¿Cuál es el sentimiento humano más fuerte?
Los románticos, los ingenuos, las almas buenas, y otras no tan buenas pero políticamente correctas, responderán sin dudarlo que es el amor. Pero se equivocan. El sentimiento más fuerte y duradero es el odio.
¿Necesitan pruebas?
Es simple. Con demasiada frecuencia el amor se degrada y se convierta en odio. Lo vemos a cada rato –mucho más de lo que querríamos- en las parejas, en las familias, entre quienes fueron amigos. En cambio, es absolutamente infrecuente que el odio se convierta en amor. Podrá haber treguas, o convivencias diplomáticas, pero donde se llegó al odio es prácticamente imposible que aparezca o reaparezca el amor sincero.
Un sentimiento tan fuerte y tan explosivo tiene un destino cantado: el de combustible. Como el petróleo, el gas, el uranio, el carbón o el hidrógeno, el odio contiene energías desmedidas y es capaz de movilizar fuerzas incontrolables.
Fue desde siempre el combustible primordial de las guerras. Y en buena medida lo es también de ese sucedáneo descafeinado de las guerras que llamamos “política”.
Carl Schmitt lo vio con claridad al decir que lo característico de la política es la dicotomía “amigo-enemigo”. Es decir un “nosotros” (amigos, buenos, queribles) y un “ellos” (enemigos, malos, odiables) conflictivo y potencialmente violento que es el verdadero motor de la política, en tanto expresa el deseo más o menos sublimado (en la guerra es mucho más básico y explícito) de eliminar a “ellos” para afirmar el “nosotros”.
Asumamos que ese fenómeno es natural en la especie humana. Que los conflictos económicos, culturales, raciales o religiosos tienden a partir a las sociedades en dos bandos que se detestan, “ellos” y “nosotros”, y que sobre ese eje emocional –que en general encubre intereses mucho menos emocionales- giran las luchas que determinan las decisiones sociales.
Ahora, ¿qué ocurre cuando ese fenómeno natural es exacerbado y multiplicado? Cuando se incita simultáneamente al odio a muchos bandos. Izquierda contra derecha, mujeres contra hombres, “chetos” contra “pichis”, homosexuales contra heterosexuales, ateos contra creyentes, el campo contra la ciudad, progresistas contra liberales y conservadores, negros contra blancos, universitarios contra no universitarios, vegetarianos contra carnívoros, animalistas contra amigos de las domas, trabajadores contra desocupados, trabajadores privados contra públicos, viejos contra jóvenes, Peñarol contra Nacional…
Me van a perdonar que caiga en una metáfora un poco grotesca.
La licuadora es un aparato en el que unas cuchillas en forma de hélice, girando en cierta dirección, sacuden, demuelen y mezclan distintas sustancias hasta convertirlas en un líquido homogéneo más o menos espeso. Pero, ¿qué pasaría si a la licuadora se le pusiesen varias de esas hélices que giraran a mucha velocidad en direcciones distintas?
De seguro, un desparramo de materia a medio licuar y quizá el colapso del aparato.
A veces, viendo el debate público uruguayo, me viene a la mente esa licuadora loca.
¿Cómo definimos nuestras opiniones, nuestras posturas políticas, nuestro voto? ¿Cuántas veces pensamos, opinamos o votamos a favor de algo, y cuántas veces lo hacemos sólo contra algo que detestamos?
La palabra “odio” es un poco fuerte. Pero, en sentido estricto, define cada vez más al combustible de los raquíticos debates públicos. Porque el victimismo, la lógica de “ellos” (malos, victimarios) y “nosotros” (buenos, víctimas) en que se sustentan la mayoría de las causas, lleva indisolublemente aparejado el odio hacia los supuestos victimarios.
La proliferación de categorías sociales rencorosamente enfrentadas no es del todo casual. Muchas de esas “causas” son promovidas y financiadas desde entidades políticas y económicas, nacionales o internacionales, publicas o privadas. Y son dirigidas por profesionales del activismo, en el más estricto sentido del término “profesionales”, gente que durante décadas vive de los ingresos que recibe por su activismo y por movilizar a otros adherentes que no perciben ningún ingreso.
Si tienen dudas, vean a nuestras bien rentadas cúpulas políticas, o el escándalo surgido hace pocos días en Europa, al saberse que la Comisión Europea financia a las ONGs ambientalistas con millones de euros para presionar a los eurolegisladores a favor de las políticas de cambio climático.
¿Cuál es el resultado de esa proliferación de rencores bien financiados?
Ante todo, la división (“fragmentación”, la llama mi amigo Fernando Barboza) de la sociedad en micro bandos enfrentados. O, en el mejor de los casos, separados por causas inconmensurables entre sí. Tal que uno se conmueve por los perros abandonados, otro por el triunfo de los “zurdos” o de los “fachos”, otro por los crímenes en Gaza, otro por la violencia de género, y el de más allá por el cambio climático y los plásticos de un solo uso. Como consecuencia, es casi imposible procesar debates y tomar decisiones más o menos coherentes.
No hay en el Uruguay dos proyectos de país. Es más, ni siquiera hay uno. Vamos a la deriva, hacia donde soplen las recomendaciones de los organismos internacionales, las inversiones extranjeras, los planes geopolíticos de las grandes potencias, las estrategias de los fondos de inversión, la agenda ideológica global de moda, la información diseñada por los medios, las redes sociales o la IA, y la financiación de los cientos de ONGs.
Eso sí: todos convencidos de la superioridad moral de nuestras respectivas y pequeñas causas, decididos a odiar a nuestros propios villanos, y a despreciar o ignorar a quienes no compartan nuestra causa y nuestra rabia. Una verdadera Babel.
El hábito de pensar y creer contra algo, más que a favor de algo, es un combustible extraño. Quizá el único capaz de mantenernos agitados pero inmóviles en un mismo sitio.







