¿Y si el gran miedo de la humanidad, la muerte, dejara de ser inevitable? ¿Qué pasaría si, en unas décadas, la pregunta no fuera cuándo moriremos, sino si queremos morir? Hoy, esta posibilidad, que durante siglos pareció fantasía, se asoma como hipótesis entre laboratorios de biotecnología, empresas de criogenia y foros de transhumanistas que sueñan con descargar la mente a la nube. ¿Estamos preparados para elegir no morir? ¿Sabremos qué hacer con una vida que ya no termine nunca?
Vivimos en una época donde la tecnología promete desafiar lo que parecía inamovible. Ray Kurzweil, una suerte de gurú del futurismo, asegura que para 2045 la “singularidad” permitirá fusionar biología y máquina, prolongando la vida indefinidamente. Por su lado, Yuval Noah Harari advierte que podríamos pasar de Homo sapiens a Homo deus, es decir, humanos que juegan a ser dioses sobre su propio destino. ¿Estamos preparados para asumir ese poder? ¿Podemos manejar las consecuencias de borrar la frontera entre vida y muerte?
Para la filosofía, la muerte no es solo un fenómeno biológico, sino un hecho existencial que estructura toda experiencia, como lo hemos visto a lo largo de esta serie de columnas. Heidegger la llamó la posibilidad más propia, el límite que hace que cada instante importe. Si sabemos que todo se acaba, cada elección se vuelve irremplazable. ¿Qué sucedería con la libertad si de pronto tuviéramos todo el tiempo del mundo? ¿Qué haríamos con los errores, los arrepentimientos y las segundas oportunidades infinitas?
Hay quienes sostienen que prolongar la vida es un imperativo ético, ¿acaso no buscamos siempre vencer enfermedades, aliviar el sufrimiento y retrasar el envejecimiento? Aubrey de Grey, biogerontólogo británico, insiste en que morir de “viejo” es, en el fondo, una enfermedad sin tratar. Pero, si la muerte se vuelve opcional, ¿se democratizará esa opción? ¿Serán inmortales solo los ricos? ¿Podremos sostener social, económica y ecológicamente a una humanidad que no muere?
Además, la inmortalidad no solo plantea preguntas prácticas, sino filosóficas de raíz. ¿Seguiríamos siendo humanos si borramos nuestra vulnerabilidad? Emmanuel Levinas recordaba que la finitud es la grieta por donde se filtran la ética y la compasión, es decir, el saber que somos frágiles nos hace responsables de otros. Si ya no tuviéramos miedo de desaparecer, ¿cómo cambiaría nuestra forma de vincularnos?
En Silicon Valley (sede de compañías emergentes y globales de tecnología) se multiplican los proyectos para digitalizar la mente. Startups como Neuralink o empresas de criónica como Alcor ofrecen la esperanza —o el negocio— de conservar la conciencia más allá de la biología. Pero, ¿una mente sin cuerpo seguiría siendo alguien? ¿Es la identidad un conjunto de datos, recuerdos y algoritmos, o algo se escapa en esa traducción? Thomas Metzinger, filósofo abocado al estudio de la mente, señala que la conciencia no es una sustancia, sino un proceso encarnado. ¿Podría persistir sin cuerpo, sin envejecimiento, sin dolor?
Incluso la literatura ha jugado con este anhelo. Borges imaginó en “El inmortal” (1947) una humanidad sin muerte, condenada a vagar sin sentido, incapaz de recordar su propio pasado. En la serie Black Mirror, la conciencia puede cargarse en dispositivos, pero siempre hay un precio, y es que la inmortalidad se vuelve una prisión sin final. ¿No podríamos terminar, sin la muerte, convertidos en esclavos de una existencia interminable?
Las religiones prometieron eternidades metafísicas, hoy la tecnología ofrece eternidades técnicas. Pero la pregunta persiste: ¿queremos una vida sin final, o una vida con sentido? ¿No es la fugacidad la que da peso a un beso, a una despedida, a un amanecer? Albert Camus escribió que nuestra tarea no es conquistar la muerte, sino rebelarnos a través de la vida, afirmar la existencia aunque sepamos que se extingue. Quizá la cuestión no sea técnica, sino ética y existencial. ¿Qué significa ser humano sin la sombra de la muerte? ¿Qué poesía sobreviviría si supiéramos que no hay último verso? ¿Qué política, qué economía, qué formas de justicia nacerían en un mundo donde nadie se va nunca?
Byung-Chul Han, uno de los filósofos que más ha reflexionado sobre nuestra era, advierte que vivimos en una sociedad que niega el dolor y la negatividad. En “La sociedad paliativa” (2021) sostiene que hemos convertido la muerte en un tabú, algo que debe ocultarse, suavizarse o erradicarse como si fuera una falla de diseño. Pero, ¿no es ese deseo de eliminar toda herida el mismo impulso que nos empuja a soñar con una inmortalidad tecnológica? Han advierte que una cultura sin dolor y sin fin podría ser una cultura anestesiada, incapaz de confrontar su propia verdad. ¿Podría la inmortalidad volvernos inmunes no solo al morir, sino también a la intensidad de estar vivos?
Quizá la paradoja sea que cuanto más huimos de la muerte, más nos alejamos de la vida. Y la pregunta final, entonces, podría ser la más sencilla y la más difícil: ¿nos atreveremos a vivir plenamente, incluso sabiendo que todo termina? Mientras biotecnólogos, ingenieros y magnates persiguen la inmortalidad, cada uno de nosotros sigue respirando bajo el mismo cielo. Morir es lo que hace que hoy, ahora, valga algo irrepetible. Quizá la verdadera pregunta no sea si venceremos a la muerte, sino si sabremos vivir antes de que llegue.

