Se ha vuelto muy común sostener que el actual gobierno es un triunvirato. Se dice que, en los hechos, la presidencia está en manos de tres personas: el presidente, su secretario, y el prosecretario. También es común que esa apreciación está vinculada a una crítica, en ocasiones, teñida por la burla, señalando que Orsi no gobierna, sino que lo hace ese trio.
Para evitar no caer en los simplismos ni repetir las ironías que aparecen en las redes, es necesario intentar un análisis más riguroso. Tal vez no sea reprobable que un colectivo encabece el Ejecutivo, ya que una persona no puede saber todo sobre todos los temas. Al mismo tiempo, los que se escandalizan, antes que ofrecer una crítica certera, al reclamar un caudillo que mande dejan en evidencia su gusto por un autoritarismo benévolo.
En Roma como en Montevideo
No está demás un breve repaso histórico. La noción de triunvirato remite a la antigua Roma, cuando una crisis en la República llevó a instalar un gobierno tripartito con la participación de Julio César, Pompeyo Magno y Marco Licinius Crassus. Conocido como el Primer Triunvirato, se buscaba superar el enfrentamiento entre esos tres individuos, permitiéndoles compartir el poder (dos de ellos militares y el otro, el romano más rico). Aquel primer ensayo careció de institucionalidad, a diferencia del segundo, integrado por Octavio, Marco Antonio y Marco Emilio Lépido, que recibió poderes extraordinarios. No se encontrarán analogías con la actualidad, ya que nuestro país no está en crisis, y tampoco hay enfrentamientos públicos por el poder.
Con el paso del tiempo esa palabra se volvió más común. Por ejemplo, a inicios del siglo XIX, en Estados Unidos el Triunvirato de Virginia incluyó a Thomas Jefferson, James Madison y James Monroe, quienes se sucedieron en la presidencia de ese país. A inicios del siglo XX, el término ruso equivalente, “troika”, se popularizó a partir del triunvirato que compartió el poder por la incapacidad de Lenin, conformado por Stalin junto a Lev Kamenev y Grigory Zinoviev. Como puede verse, en unos casos el triunvirato permitía una división armoniosa del poder, pero en otros, servía para contener disputas entre actores enfrentados o competitivos.
En cambio, otros ensayos apelaron a una presidencia colectiva imaginando un gobierno más virtuoso. Es destacable que Uruguay lo intentara en el siglo pasado, con dos tipos de colegiados. El primero, el Consejo Nacional de Administración, de 1919 a 1933, acompañaba al presidente, y gestionaba directamente distintas áreas que hoy en día corresponderían a ministerios. El segundo, el Consejo Nacional de Gobierno, de 1952 a 1967, era un ejecutivo totalmente colegiado, que manejaba varias carteras, y que tenía la peculiaridad de contar con representación del partido de la oposición.
El sistema político uruguayo consideró que esa estructura no era adecuada, y regresó a un presidencialismo clásico. Pero si se tienen en cuenta esa historia, los integrantes del actual Partido Colorado no deberían cuestionar a un supuesto triunvirato, ya que el colegiado fue la gran apuesta de José Batlle y Ordoñez.
Soñando con un caudillo
Consideremos por un momento que existiera algún tiempo de acuerdo informal en repartirse la dirección del gobierno entre tres personas. ¿Qué tendría eso de malo o censurable? Quien ocupa la presidencia ciertamente no puede tener competencias en todo el enorme espectro de actividades gubernamentales. Por lo tanto, podría ser positivo si contara con allegados cercanos, de confianza, enfocados en pensar y diseñar las orientaciones de las políticas, que proveyera las guías para las acciones ministeriales, y que generara una agenda legislativa.
Estos potenciales aspectos positivos no aparecen en los cuestionamientos de la oposición política, que machacan en decir que Orsi no decide, sino que es parte de una troika. Las críticas o ironías de ese tipo que enarbolan políticos de la oposición, dejan en evidencia que ambicionan un gobierno más individualista, un presidente “que se impone”, que “manda”, o un conductor. Es la nostalgia por un caudillo, con su cuota de autoritarismo. Un deseo que, reconozcámoslo, también anida en unos cuantos en el Frente Amplio.
El desconcierto
Un análisis más serio debería sopesar si el presidente, en solitario o en un colectivo (incluyendo a Sánchez, Díaz o quien sea), con o sin triunvirato, funciona bien o mal. La oposición política, así como distintos actores ciudadanos, en lugar de entretenerse con teorías sobre mandamases en las sombras, deberían analizar si el Ejecutivo opera apropiadamente
Si eso se hace, se deben reconocer problemas en la gestión presidencial, y son esas dificultades las que alimentan las teorías o imaginaciones del triunvirato. Tanto Orsi como Sánchez realizan declaraciones desconcertantes. Por ejemplo, en una reciente ronda con la prensa, se decía que el gobierno realmente “iniciaba” en este 2026, o sea un año después de estar en los cargos. A esto se suma la falta de acciones o planes sustantivos en varios temas. No es que el Ejecutivo no funcione, sino que parece consumido por la microgestión administrativa. No hay propuestas novedosas consistentes, persisten las raíces de los problemas que conocemos (especialmente en educación, salud, seguridad, y ahora en agua potable), y se reiteran acciones también conocidas y casi siempre inefectivas.
Cuando se intenta escalar en la ambición, el resultado es contraproducente. El caso más reciente ocurrió con Sánchez, luego apoyado por Orsi, hablando de vender acciones de las empresas públicas para captar ahorros nacionales. No brindaron ninguna argumentación o estudio que fundamentara esa idea, ni se debe a un debate dentro de la izquierda o de la sociedad. Ese desempeño, exista o no exista el triunvirato, transmite improvisación. La oposición política, que a su modo improvisa aún más, se dedica a denunciar el triunvirato y reclamar un presidente mandón. Entretanto, nuestros problemas no se resuelven.






