Priscila, reina del desierto”, de Stephan Elliot, (1994).

Eusebio Poncela, en cambio, nació en un país que no participó en la Segunda Guerra Mundial, pero que estuvo sumido durante casi cuatro décadas en un régimen de terror liderado por el General Francisco Franco, que comenzó en 1936, tras la Guerra Civil Española, y finalizó recién con el fallecimiento del dictador.

Fue actor, productor, pintor y guionista, y forjó su talento actoral en el teatro durante la última etapa del Franquismo. Su trabajo en exitosas series y en el cine de autor lo convirtieron en una de las figuras artísticas más representativas de la transición y la democracia post-dictadura.   

Rebelde por naturaleza, fue expulsado de ocho colegios mientras descubría y desarrollaba incipientemente su verdadera vocación. En su juventud protagonizó en teatro algunos clásicos, entre ellos la polémica “Marat-Sade”, al tiempo que comenzaba a incursionar en cine y televisión. En los años setenta del siglo pasado, actuó en películas como “Fuenteovejuna” y “La muerte del escorpión”, alternando protagónicos y secundarios, pero siempre eligiendo sus proyectos, escapando al cine comercial, y prefiriendo lo alternativo y lo contracultural.

Comenzó a hacerse un nombre dentro del ambiente cinematográfico con su actuación con “Arrebato” (1979), psicodélica película de culto de Iván Zulueta. Pero su popularidad y éxito llegarían con la serie de Televisión Española “Los gozos y las sombras” (1982). Las dos películas que `protagonizó bajo la dirección de un joven Pedro Almodóvar, “Matador” (1986) y

“La ley del deseo” (1987) afianzaron su fama como actor arriesgado y transgresor, típico representante del “destape”.

También trabajó con otros grandes directores como Pilar Miró, en “Werther” (1986), Carlos Saura,  en “El Dorado” (1988), o Imanol Uribe, en “El rey pasmado” (1991). Por entonces dejó su adicción a la heroína, que sufrió durante treinta años y combatió, emigrando a  la Argentina, país donde actuó en “Martín(Hache)”, (1997), de Adolfo Aristarain.

Confeso homosexual, transgresor por naturaleza y de registro versátil, prefería los papeles arriesgados y polémicos y se comentaba que era difícil trabajar con él, dada su naturaleza díscola.

Su influyente legado incluye medio centenar de obras cinematográficas, veinticinco series de televisión y más de una veintena de obras de teatro.  ​

Agregar un comentario

Deja una respuesta