El legado de Zelmar por Gastón Castillo

Esta semana se conmemoran cincuenta años del secuestro y asesinato de Zelmar Michelini, una fecha trágica que coincide con el 102.° aniversario de su natalicio.

Ante la importancia de esta fecha, se vuelve imperioso revisitar su estatura política. Su praxis y su andamiaje teórico cobran una vigencia fulgurante en la contemporaneidad, proyectando una luz indispensable sobre el patrimonio democrático del Uruguay.

Hablar de Zelmar no es un mero ejercicio de nostalgia o una apología del pasado, es fundamentalmente, un vector hacia el porvenir. Aquellas piezas guardadas en la hemeroteca parlamentaria relativas a su oratoria, donde se blindaba conceptualmente la soberanía no deben ser leídas como ecos distantes de una época extinta. Por el contrario, son interpelaciones directas a un presente que nos atraviesa y nos desafía. Frente al rebrote de pulsiones reaccionarias que pretenden instalarse nuevamente en nuestra Latinoamérica, su impronta nos convoca a combatir la pasividad. La mejor forma de honrar su memoria es alzar la voz para reivindicar que la autodeterminación de los pueblos y la integración regional constituyen las únicas vías de emancipación y progreso real para nuestras sociedades.

Evocar su peripecia vital implica también asumir una defensa irrestricta de los derechos humanos en cualquier latitud del planeta, independientemente del signo ideológico de quien gobierne. Si algo nos enseñó un estadista de su relieve, es que antes de cualquier dogmatismo o rigidez partidaria se erigen el humanismo y la salvaguarda de los valores colectivos.

A medio siglo de su martirio, la impunidad y el agravio ensayan todavía ciertas metamorfosis a través de discursos de odio que han ganado terreno en las últimas décadas. Sin embargo, las nuevas generaciones han sabido custodiar esa llama viva. Cada 20 de mayo, la sociedad civil movilizada resignifica su recuerdo en una demanda innegociable por Memoria, Verdad, Justicia y Nunca Más Terrorismo de Estado.

Resulta inevitable analizar qué rol desempeñaría Zelmar si la dictadura y sus ejecutores no hubiesen segado su vida de forma tan cobarde. No tengo dudas de que habría sido un factor de cohesión determinante en la arquitectura de unidad del Frente Amplio y en la consecución del gobierno nacional. Tengo la certeza de que hubiese respaldado con entusiasmo las grandes transformaciones estructurales impulsadas por las administraciones de Tabaré Vázquez y Pepe Mujica, reformas verdaderamente revolucionarias para nuestra matriz social. No obstante, basta con analizar detenidamente el rigor de sus escritos para dilucidar, con igual claridad, qué cosas no haría Zelmar hoy.

Su labor no se dejaría arrastrar por el compás efímero y estridente de las redes sociales; mantendría, en cambio, esa mirada territorial e integradora que jamás perdió. Tampoco subordinaría el proyecto colectivo a la mezquindad de las ambiciones personales (basta recordar cómo hipotecó su propio capital político en función del bienestar general). Mucho menos incurriría en la descalificación gratuita hacia quienes disienten de su postura, su pensamiento nos demostró que la diversidad de ideas se expone mediante el rigor intelectual y el respeto absoluto hacia el adversario.

Evocarlo es también hablar de lealtad a las convicciones encarnadas en su fuerza política, aquella que contribuyó a fundar junto a una gran masa de hombres y mujeres excepcionales. Ese Frente Amplio fundacional resistió los embates más cruentos del autoritarismo, sufriendo la proscripción de su accionar pero manteniendo intacta la producción de ideas visionarias. En un contexto donde pensar era un delito y manifestarse contra el régimen acarreaba consecuencias trágicas, la resistencia intelectual no se detuvo.

Sin lugar a dudas, de estar hoy entre nosotros, Zelmar ocuparía la primera línea de defensa del gobierno con la coherencia y fidelidad que signaron su trayectoria.

Sostendría el diálogo como la única herramienta válida para el desarrollo nacional y consagraría su notable capacidad organizativa a blindar políticas públicas de vanguardia, tales como las inversiones estratégicas en la primera infancia, la profundización en el acceso a la tierra y la consolidación soberana de nuestra matriz energética.

Su visión de Estado, adelantada por décadas al tiempo que le tocó habitar, desborda los límites cronológicos. Cada Mayo su presencia se torna corpórea, y este aniversario no será la excepción. Hablar de Zelmar es remitirse a la mejor tradición cívica del Uruguay, un reconocimiento que comparten hoy actores de todas las colectividades del país. Su figura no es patrimonio exclusivo de nosotros, los frenteamplistas, es un legado nacional que debemos socializar para que toda la ciudadanía se reconozca en su templanza. Su mirada (profundamente política, agudamente periodística y esencialmente humana) jamás desatendió el deber sagrado con su pueblo.

En cada homenaje a Zelmar late la identidad de una Patria que se negó a arrodillarse ante la tiranía. Es el reflejo de una sociedad que, a fuerza de dolores indecibles, conoció el exilio, la tortura y la desaparición forzada, el espejo de miles de familias que aún exigen respuestas. Esas interrogantes abiertas nos obligan a reivindicar a quienes, como él, entregaron la vida en la búsqueda inclaudicable de la libertad.

El Uruguay y Zelmar, al final de la historia, siempre vencerán.

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