El teatro rioplatense ha abordado con recurrencia el tema de la familia como núcleo de conflictos morales, económicos y afectivos. Desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad, las representaciones del hogar han servido como espejo de las transformaciones sociales. Solo por poner dos ejemplos paradigmáticos, en 1905 Florencio Sánchez escribió En familia, obra que muestra la decadencia de una familia burguesa en el momento en que el capitalismo dependiente empieza a consolidarse en el Río de la Plata. Alguien ha escrito que aquí la familia se convierte en un microcosmos del país: el padre pierde autoridad moral, los hijos encarnan la desilusión y la hipocresía, y la madre sostiene con silencio una estructura que se derrumba. Exactamente un siglo después, en 2005, Claudio Tolcachir estrenó La omisión de la familia Coleman, en donde nuevamente la disolución de los lazos familiares aparecen como un síntoma de una crisis social más amplia. Con la crisis del 2001 aún presente en la memoria vemos una familia Coleman que vive hacinada y que ya no oculta la miseria, sino que la habita.
No es arbitraria la conexión que hacemos de los dos espectáculos. Al salir de ver En familia en la versión de Mateo Altez hace un par de semanas sentimos que vimos a un Sánchez tamizado por la estética de Tolcachir. Y no tanto por ciertas continuidades, que las hay. Solo por mencionar un par de ejemplos ¿no podríamos ver en la lúcida locura del Marito de Tolcachir algo de la “neurastenia” del Eduardo de Sánchez? ¿No hay cierta continuidad entre la quiebra, económica y moral, de la figura paterna en 1905 y en la total ausencia de esa figura en 2005? Pero más allá de estas líneas de continuidad-ruptura, lo que sentimos fue la respiración de los personajes de Sánchez como nunca lo habíamos sentido antes, y buscando una referencia apareció la vitalidad de la decadencia de los Coleman.
Se ha señalado que la eficacia de la puesta de Tolcachir tenía que ver con un realismo deformado, grotesco, con personajes que hablan al mismo tiempo y silencios que pesan igual que las palabras, dejando al espectador sumergirse en un espacio domestico saturado. Y justamente la sensación de encierro es una de las claves de la versión de En familia de Altez, una sensación de encierro construida a partir de un espacio abigarrado, recargado, en el que la respiración de los personajes a veces esconde mucho más de lo que las palabras articulan.
Pilar Cartagena, actriz responsable de encarnar a Mercedes, cuenta que el proceso de trabajo para En familia tuvo tres etapas “En la primera, que fue el año pasado, se hacían “estadías” en las que el trabajo era sin texto. Él (Altez) nos esperaba con unas cartas que tenían que ver un poco con el personaje y su circunstancia y un poco con la vida de cada uno y de cada una. Y ahí fuimos creando y recreando esos momentos en los que en el teatro siempre decimos que está lo que no aparece, lo que no se dice, pero que está presente y es el fundamento de lo que después vamos a mostrar. Trabajamos mucho el hambre por ejemplo, por suerte ninguno de quienes participamos en esta obra pasó esa situación, pero sí pasamos momentos emparentados con esa situación. Todos de alguna manera estábamos tocados por algo que vivimos y eso nos fue como armando esa familia. Cuando entramos al texto la base ya estaba, ese estado de familia deteriorado me parece que se dio en ese trabajo de las estadías. Y fue un trabajo muy libre y muy gozoso, era tirarnos al agua e ir hasta el hueso como nos decía Mateo”.
Cartagena ya había trabajado con Altez en Tal vez mañana mi olvido tenga forma de familia, encarnando en aquel caso también a la madre de la familia protagonista. En el caso de En familia no hay zonas luminosas como en el anterior espectáculo, pero la vitalidad y la apuesta a que las convenciones teatrales no sean disimuladas por un “naturalismo” inverosímil también es parte de la propuesta. El equipo de diseño trabajó junto con el elenco desde las “estadías” iniciales, elaborando propuestas diferentes a las que el elenco se ida adaptando: “Trabajamos un tiempo entre plantas, entre las humedades, esa cosa roída del espacio, de la casa, de la familia. Creo que el resultado también está dado por el tiempo que le dedicamos a encontrar este producto”.
La contemporaneidad de la puesta, como sentimos desde el comienzo, tiene que ver con esa construcción del espacio y con las actuaciones, no con mínimas modificaciones en el texto. Pero la crisis familiar sí representa otro tipo de momento social, 120 años después del estreno de En familia. Porque como escribe Altez en el dossier de En familia, el interés no es hacer una versión museística: “Me interesa (la obra) como un juego vivo que expone el esqueleto de lo que más duele: la miseria moral que se disfraza de cariño. En escena no buscamos solo ternura, buscamos el aroma de una familia que se derrumba alegremente, esa mezcla de risa y asco que nos recuerda que todavía estamos hechos de carne, que todavía sangramos, que todavía fingimos”.
La contemporaneidad, decíamos, vive en las actuaciones. Solo para recordar un momento, cuando Damián (Damián Gini) le dice a su padre Jorge (Néstor Guzzini) que se ha vuelto un cínico se desarrolla un intercambio, silencios y golpe en la mesa incluido, que es de los mejores momentos teatrales del año. Un momento en que el descenso moral de Jorge se hacer carne en la actuación de Guzzini, pero también se vuelve palpable el fresco que su personaje brinda de la sociedad decadente en la que vive. Hay que ir a ver En familia, reserven con tiempo, porque las entradas se agotan.
En familia. Autor: Florencio Sánchez. Dirección: Mateo Altez. Elenco: Pilar Cartagena, Néstor Guzzini , Damián Gini, María Inés Cabaleiro, Eugenia Bideau, Martín Maristán, Manuel de Martín. Fotografías: Franco Altez.
Funciones: domingos a las 19:00 en Ensayo Abierto (Piedras 599)







