Tres palabras describen el clima político en las democracias occidentales contemporáneas: polarización, emotivismo, miedo. Se las repite con tanta frecuencia que han perdido fuerza explicativa. Funcionan como diagnóstico, pero casi nunca como pregunta. ¿Por qué estas patologías? ¿De dónde vienen? La respuesta habitual señala las redes sociales, los populismos, la irracionalidad de los votantes. Hay, sin embargo, una causa más profunda: el cambio productivo que se produjo en Occidente tras el proceso de desindustrialización que ha generado una nueva manera de entender la relaciones laborales y, que, por otra parte, ha transformado las bases materiales sobre las que se construyó la ciudadanía democrática moderna. Y lo que viene no promete alivio. Para entender lo que está en juego, propongo explorar algunas intuiciones de dos clásicos: Platón y Marx.
Dos figuras, un solo fenómeno
En el libro VIII de la República, Platón analiza la decadencia de los regímenes políticos. Uno de sus protagonistas es el “zángano”: el ciudadano que vive en la ciudad sin contribuir a su propio sustento. Algunos son ociosos; otros, agresivos y desestabilizadores. En la democracia, según Platón en su crítica furibunda a este régimen, estos personajes proliferan. Actúan movidos por pasiones inmediatas, sin idea del bien común, y encuentran con facilidad líderes capaces de aprovechar sus resentimientos. Son el caldo de cultivo en el que crece la demagogia.
Karl Marx, desde otro ángulo, pero atento al mismo fenómeno, introduce la categoría de lumpenproletariat: ese estrato desclasado y desorganizado que no es ni proletariado industrial ni burguesía, sino una masa difusa de individuos separados del trabajo estable. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx, narrando cómo la crisis de la Segunda República Francesa, terminó en un golpe de Estado de un bonapartismo restaurador, muestra que este lumpen no es agente de emancipación sino de reacción. Puede ser comprado, manipulado, movilizado por quien le ofrezca beneficios inmediatos, como hizo Luis Bonaparte para romper el régimen, porque carece de las formas de organización y conciencia que genera el trabajo formal.
Dos pensadores separados por veintitrés siglos; dos categorías distintas; y una invitación a pensar: ¿qué ocurre cuando franjas enteras de la población quedan desancladas del vínculo entre trabajo, pertenencia y futuro?
La fábrica como articulación social
Durante buena parte del siglo XX, en las sociedades democráticas occidentales, el trabajo industrial estable funcionó como eje de integración social y articulaba la ciudadanía en un triple plano: social, económico y político. La desindustrialización ha ido desarmando ese mundo. El trabajo se desplazó hacia servicios fragmentados, tareas temporales, economías de plataforma,y actividades informales. Para millones de personas, el futuro laboral ya no es una trayectoria reconocible, sino una sucesión de episodios precarios. Jóvenes que nunca acceden a un empleo formal. Adultos que alternan entre changas, ayudas estatales y la economía informal. Territorios donde la norma es la inestabilidad, y espacio para la proliferación del delito.
El acelerador tecnológico
Este proceso, que ya lleva décadas, está recibiendo un impulso sin precedentes. La emergencia de la inteligencia artificial generativa (IAG) no es un episodio más en la historia de la automatización. Las revoluciones tecnológicas anteriores,la máquina de vapor, la electricidad, la informática, desplazaron el trabajo manual o rutinario, pero crearon simultáneamente nuevas formas de empleo que absorbieron a los desplazados. La IAG amenaza con algo cualitativamente distinto: la sustitución de trabajo cognitivo y creativo.
La pregunta ya no es si habrá disrupciones masivas en el mercado de trabajo, sino a qué velocidad se producirán y si las instituciones tendrán capacidad de respuesta. Las instituciones democráticas, los sistemas educativos y las redes de protección social, al menos en el occidente democrático, fueron diseñados para una economía industrial o de servicios estables. Ninguno fue concebido para gestionar la obsolescencia acelerada de categorías enteras de trabajo cualificado.
El riesgo no es solo económico: también lo es político y antropológico. El trabajo no es meramente un medio de subsistencia; en las sociedades modernas, es una fuente central de identidad, reconocimiento y pertenencia. Cuando esa fuente se vuelve inestable para millones, la pregunta de Platón regresa con toda su crudeza: ¿qué hace con su tiempo, su energía y su resentimiento quien no tiene lugar en el orden productivo?
Emotivismo y lógica amigo-enemigo
La polarización que observamos no es solo ideológica; es, ante todo, afectiva. El miedo, la ira y la humillación ocupan el centro de la escena política cuando las expectativas de ascenso social se esfuman. Allí donde el trabajo regular escasea, proliferan circuitos en los que la pertenencia a una casa común se erosiona. Las lealtades políticas se compran con favores y subsidios. La democracia representativa cede terreno ante liderazgos carismáticos que interpelan directamente a las capas vulnerables, saltando por encima de las instituciones intermedias.
La consecuencia es doble. Se debilita la figura del ciudadano como sujeto capaz de participar en un proyecto común mediado por leyes e instituciones. Y se fortalece la lógica amigo-enemigo: en ausencia de horizontes compartidos, lo que queda es la defensa emotiva de identidades en pugna. Si la IAG acelera el proceso de transformación productiva también en el sector de servicios y en las profesiones liberales, este ciclo amenaza con alcanzar a sectores que hasta ahora se creían a salvo.
Una advertencia clásica para un problema urgente
Platón y Marx no son soluciones. Son espejos. Volver sobre sus categorías no implica nostalgia por la polis antigua ni por el modelo fabril fordista. Implica recuperar su advertencia central: ninguna comunidad política se sostiene cuando deja crecer en su seno grupos para los cuales el bien común ya no es fuente de sentido ni de reconocimiento.
La democracia liberal y el estado de bienestar que le dio fundamento construyeron su legitimidad en torno a la figura del ciudadano-trabajador. Esa figura ya estaba en crisis antes de la IAG. La transformación tecnológica en curso no crea el problema desde cero, pero lo lleva a una escala y a una velocidad que vuelven urgente lo que antes podía parecer gradual.
La pregunta política fundamental de las próximas décadas no será solo cómo distribuir la riqueza que la IAG genere. Será articular formas de pertenencia, reconocimiento y sentido para una sociedad en la que el trabajo, tal como lo hemos conocido, ya no puede cumplir esa función para todos. Si no encontramos respuesta, Platón habrá tenido razón: los zánganos preparan el camino del tirano. Y la inteligencia artificial habrá sido el mejor acelerador que el demagogo hubiera podido desear.







