¿Es justo quitarle al rico? por Nicolas Martínez

El debate sobre la justicia social suele expresarse en cifras, pero su raíz remite a la pregunta por lo que una sociedad considera legítimo en la distribución de bienes y oportunidades.

¿Qué significa que algo sea “justo” y no meramente “legal”? ¿Es la justicia una cuestión de equilibrio aritmético o un horizonte ético que desborda cualquier cálculo? ¿Debe el Estado garantizar igualdad de condiciones o limitarse a asegurar un marco de libertades en el que cada cual despliegue su propio destino? ¿Qué es más deseable: que todos tengan lo mismo o que todos tengan lo suficiente? ¿Qué sucede cuando la búsqueda de equidad entra en tensión con la defensa de la libertad individual? Será el cometido de esta entrega detenerme en estas tensiones, para mostrar que detrás de cada impuesto late una concepción implícita de lo humano, del bien común y de la dignidad.

El filósofo político John Rawls (1921-2002) pensó la justicia a través de un experimento mental conocido como el “velo de ignorancia”. Imaginemos que vamos a diseñar las reglas de una sociedad, pero sin saber si naceremos ricos o pobres, fuertes o débiles, con privilegios o sin ellos. En esa situación, ¿qué normas aceptaríamos? Seguramente, aquellas que aseguren que, incluso si nos toca la peor posición, nuestra vida sea digna. El punto central de Rawls además de proteger a los más desfavorecidos, es garantizar que las reglas de la sociedad surjan de un acuerdo racional, es decir, de un consenso que no dependa de los privilegios que cada uno tenga por azar del nacimiento. En este marco de pensamiento hipotético, un impuesto que afecte al 1% más rico podría considerarse justo si —y solo si— contribuye a mejorar la posición de quienes menos tienen. ¿Qué sentido tendría tolerar la riqueza extrema si no se traduce en mejores escuelas, hospitales, viviendas o derechos para los demás? No se trata de nivelar por abajo ni de imponer una homogeneidad forzada, sino de asegurar que la desigualdad, inevitable en cualquier sociedad, cumpla una función social y no se convierta en un muro infranqueable. La pregunta de fondo es ¿aceptaríamos nacer en la posición más baja de la escala social si supiéramos que incluso allí tendríamos garantizadas condiciones de vida dignas, fruto de una distribución justa? ¿O preferiríamos una sociedad en la que unos pocos concentran privilegios, confiando ciegamente en que nos tocará ser parte de esa élite?

El economista Amartya Sen (1933) amplía la discusión de la justicia más allá de los marcos tradicionales que la reducían a la riqueza material. Su propuesta desplaza el centro de atención hacia las “capacidades”, es decir, hacia aquello que permite a una persona vivir la

vida que valora y no simplemente sobrevivir dentro de un esquema económico. ¿De qué sirve tener un ingreso si este no se traduce en la posibilidad real de educarse, acceder a la salud, participar en la vida pública o ejercer la creatividad? En este sentido, la justicia no puede medirse solo en cifras monetarias, sino en el grado en que las personas pueden convertir esos recursos en oportunidades efectivas. Bajo esta mirada, un sistema que concentra recursos en pocos actores no es injusto únicamente por la desigualdad cuantitativa, sino porque erosiona la libertad sustantiva de la mayoría. La injusticia aparece cuando la riqueza acumulada por unos pocos se convierte en un límite concreto para que los demás desarrollen sus capacidades. ¿De qué sirve la abundancia de unos si esa abundancia clausura los horizontes de otros? ¿No es, en el fondo, una forma de secuestro de las posibilidades colectivas?

El filósofo Robert Nozick (1938-2002), en cambio, levanta un muro firme en defensa de la propiedad privada. Su filosofía política parte de la convicción de que cualquier redistribución obligatoria equivale a imponer a unos el deber de trabajar para otros. ¿No sería, entonces, una forma de esclavitud encubierta que el fruto del esfuerzo individual termine siendo apropiado por una autoridad para repartirlo según sus criterios? Según esta mirada, la justicia no depende del resultado final —de cómo estén distribuidos los bienes en la sociedad—, sino del proceso mediante el cual fueron adquiridos y transferidos. Su teoría de la justicia sostiene que si lo que poseo lo he obtenido de manera legítima, nadie tiene derecho a arrebatármelo. Bajo este marco, la única función aceptable del Estado es la de árbitro mínimo que garantice que las reglas del juego se cumplan, es decir, que la propiedad sea respetada y los contratos honrados. Todo intento de redistribución forzada sería, para Nozick, un atentado contra la libertad individual. Sin embargo, la dificultad surge cuando trasladamos este ideal a sociedades concretas. ¿Qué significa, en la práctica, “haber obtenido algo legítimamente” en un mundo atravesado por privilegios heredados, monopolios históricos, acaparamientos de tierras o exclusiones sistemáticas? ¿Cómo se distingue la legítima propiedad del fruto de cadenas de injusticia pasadas? La teoría de Nozick, que parece sólida en el plano abstracto, se enfrenta al dilema de que la realidad está marcada por desigualdades estructurales que difícilmente puedan calificarse de justas en su origen.

El contraste entre estas tres miradas abre un dilema que no se resuelve con fórmulas simples. Rawls defiende la justicia como imparcialidad, Sen la concibe como expansión de libertades reales, y Nozick como respeto irrestricto a la propiedad. Tres caminos que demuestran que la justicia no puede pensarse solo en términos de eficiencia económica, sino de legitimidad

moral. Quizá la verdadera pregunta no sea únicamente si es correcto quitarle al rico, sino qué entendemos por justicia en la distribución de los bienes comunes ¿Una equidad construida desde un pacto imaginado entre iguales, como en Rawls? ¿Una libertad medida en las oportunidades reales de cada persona, como en Sen? ¿O una defensa irrestricta de lo adquirido, como en Nozick? En esas tensiones se juega la política de nuestro tiempo. No tanto en el cuánto se quita o se deja, sino en qué idea de justicia estamos dispuestos a sostener como horizonte colectivo.

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