En Uruguay, cuando se nos da a elegir entre dos opciones en apariencia enfrentadas, la tendencia es a optar fanáticamente por una y a condenar a la otra, sin importar demasiado si están realmente enfrentadas, si una es mejor que la otra, e incluso si son verdaderamente diferentes.
Peñarol y Nacional, blancos y colorados, izquierda y derecha, campo y ciudad, ateos y creyentes, dicotomías que dividen a la población en bandos tenazmente enfrentados
Ocurre también con asuntos públicos, como el caso Cardama o el viaje de Orsi a China, e incluso con personalidades públicas que caen en desgracia, llámense Rafa Villanueva, Javier García o Cecilia Cairo. Apenas se plantea una de esas situaciones, la opinión pública toma partido y se divide en defensores y detractores del caso o de la persona, haciendo muy difíciles las conclusiones objetivas, porque la toma de partido está antes y por encima de los hechos.
Las políticas internacionales del gobierno de Donald Trump son un caso más que propicio para que la población del mundo –no sólo del Uruguay- tome partido en ese sentido.
Hacía muchos años que los EEUU no tenían un gobierno tan declarada y descaradamente intervencionista. La intervención en Gaza y Medio Oriente, el operativo político-militar en Venezuela, la injerencia electoral en Argentina y el conflicto con Dinamarca por Groenlandia casi no tienen precedentes. Y las pretensiones de control de los recursos del mundo parecen no tener límite.
Convengamos algo: hay infinidad de razones para rechazar al trumpismo. Empezando por su actitud matonesca y chantajista, que revive la clásica imagen imperialista del “Tío Sam”. Sin embargo, el trumpismo no nace de la nada ni en el vacío. Nace en un mundo modelado por otra estrategia de dominación, en apariencia más blanda, aunque en realidad más sutil y manipuladora.
Es el modelo “Davos”, del Foro Económico Mundial, de las burocracias de los organismos internacionales (ONU, OMS, FMI, Banco Mundial, BID), de las fundaciones filantrópicas del capital financiero, de las mega inversiones corporativas transnacionales, de los gobiernos corruptos y débiles (como la mayoría de los gobiernos europeos), de la “corrección política” y la decadencia educativa, el de la prensa comprada y servil, el que usa las crisis sanitarias y climáticas para infundir miedo y ganar dinero, el que atiza los odios y divide a las sociedades promoviendo conflictos raciales, religiosos y de género, el que somete a las organizaciones sociales con dinero y financia ONGs que le sirvan de base social, mientras se apodera de todo lo valioso mediante endeudamiento y contratos leoninos.
El mundo parece encontrarse hoy entre dos modelos de dominación. Uno es el del trumpismo, duro y cínico, de chantaje económico y amenaza militar. Y otro, el de Davos y las burocracias internacionales, más blando e hipócrita. Uno amenaza y castiga, el otro degrada y somete a las sociedades por dentro. Uno es brutal, el otro perverso.
Los dos modelos apuntan al control de los recursos estratégicos del mundo y tienen dependencia de los capitales financieros. Discrepan básicamente en un punto: el papel político que le corresponde a los EEUU en el futuro orden mundial. El modelo Davos parece afín al ascenso de China como potencia mundial, mientras que el trumpismo pretende que EEUU siga siendo el regente global que fue.
Lo preocupante es que esa aparente disyuntiva puede inducir a engaño a mucha gente. Siendo Trump como es, y teniendo los EEUU la fama imperialista que tienen, nada es más fácil que retomar la tradición sesentista e identificarlos como “la derecha conservadora e imperialista de siempre”. Y, dado que el “modelo Davos” usa una retórica políticamente correcta y se embandera con minorías raciales y sexuales, es facilísimo identificarla como la alternativa “progresista”.
Así las cosas, el engaño estará servido. Habrá en el mundo una izquierda y una derecha , y eso permitirá a mucha gente tomar partido contra “el fascista yanqui” y a mucha otra tomarlo contra “los zurdos globalistas”. Los gobiernos también se dividirán (ya lo están haciendo) y tendremos gobiernos tipo Milei o Bukele, y gobiernos tipo Lula u Orsi.
¿Qué es lo que no cambiará bajo esa parafernalia de apariencias ideológicas?
Lo que no cambiará es lo que ha venido pasando desde hace muchas décadas. El control de los recursos valiosos de los territorios seguirá siendo transferido a corporaciones que dependen de los mismos capitales financieros.
En algunos casos se hará por medio del aparato económico y militar de los EEUU, como en Venezuela, en Gaza y en Argentina. En otros se hará mediante contratos propiciados por los organismos internacionales, o mediante tratados con la Unión Europea, o directamente con China.
¿Estoy diciendo que no hay alternativa?
No exactamente. Digo que la alternativa, si existe, no es optar apasionadamente por una de las dos dependencias que se nos ofrecen. Como suele ocurrir, la solución no es elegir dentro de las opciones que vienen en la caja, sino pensar por fuera de la caja.
El desafío es resistirse a las opciones dadas y centrar el problema donde verdaderamente está.
En el mundo se lucha por el control de recursos vitales y potencialmente escasos, como el agua, la tierra, la energía y los minerales raros. Y de posiciones estratégicas, como puertos, mares y rutas comerciales.
Mientras el control de esos recursos se transfiera a las corporaciones que los reclaman, tanto dará si se lo hace con un discurso de derecha o de izquierda, pro Trump o pro Davos, vía EEUU o vía China, por medios brutales o perversos.
¿Es posible conservar cierta soberanía sobre los recursos que tenemos y usarlos para beneficio de la población del Uruguay?
Esa sola pregunta, pese a las incertidumbres y dificultades que conlleva, nos coloca por fuera del escenario engañoso que se está montando. Sobre nuestro eje, centrados en nuestras propias necesidades, en lugar de enfrentados por intereses ajenos.



