En mi columna anterior abordé el problema del avance de la autocracia en el mundo, y mencioné algunas de las prácticas usadas por los autócratas para destruir la democracia desde dentro. También señalé que en nuestro país se están encendiendo algunas luces amarillas.
En Occidente, el camino de los autócratas (hombres y partidos) hacia el poder ya no consiste en dar golpes de estado o asaltos guerrilleros. Los autócratas de derecha no derriban presidentes elegidos democráticamente, como lo hicieron los dictadores de los años 70. Tanto Bukele como Trump llegaron al poder mediante elecciones libres.
Tampoco los autócratas de izquierda asaltan el poder con métodos guerrilleros, como lo hizo Fidel Casto o como intentaron hacerlo los tupamaros. Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa accedieron al poder mediante elecciones libres. Chávez convirtió la democracia venezolana en la actual dictadura liderada por Maduro. Morales y Correa lo intentaron, pero fracasaron. Los Kirchner, que deterioraron la calidad democrática en Argentina, también fueron elegidos y reelegidos en elecciones libres.
La destrucción de la democracia, con la finalidad de hacerse de mayor poder, es un proceso lento, en el que todos los autócratas siguen más o menos el mismo libreto. Ese libreto indica que se debe comenzar por desacreditar y deslegitimar a los rivales. Sin rivales legítimos y creíbles, los autócratas pueden desplegar sus arbitrariedades, colonizar las instituciones y modificar las reglas de juego para incrementar su poder y perpetuarse en él.
La democracia liberal se basa en el concepto de que los competidores son adversarios legítimos (legal y moralmente) con quienes se dialoga y se negocia. Aún cuando las diferencias son muy grandes, los partidos democráticos aceptan a sus adversarios como interlocutores válidos. Los autócratas no comparten este concepto. Para ellos, el competidor es un enemigo que no tiene legitimidad moral, sobre el que hay que imponerse a como dé lugar. El fin justifica los medios, razón por la cual no existen barreras morales al enfrentarlos.
El ataque a los rivales, con la finalidad de desacreditarlos y deslegitimarlos ante los ciudadanos, se hace de distintas formas. Las acusaciones falsas, la difusión masiva de mentiras sobre ellos y la filtración de información privada que los puede perjudicar, son parte de operaciones planificadas que tienen ese objetivo. Trump y Putin son especialistas en esto. En toda democracia existen casos de acusaciones falsas, mentiras y difamaciones, pero para los autócratas estas prácticas son parte de su caja de herramientas.
Durante el gobierno anterior vimos en Uruguay verdaderas operaciones de filtración de información destinadas a perjudicar a integrantes de los partidos fundacionales. El contenido del celular de un ex custodio presidencial fue utilizado a cuentagotas para generar noticias que afectaban al gobierno y a dirigentes de los partidos que lo integraban. No es casualidad que esos contenidos fueran filtrados desde la fiscalía hacia un comunicador (?), que anteriormente se había desempeñado como asesor de prensa de la Fiscalía de Corte, cuando su titular era alguien que actualmente ocupa un alto cargo en el gobierno frentista. Todo un operativo digno de personajes como Trump, Putin o Erdogan.
En forma complementaria, los autócratas utilizan discursos maniqueos, que colocan a sus rivales como enemigos de la patria y del pueblo, en contraposición a ellos mismos, que se presentan como patriotas y defensores del pueblo. En este mundo global pero segmentado, los autócratas de derecha acusan a sus rivales de favorecer a los inmigrantes que roban el trabajo de los nacionales. En paralelo, los autócratas de izquierda acusan a los suyos de actuar en contra de los trabajadores, las mujeres, los afrodescendientes o la comunidad LGTB. Los autócratas saben que una vez deslegitimados, sus rivales serán más fáciles de derrotar en las urnas, y además quedarán vulnerables a sus arbitrariedades, a medida que adquieran mayor poder.
La izquierda en Uruguay no ha llegado a este punto (el de las arbitrariedades), pero lleva décadas contaminando a los ciudadanos con un discurso que pone a los partidos fundacionales del lado de los ricos, y contra los trabajadores y los pobres. La acusación al gobierno anterior de haber generado “muertes evitables” en la pandemia, de perseguir a organizaciones que mal gestionaban ollas populares, de entregar el puerto a un privado o de querer destruir ANCAP, fueron nuevos contenidos del mismo argumento polarizador.
La hegemonía de la izquierda en el mundo académico, el sindical, el de las ONG y el de la cultura le ha servido para que ese relato maniqueo y falso penetre en amplios sectores de la población. Los buenos son de izquierda; los malos de derecha. Parte del electorado fiel al FA compró ese verso y siente desprecio por los partidos fundacionales.
El alineamiento internacional con las dictaduras de Cuba y Venezuela, negándose sistemáticamente a señalarlas como tales, plantea la duda acerca de cuáles son los límites hasta los que llegará el FA en su forma no democrática de relacionarse con sus rivales. La ideología o el comportamiento anterior de los sectores que lo controlan (comunistas y ex tupamaros) no disipan esa duda. Tampoco la disipan las formas nada democráticas como operan algunos sindicatos dominados por ellos, habituados a practicar el patoterismo y el escrache contra quienes no se alinean con la dirección del sindicato. Organizar caceroleadas contra un gobierno democrático tampoco ayuda.
En este Uruguay, en el que se ha instalado el falso relato de que todos nuestros dirigentes comulgan con los ideales democráticos, el contenido de esta columna será seguramente calificado como fascista, mal intencionado, asusta tontos o, en el mejor de los casos, exagerado. Pero las cosas son lo que son. Los autócratas criollos existen. Y aunque Ud. no crea en brujas, le aseguro que las hay.



