Entre la Casa Blanca y el Centenario por Ignacio Pintos

Hay algo incómodo en ver a Suárez reírse con Trump. No porque la escena no caiga pesada: es nuestro ídolo con un líder de políticas inhumanas. Sin embargo, la incomodidad nace en admitir que una de las cosas que más disfrutamos convive con contradicciones morales que preferimos ignorar. El fútbol es una de ellas.

Suárez es un ídolo del fútbol uruguayo por lo que nos hizo sentir. En una cancha de fútbol gestó su status. Pero cada tanto aparece la tentación de ampliar ese contrato; muchos no se quieren perder de golpear al ídolo para ganar aprobación.

Algunas de las críticas que circularon estos días parecen exigirle una especie de coherencia política que nunca le pedimos antes. Ni cuando jugaba en Europa, o festejábamos sus goles, o lo abrazábamos como símbolo nacional cada vez que jugaba por Uruguay.

Suárez fue a la Casa Blanca y funcional a un acto político de Trump. También mordió. También se desbocó al ventilar problemas de convivencia en la Selección, cegado de dolor, ego y resentimiento.

Pero Suárez nunca fue un faro ideológico o moral. Hay ídolos con compromiso social y político y otros que no lo tienen. En su historia pública no hay posturas doctrinarias sino humanidad cruda: errores, miserias, fue chivo expiatorio y también protagonizó una de las redenciones más raras del deporte moderno: pasar de ser tratado como escoria por la FIFA a volver a ser el mejor delantero del mundo, reconocido por esa FIFA.

No parecen poco las demostraciones de resistencia que ha dado Suárez. En un país donde el desgano hacia la vida muchas veces parece instalarse como clima, su historia también puede ser una demostración persistente de voluntad para volver, competir y seguir.

Hay una frase que aparece cada tanto cuando se discute a los ídolos: “No me importa qué hizo con su vida, me importa qué hizo con la mía”. No es una forma de justificarlo todo. Es, más bien, un reconocimiento de algo simple: la vida del ídolo le pertenece a él.  Lo que sí nos pertenece es el efecto que tuvo en la nuestra. Los goles que gritamos, los partidos que recordamos. Ahí es donde se construyen los ídolos del fútbol: no en la perfección moral, sino en la huella emocional que dejan.

Desprecio a lo popular y mezquindad del hincha termo

También aparecieron quienes eligen no pedirle nada a Suárez, pero lo anulan. Por ejemplo la periodista Ana Laura Pérez dijo que “es infantil pretender que un tipo que es millonario por patear una pelota, jamás leyó un libro entero y no dijo jamás dos ideas profundas en una entrevista, sea un faro moral y un luchador por las ideas”.

Una asociación lineal entre futbolista e incapacidad intelectual. Naturalmente no se necesita leer dos libros (o ser periodista) para transmitir mensajes profundos. Suárez lloró en público. Reconoció errores. Admitió que necesitaba ayuda psicológica. Fue sancionado por la FIFA de una manera humillante: durante meses no pudo ni siquiera ingresar a un estadio, como si fuera un cuerpo contaminado en un mundo que todavía no conocía la palabra pandemia.

Y se reconstruyó bajo la gendarmería de la ética. Volvió a ser el mejor delantero del mundo. Reconocido por el mismo sistema que antes lo había expulsado.

¿No hay acaso un mensaje profundo en esa resiliencia? Amén de la fortaleza mental que se necesita para ser uno de los mejores de tu especie, llegar a la elite, y mantenerte.

No es que a “los iluminados” les duela que Luis Suárez no condene a Donald Trump. En el fondo no se discute política: se discute legitimidad cultural. Molesta que un ídolo nacido del fútbol —territorio de lo popular— ocupe un lugar simbólico (y profundo) que ciertos sectores creen que no le corresponde.

Además, este episodio volvió a evidenciar la dinámica barrabrava como lógica tribal del fútbol. En un país donde el fútbol organiza identidades, los ídolos nunca son universales. Siempre hay una frontera invisible entre quienes los veneran y quienes esperan la oportunidad para discutirlos. Y cuando aparece un episodio polémico, esa oportunidad llega.

Entonces la indignación no nace del hecho en sí, sino del lugar desde donde se mira. Por eso no es extraño que quienes más escupen indignación para bajar a Suárez del pedestal de ídolo nacional, sean hinchas de Peñarol.

Hinchas de la moral, socios del circo

Pero incluso si dejamos de lado la lógica de trinchera y la indignación selectiva, queda la contradicción más grande todavía. Porque si el problema es Trump entonces la discusión no debería detenerse en la actitud de Suárez.

Trump normalizó el uso del sufrimiento humano como herramienta política: separó familias en la frontera como mecanismo de disuasión migratoria. Mandó bombardear zonas civiles. Está acusado de violación. Ahora bien: si ese es el marco moral desde el cual se juzga la presencia de Suárez con Trump, la pregunta inevitable es otra.

En menos de cien días se jugará un Mundial en el país gobernado por Trump. Y si el problema es su legitimidad política y moral: ¿deberían los jugadores plantarse y suspender el Mundial? Sería puro teatro moral.

El fútbol lleva décadas conviviendo con estas contradicciones. Mundiales organizados por dictaduras o países que violan derechos humanos, dirigentes corruptos. Sin embargo, cada cuatro años, millones de personas se olvidan de eso, suspenden la incredulidad para creer que un juego puede cambiarles la vida, y sueñan con ser campeones del mundo. Sí, el fútbol es popular porque a mucha gente le alegra la vida.

O nos ponemos de acuerdo en que fingimos demencia y gritamos goles en un sistema lleno de mugre, o dejamos de usar a Suárez como chivo expiatorio. No se puede jugar a las dos cosas.

PD: Qué felices seríamos viendo a Trump entregarle la Copa del Mundo a Valverde.

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