El mito del héroe por Héctor Inzaurralde

¿Siguen vivos los héroes en tiempos de algoritmos?

En tiempos de inteligencia artificial, redes sociales y big data, puede parecer que el mito y sus héroes han quedado relegados a los márgenes de la cultura. Sin embargo, los mitos siguen actuando como formas simbólicas que dan sentido, emocionan, convocan. Lo decía Roland Barthes en *Mitologías* (1957): “El mito constituye un sistema de comunicación, un habla escogida por la historia”.

Desde el griego *mythos*, el mito es una narración que da cuenta de lo inexplicable. No se trata de una mentira o superstición, sino de una forma arcaica —y aún vigente— de configurar el mundo. Lo que cambia es el envoltorio: ya no hablamos con dioses, pero seguimos creyendo en superhéroes, ídolos populares, líderes fundacionales. El mito permanece donde hay necesidad de sentido.

El filósofo Ferrater Mora definía el mito como “un relato de algo fabuloso que se supone aconteció en un pasado remoto y casi siempre impreciso”. Esa vaguedad es su fuerza: no necesita pruebas. Lo importante es su potencia simbólica, su capacidad de organizar la experiencia humana.

El héroe como figura de proyección

Platón, en varios diálogos, utilizó mitos para expresar verdades que no podían captarse con la razón. En *Fedón*, por ejemplo, usa el mito del alma para hablar de la inmortalidad. Hoy, seguimos usando héroes para proyectar aspiraciones y miedos. Necesitamos vernos reflejados en alguien que se atreva, que resista, que se eleve sobre lo común.

Uno de los filósofos que más énfasis puso en la figura heroica fue Nietzsche. En *Así habló Zaratustra* (1883), propuso la idea del Übermensch, el superhombre: aquel que crea valores nuevos, que no se somete a la moral establecida. El héroe nietzscheano no obedece, crea. Es un rebelde que afirma la vida, incluso en el dolor.

Por su parte, Thomas Carlyle, en *Los héroes* (1841), defendió que “la historia del mundo no es sino la biografía de los grandes hombres”. Para él, el héroe era aquel que tenía una conexión íntima con la verdad y era capaz de mover pueblos. Esta visión inspiró muchos nacionalismos modernos, y también muchas idealizaciones problemáticas.

Los héroes de carne y hueso

Pero también hay otras formas de heroísmo. Albert Camus, en *El mito de Sísifo* (1942), propuso una figura heroica distinta: la del hombre que, aún sabiendo que la vida no tiene sentido último, resiste. “Hay que imaginarse a Sísifo feliz”, concluye Camus. El héroe, entonces, no es el que triunfa, sino el que no se rinde.

En Hegel encontramos otra visión: el héroe como encarnación de la razón histórica. En sus *Lecciones sobre la filosofía de la historia universal* (1837), el héroe es aquel individuo que, sin saberlo, cumple una función histórica universal. Pero muchas veces, el héroe hegeliano es incomprendido en su tiempo. No busca aprobación: actúa desde una necesidad superior.

También María Zambrano, en *Filosofía y poesía* (1939), veía al héroe como aquel que atraviesa la noche oscura del alma y regresa con sabiduría. Para ella, el héroe no es solo fuerza o acción: es también sufrimiento, introspección, lucidez. En tiempos de crisis —como los nuestros—, el héroe vuelve a cobrar sentido, no como figura gloriosa, sino como guía simbólica.

¿Y Artigas?

En Uruguay, tenemos un ejemplo potente: José Artigas. Durante su vida fue admirado y traicionado. Pero su canonización como héroe nacional vino después, a fines del siglo XIX, cuando el Estado necesitaba construir una identidad. Allí nació el Artigas “Padre de la Patria”, figura mítica, fija, útil para el relato político.

Como decía Umberto Eco en *Apocalípticos e integrados* (1964), los mitos pueden surgir de forma espontánea o ser fabricados desde el poder. Artigas tiene ambas dimensiones: el Artigas del pueblo, caudillo de los humildes, y el Artigas institucionalizado, domesticado por los discursos oficiales.

Pero en un mundo atravesado por la política del espectáculo, la coherencia de Artigas aún interpela. Su renuncia al poder, su retiro al Paraguay, su respeto por los pueblos, su ideal federalista, no son solo hechos del pasado. Son señales de otro modo de entender la política: ética, austera, silenciosa. ¿A qué nos convoca hoy el Artigas, héroe nacional?

El mito no ha muerto: se transforma

Los mitos no desaparecen. Cambian de piel. Donde haya deseo, frustración, lucha o esperanza, habrá necesidad de relato. Porque el héroe, incluso en su caída, nos recuerda que la vida solo cobra sentido cuando alguien se atreve a atravesarla con coraje, con ideales y con la voluntad de dejar huellas que otros puedan seguir. Sin héroes, la existencia se vuelve pura repetición; con ellos, se vuelve posibilidad. Ante una vida que puede parecer corta, los héroes nos invitan a hacerla ancha, profunda y con sentido.

Agregar un comentario

Deja una respuesta