El mundo segun Mambrú

¿Se acuerdan de aquella viejísima canción que dice “Mambrú se fue a la guerra, montado en una perra…”?

Tiene más de 300 años. Y el “Mambrú” del que habla era el duque de Marlborough, tatarabuelo o algo así de Winston Churchill, el ex primer ministro inglés que también se fue a la guerra.

No sé por qué, hoy me desperté tarareándola. O quizá lo sé. En todo caso tuvo sentido apenas miré las noticias.

 Donald Trump anuncia que invadirá a Venezuela por tierra para “liquidar a los malos” (Donald es así, habla como si todos en el mundo tuviésemos cinco años de edad). Los “malos”, según Donald, son los narcotraficantes. ¿O acaso pensaron que la cosa era contra Maduro y que tenía algo que ver con el petróleo?

Pero el asunto no termina allí. Putin anuncia que está preparado para una guerra contra Europa si Europa la quiere. Y un general español, Francisco Braco, “Jefe del Estado Mayor del Aire y del Espacio”, declara que “el espacio está lleno de armas, como satélites kamikazes” y anuncia un desparramo de satélites, aviones y bases de lanzamiento por toda España y otras zonas de Europa, para “fortalecer el flanco Este de la OTAN”.

Y eso sin contar las más de 50 guerras activas que tienen lugar sobre todo en Africa y Asia. Porque así es el mundo. Hay guerras estelares, como las de Ucrania y Medio Oriente, y otras de segunda, en las que igualmente mueren cientos de miles de personas sin que a la prensa y al público occidentales se les mueva un pelo. Lo demuestra bien Gaza, que perdió estelaridad mediática en cuanto Donald y Tony Blair (hombre de confianza del Foro Económico Mundial y del J P Morgan Chase) lograron poner el pie allí para cortar el bacalao, además de el gas y el petróleo.

¿Qué es lo que realmente está pasando? ¿Es que el mundo se ha vuelto loco?

Bueno, no exactamente. Las guerras en sí mismas son un excelente negocio. Miles de millones de dólares, euros, rublos, yenes, rupias o maravedíes pasan de los contribuyentes a los Estados, como impuestos, y de allí a la industria armamentista, controlada por los fondos de inversión de Vanguard Group, Blackrock, Fidelity, State Street, etc. (abreviémoslo en VBFSE), los nombres “fantasía” del capital financiero global, que usualmente financia, directa o indirectamente, a los dos bandos en guerra.

Así que, locura, muy poca. Lo que hay es un gigantesco traspaso de recursos públicos a manos privadas, basado en la viveza de pocos, la ignorancia de muchos, la muerte de otros, y la corrupción de los sistemas políticos que declaran las guerras.

Pero hay mucho más. Las guerras terminan con una renegociación de los recursos valiosos de los países derrotados y con millonarios contratos de reconstrucción de lo destruido. Y adivinen quién recibe los contratos de explotación y reconstrucción. Sí, empresas en las que siempre están metidos los fondos de inversión de VBFSE. El caso de Ucrania es modélico. Blackrock ya tiene prometida la compra de recursos e infraestructura y contratos de reconstrucción para cuando termine la guerra. 

Pero hay un factor que vuelve espectacular lo que está pasando. Es el factor Donald Trump.

¿Recuerdan que en su primer gobierno no promovió ni una guerra,  que prometió hacer “a América grande otra vez” dejando de lado las aventuras militares globalistas y destinando cada dólar a levantar la economía interna?

¿Lo recuerdan? Bueno, olvídenlo.

Trump no es un estadista, tampoco es un militarista. Es un hombre de negocios yanqui hasta la médula. Una mezcla de empresario y capitán del equipo de baseball, rubio, ruidoso, astuto, rodeado de porristas, sin escrúpulos ni pelos en la lengua. Un yanqui de la vieja escuela, al estilo John Wayne (Clint Eastwood siempre fue un “duro” más sensible y discreto).

Da la impresión de que en su primer gobierno creyó que podría actuar como el cowboy heroico, que llega al pueblo y lo limpia de matones, hacendados prepotentes y cantineros alcahuetes. Al parecer subestimó a los sigilosos y discretos banqueros que controlan la economía mundial. Pero no olviden que Trump, además de bochinchero y jactancioso, es astuto. Como si lo hubiese entrenado Pepe Mujica, sabe poner “marcha atrás” cuando es necesario.

Todo indica que en su segundo gobierno asumió que debía pactar con los banqueros sigilosos, sobre todo porque un chinito comerciante (en los westerns, los chinos, si no trabajan en el ferrocarril, son tenderos) le está comiendo la cancha.

Trump se comporta como “el empleado del mes”,  empeñado en demostrar que puede ser  igual o más útil que la China de Xi Jimping para generar negocios a los banqueros y a los fondos VBFSE. Y, como su ventaja comparativa son las armas, es lo que utiliza. Ya les confirmó el control de la Reserva Federal y del Departamento del Tesoro, y los convidó con negocios en Gaza y en Argentina. Ahora se lo ve dispuesto a ofrecerles el petróleo de Venezuela, si logra sacar de ahí a Maduro y a sus socios chinos (no olviden que PDVESA está asociada con la empresa petrolera estatal china).

De modo que no es que el mundo se haya vuelto loco. Es que, parafraseando a Clausewitz,  la guerra es la continuación de la economía por otros medios.

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