El legado de un maestro por Carlos Acevedo

La reciente restauración y reestreno mundial de “La quimera del oro”, en el marco de la conmemoración del siglo de su estreno, justifican no solamente volver a verla, sino también usarla como pretexto para repasar toda la carrera del multifacético Charles Chaplin, un brillante artesano que fue, sin dudas, una de las figuras más influyentes de la historia del Séptimo Arte.

El cine en los tiempos de Chaplin era, en algunos aspectos, muy diferente del que conocemos ahora. No solamente porque primaba la imaginación y el ingenio sobre lo técnico, las cámaras eran muy rudimentarias comparadas con las actuales, además de pesadas y difíciles de manejar, sino también en cuanto a las dificultades de edición. Se editaba a lupa y tijera, algunos fotogramas o escenas enteras se cambiaban de lugar, se quitaban otras y se pegaba. De todas formas, las películas aun no tenían un raccord como el que acostumbramos a ver actualmente.

Un filme podía construirse mediante una sucesión de escenas que podían cambiarse de lugar, siempre y cuando la narración tuviera cierta coherencia y el principio y el final fueran comprensibles. Muchas veces, se filmaban varias resoluciones diferentes para la misma escena y luego se elegía la que mejor funcionaba en el conjunto. Incluso, el cineasta no se apoyaba tanto en un guión rígido, pudiendo improvisar más sobre la marcha. 

No existía el storyboard, esto es una versión dibujada, a modo de narración gráfica, del guión, con lo cual el director debía imaginar los planos en su cabeza, interpretando el guión como mejor le parecería o improvisando. Filmar también era mucho más caro, por lo cual se intentaba realizar la menor cantidad de tomas posibles, lo cual demandaba mucho ensayo previo.

Incluso, la falta de dialogo sonoro influía en la forma de narrar. Se usaban intertítulos, es decir carteles escritos situados frente a la cámara, para explicar alguna escena de la trama o algún dialogo, pero la mayor parte de lo que se expresaba lo hacían los actores mediante su lenguaje corporal y gestual, lo cual tornaba indispensable que el camarógrafo realizara muchos primeros planos del rostro de los intérpretes.

Los artistas, además debían saber realizar, como en el caso de las comedias que se basaban más que nada en gags muy físicos, bailes, contorsiones y piruetas dignas de una performance circense, medio del cual provenían muchos de ellos, además de foguearse en el vodeville y el teatro.

En este contexto fue que Charles Chaplin, actor, director, guionista y compositor, realizó sus filmes del periodo mudo, entre las cuales se cuentan varias obras maestras fundamentales para la historia de la cinematografía como “El chico” (1921), “La quimera del oro” (1925) y “Luces de la ciudad” (1931). aunque Chaplin también supo brillar en producciones sonoras.

En “La quimera del oro”, el insigne creador terminó de consolidar el personaje que lo consagró, el entrañable Charlot, un vagabundo de modales refinados. Además demostró, como en producciones  anteriores, que podía combinarse la comedia física exagerada, como era costumbre en aquella época, con el más desgarrador dramatismo, generando un potente humor negro, y abordando temas sociales que calaban hondo en el público, y conjugaban, al mismo tiempo, momentos de sublime poesía visual nunca antes vistos en el cine.

En medio del rodaje, Chaplin se divorció de su segunda esposa, por lo cual debió cambiar de actriz protagónica, y el presupuesto se le fue de las manos, a lo cual se sumaron las dificultades de filmar exteriores en la Sierra Nevada californiana en lugar de sus películas anteriores, que fueron rodadas básicamente dentro de un estudio con fondos y escenarios de utilería.

En esta película, el polifacético cineasta, uno de los pocos artistas totales de la historia del cine, narra la peripecia de un hombre desesperado que se deja seducir por la codicia y se expone al hambre, el frío y la soledad, en busca de aquella quimera por la cual murieron y sufrieron miles y miles de personas durante el siglo diecinueve y parte del veinte.

Escenas que constituyen desde hace un siglo algunos de los momentos más clásicos en la pantalla grande como el baile de los panecillos,  el almuerzo del zapato, la locura del compañero hambriento que imagina a Charlot como una gallina, se combinan con momentos de intenso dramatismo y poesía, al tiempo de dejar una profunda reflexión sobre temas como la codicia, la esperanza o la miseria.

Todo esto hace que “La quimera del oro” sea un clásico atemporal, sin duda uno de los cien filmes fundamentales del siglo veinte, manteniéndose vigente un siglo después, y habiendo trascendido el estilo narrativo y la estética del cine mudo.  

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