Fernando Santullo: El estado de la educación es la razón por la cual tenés narcotráfico

Polifacético como pocos, pasa de la música al periodismo y arrastra una veta sociológica en su vida cotidiana. Tiene una mirada transgresora y le busca un ángulo diferente a la realidad. De momentos le sale un escepticismo ácido, pero creo que es una careta para ocultar su íntimo optimismo.

Por Nicolás Martínez y Alfredo García / Fotos: Rodrigo López

PERFIL:

Nació en 1968. Vivía en Manga. Su padre trabajaba en la OSE y su madre en Ediciones Pueblos Unidos. Tiene dos hermanos, Rodolfo y Laura. Con 8 años se mudó a México por el exilio de sus padres, que eran del Partido Comunista. Volvió a Uruguay en 1985. Estudió Sociología y Periodismo. Vivió años en el exterior: México, Estados Unidos y España. Es integrante de Peyote Asesino. Tiene una hija y está en pareja con Noelia Campos.

¿Cómo influyen tus años en México?

Creo que fueron años formativos. Diría que la primera impresión de México fue una explosión de colores y olores y una diversidad que explotó mis sentidos. Eso, por un lado, como más sensorial, pero después también formativamente. Mi madre es española y se conectó con un grupo intelectual español y encontró una escuela que había sido fundada por republicanos españoles y allí fuimos. Después hice toda la secundaria en el Centro Activo Freire. Y ahí, además de conocer a un montón de uruguayos, había gente de otros exilios: argentinos, chilenos, guatemaltecos, haitianos…

¿Solo extranjeros?

No. Como dato curioso, en ese liceo también se formó buena parte de lo que ahora es la élite gobernante en México. Compañera de clase mía fue Adriana Sheinbaum, que es la hermana de Claudia Sheinbaum, que iba al Madrid, que era otro liceo de ese mismo perfil. Entonces como que eso nos marcó culturalmente. Te diría que nos marcó un montón y tengo amigos desde esa época.

¿No vivías en un gueto de exiliados?

Los uruguayos se juntaban para hacer actos de solidaridad contra la dictadura. Entonces había como una cosa muy activa, sobre todo los comunistas, que estaban muy organizados en eso. Pero claro, no era el único universo que había. Después teníamos el del liceo y el del barrio. Yo siempre digo que en México era muy fácil volverte mexicano. Nuestros países tienen la misma matriz histórica y sociocultural. Y nunca tuve la sensación de estar en un gueto, justamente por eso, porque había como una relación con un montón de gente.

¿Fue difícil volver en el 85?

Cuando volví tenía 17 años. Uruguay salía de la dictadura y era un infierno. Había una cosa como claustrofóbica. La gente seguía con miedo, no se hablaba salvo en los ámbitos ultrapolitizados, pero en la calle se callaban la boca. Y había una desconexión cultural feroz. Parece una frivolidad, pero no lo es. Yo tenía recuerdos de cómo se vestía la gente en el 76 y cuando volví en el 85 se vestían igual. La ropa, el corte de pelo, los mocasines eran los mismos, todo era igual. Una de las cosas que hizo la dictadura fue desconectar el país del mundo.

Se aisló.

No llegaba la música. En México escuchaba a Duran Duran y no sé qué. Me creía new romantic, usaba camisa rosada y caravana  y acá me decían: “¡Trolo!”. Y no entendía un carajo, si yo estaba re a la moda. Primero, la información no circulaba como ahora y sumale los trece años de dictadura que habían desconectado al país, entonces fue durísimo. Una cosa que me acuerdo siempre es que tardé un año y medio en tener un amigo que no hubiera estado exiliado en algún lugar. Para mí fue como un exilio el venir acá. O sea, yo no habría cambiado México por Uruguay ni loco.

¿Y estuviste acá cinco años?

Empecé como tres carreras, Ciencias Económicas en el 86 y no entendí nada. Me esforcé un montón. La única materia que aprobé fue sociología. Entonces dije: “Me voy para Sociología”. En el medio también intenté analista de sistemas. En el 90 me fui de vuelta, quise conocer México de adulto. Y viví ahí como dos años. Y estuve seis meses más en Nueva York. Ese viaje fue muy fermental por lo cultural y musical. Cuando llegué a México estaba explotando toda una camada de rock mexicano. Café Tacuba, Caifanes, Maldita Vecindad, todo eso fue muy llamativo porque era una cosa muy rockera, pero a la vez muy mexicana. Esa gente no solo no escondía su origen, sino que lo ponía adelante en lo que hacía. Y fue como que dije: “Ahí hay una cosa interesante”.

¿Había mucha música en tu casa?

Sí, muchísima. En casa mi viejo siempre tenía discos de folklore uruguayo y argentino. Y después, llegamos a México y mi viejo piró con el melódico internacional. Yo también. Y era José José y Emmanuel, que eran como una actualización del bolero con orquestas. En casa siempre había muchos libros y mucha música.

O sea, te marcó el nuevo rock mexicano.

Y después caí en Nueva York en el 91 y estaba explotando. Habían salido recién Nirvana, Cypress Hill, Public Enemy, los Chili Peppers, Metallica… Y eran como mil cosas superinteresantes ocurriendo casi al mismo tiempo. La otra vez leía sobre una lista de diez discos que son esenciales. Todos estos discos salieron en octubre del 91. Era un momento fermental, salado, del que nadie era del todo consciente. En Estados Unidos me pasaron un montón de cosas en un tiempo muy cortito.

¿Y te volviste entonces en el 92?

Sí. Y ahí arrancamos con Peyote, y en el 94 debutamos. Y Sociología la iba haciendo de a poco. Empecé a trabajar en La República en el 93. En esa redacción pasó todo el mundo, fue una especie de escuelita del crimen.

¿Qué hacías ahí?

Vengo de una familia de bolches y me pusieron a cubrir Religión. No tenía la menor idea. “Andá a hablar con el arzobispo”. “¿Qué mierda es un arzobispo?”. Me costó. Entre mis logros, perseguí al padre Antelo saliendo de los juzgados. Antelo tenía una pata de palo y corría con la pata de palo y nosotros corriendo atrás para sacarle declaraciones. Después quedé en Sociedad y empecé a agarrar temas más diversos. Con todo eso terminé la carrera de Sociología en el 98.

¿Por qué España?

Porque me salió una beca. En el 2001 tenía a mi hija chica. Estaba pensando también en que no sabía si quería que se criara acá en Uruguay. No tenía muchas posibilidades laborales. Y lo de España medio que se atravesó en el camino. Yo estaba buscando becas para la que era mi compañera entonces, no para mí. Yo no quería estudiar más nada. Y me aparece un máster en Periodismo en la Universidad de Barcelona. Y ahí terminé en Barcelona.

Y arrancaste con la familia.

Primero fui yo y ellas vinieron al mes y pico. Y de arranque vivimos en Castelldefels, menos mal porque Barcelona me resultó un poco agobiante.

Los catalanes son complicados.

Los catalanes son como un repecho que no termina nunca. Y encima el catalán está orgulloso, porque te dice: “Si llegas a la cumbre, ahí vas a ver que soy un amigo increíble”. Tengo un amigo catalán de los dieciséis años que viví ahí. Pero, en cambio, tengo un amigo holandés, un amigo alemán, dos amigos venezolanos, tres amigos uruguayos.

¿Los amigos son claves para vos?

Los amigos son importantes, son como los hermanos que elegís.

Entonces estuviste dieciséis años en Castelldefels.

Sí, es hermoso. Si me pudiera jubilar en España, viviría en Castelldefels, sin dudarlo. Tiene el mejor clima el mundo, una playa hermosa, es chiquita, pero a la vez tiene todo. No viviría en Barcelona.

¿Aprendiste catalán?

Sí y no, porque en realidad el catalán es como una ficción política. No es una necesidad social real, por lo menos no en Barcelona.

¿En qué laburaste?

Hice de todo. Trabajé en la cocina del Hard Rock, cambié vidrios de ventanas, di clases de inglés y  logré entrar en una empresa que hacía contenidos para celulares.

¿Nunca periodismo?

Sí, hice una pasantía en El Periódico de Catalunya. Sabiendo que no me iban a contratar, porque los tipos contrataban catalanes, así fueras Gardel, no te iban a contratar. En 2008 me reenganché otra vez con la música y en 2009 saqué un disco como solista con el apoyo de Bajofondo. Y a partir de ahí me quedé haciendo cosas de música hasta que volví acá en el 2017.

¿Por amor?

Sí, por amor, pero también por distintas etapas de la vida. Mi hija estaba empezando la facultad en ese momento. Acaba de cumplir 18. Yo intenté mover muchas cosas de música en España y nunca logré entrar jamás. Entonces todo lo que me pasaba con la música me estaba pasando acá, un poquito en Argentina, pero sobre todo en Uruguay. Entonces hice la pareja con Noelia, y empecé como todo para ese lado. Igual, hasta 2019 iba y venía. Con mi hija nos seguimos viendo dos o tres veces por año siempre y es  una de las personas de más confianza que tengo para conversar cualquier cosa.

¿Qué hacés ahora?

Estoy trabajando en la Embajada de México, en Búsqueda y con Peyote. Me gustaría tocar un poco más con Peyote, pero es difícil por la interna del grupo. Todo el mundo está haciendo ochenta cosas. Y además porque es difícil que te contraten para tocar en este país. Es complicado.

¿No se aprecia a nuestros propios músicos?

Yo no sé si es eso o que a veces la música que uno hace conecta con más o menos gente y no es una cosa estable.

Yo creo que en el mundo de la música popular es difícil llegar y es más difícil mantenerte durante un buen tiempo. Por eso es muy meritorio lo de La Vela o lo de No Te Va Gustar. Esa gente ha logrado algo muy raro. Mantenerse treinta y pico de años, y hacer una cosa que es masiva y que funciona. En Uruguay es muy difícil que te encuentres con un rockero de 22 años que gana muy bien de la música. Cuando te encontrás con un rockero que gana muy bien, tiene 50 años porque estuvo veinticinco o treinta años remando en dulce de leche.

¿En Uruguay es siempre remar en dulce de leche?

Me repito, me faltan metáforas. No sé si es un problema de Uruguay o es un problema de la cultura popular en general. Lo que pasa es que Uruguay tiene el agravante de la escala. Hay como dos zonas de la cultura, hay una que tiene que ver con la institucionalidad. Si entrás en la Comedia Nacional, más o menos estás tranquilo.  Y después hay otra que es como más independiente. También hay una cosa que viene una banda argentina y cobra tres lucas y está bien. Pero si una banda  uruguaya cobra mil quinientos, le dicen que son unos chorros.

Nadie es profeta en su tierra.

Es medio así. Creo que Uruguay tiene una cosita, llamémosle subdesarrollo cultural, en el sentido de que mira mucho para afuera y no mira para adentro. Ponete a mirar el folklore. ¿Cuántos Aníbal Sampayo hay en el mundo? Por mencionar uno.

¿Es nuestra idiosincrasia?

Uruguay necesita mucho el afuera para construir el adentro, vive permanentemente mirando qué hacen otros y qué dicen otros de Uruguay. Vos vas a México y también ocurre eso, pero México tiene una tradición de tres mil años de cultura, de tipos que han venido haciendo las cosas para bien y para mal. Hasta el punto en que los españoles, cuando llegan a conquistar, no tocan el modelo despótico tributario de los aztecas porque es un modelo feudal que funciona. No les importa tanto la mirada exterior porque son un montón y porque tienen unas tradiciones muy arraigadas. Nosotros somos repúblicas nuevas en América Latina.

¿Y somos duros para cambiar?

Yo no sé si es el carácter nostalgioso que heredamos de los gallegos, pero nos cuesta tomar decisiones. Hay un chiste muy bueno sobre los gallegos en España que dice: “Cuando te cruzas con un gallego en una escalera no hay manera de saber si está subiendo o bajando”. Hasta ese punto son ambiguos. Y a nosotros nos tocó esa herencia. Entonces tenemos una tendencia a especular, a dar vueltas, a crear comisiones para analizar otra comisión y no hacer nada. Yo no sé si  es una maldición eterna que tenemos. Pero somos un país al que le cuesta hacer. Y se pasa mucho tiempo hablando.

¿Ves a las nuevas generaciones igual?

No sé. Lo que pasa en las nuevas generaciones depende del ámbito.

Son inconstantes en mantener su laburo. El cambio es algo normal.

Sí, pero el dueño del kiosco es de la generación nuestra. Es decir, sos feriante, tenés 20 años y un montón de buenas ideas. Y vas a tu puesto y decís: hay que hacer esto enseguida. El tipo te dice: “Arrancá a las 6 y dejate de joder o no laburas más”. O sea, el diseño del Uruguay es de viejos de antes y de viejos de ahora. La pregunta que me hago es: ¿toda esa energía del cambio, hasta qué punto los tipos pueden llevarla adelante de manera que salga a la luz? En algunos ámbitos capaz que sí.

¿No notás cambios en Uruguay?

Noto, sí. ¿Cuántos de esos cambios se deben a Uruguay o a que todo el mundo cambió y Uruguay no tuvo más remedio que seguir esa oleada? Entonces no son cambios específicos, son cambios generales.

¿Qué país es generador de su propio cambio?

Estados Unidos. En cultura, sin ninguna duda. Y no solo Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Brasil, que no es tan central. Yo estoy pensando en la cuestión de la educación. Todo ese cambio podría canalizarse para transformar el país. Y, gracias a los viejos de mierda, está igual. O sea, la mitad de los pibes no termina el liceo. La mitad en la clase media, casi el 30 por ciento de la clase alta y el 80 por ciento de la clase baja. Es una cosa terrible. Y por mucho que seas un pibe que venga con un montón de ideas, tenés una alta oportunidad de quedar colgado de un pincel el resto de tu vida, porque el modelo de país no está pensado para que vos termines el liceo. Uruguay algo cambia, no puede no cambiar, se extingue si no cambiamos algo. Ahora, mira la clase política, ¿ha mejorado el nivel? Mirá el nivel de discusión del Parlamento. No estoy diciendo que eso sea un resumen de Uruguay, pero es la gente que votamos y pusimos ahí. Creo que somos un país de inercias lentas, que está diseñado para seguir el ritmo del Estado. El Estado preserva cosas, no hace revoluciones, quiere que todo esté más o menos quieto.

Y todos quieren Estado.

Pero eso no me parece mal. Siempre que el Estado haga las cosas como las debe hacer y que no sea una carga para el propio uruguayo, sino una solución. El Estado tiene que existir; si no, es la puta selva. Esas son las ideas libertarias. Fijate los lugares donde no hay Estado: Somalía o Liberia. ¿Vos querés ser un país sin Estado? Si me das a elegir un país que tenga un Estado como el de Dinamarca, que es un Estado liberal… Uruguay es un país en el que los cambios se procesan lentamente y le cuesta alegrarse de los cambios. Uruguay se resiste a los cambios.

Hay mucha gente joven que son ciudadanos del mundo. Viajan con facilidad, van  a estudiar, otros se van y otros vuelven.

Ahora, en lugar de tener solo pizza y muzarella, tenés comidas del mundo que está muy bien. Pero estás hablando de gente que individualmente hace eso y después trae su aporte y hace que las cosas sean más divertidas y más variadas. Una cosa son los esfuerzos individuales y cómo eso impacta. No estoy seguro de que Uruguay haya cambiado y se haya convertido en un país de oportunidades. Creo que depende más de las iniciativas individuales y de algunas políticas chiquitas que funcionen más o menos. Pero si tenés el ascensor social del Uruguay tan roto que la mitad de gente no termina el liceo…

La educación no es menor.

La educación es la razón por la cual tenés narcotráfico. O sea, la explicación de por qué tanta gente se mete en el narco. Las posibilidades laborales de quien no termine el liceo en tiempo y forma se reducen de manera drástica comparadas con las de los que terminan. Es un fallo del sistema que, en el fondo, se entiende, porque ninguno de los tipos que definen las políticas es gente que va a estar en esa situación.

Nos gobierna una élite.

Nos gobiernan muchas élites porque la izquierda trajo una nueva élite al gobierno. Tampoco esa élite se mata por los que no terminan el liceo. De hecho, es un tema que arranca hace ya  tres décadas y nadie se la juega a meter la cuña. Probablemente mi mirada es la de un viejo, pero no veo que el Uruguay sea un país de oportunidades. Acá tenemos una cosa especulativa y hablamos de lo que habría que hacer. Después vienen tipos que individualmente son capaces de hacer esto, y ahí nos alegramos. Y decimos: “¡Qué bueno la gente que emprende!”. Odio la palabra emprendedor.

¿Por qué?

Porque está tan bastardeada que es como cuando dicen “el territorio”, que es otra tribu. El territorio es de la tribu de los izquierdistas, ONG y emprendedores, de los derechistas empresariales. Las dos mienten o las dos son boludeces.

No solo te has vuelto viejo, sino escéptico.

Siempre fui escéptico. Mirá, agarrate las letras del Peyote del 94 y vas a ver que sospechaba de todo y de todos. Siempre.

¿No evolucionaste nada?

No, probablemente involucioné un montón. Vos no te das cuenta si estás evolucionando o no. Y sería muy arrogante decir: “Evolucioné un montón. Estoy en un estado superior de la naturaleza”. No, que lo diga alguien más o que no lo diga nadie. Pero yo no puedo decirlo. También creo que algunas de las visiones que uno tiene son bastante estables. Hay una cuestión de valores respecto a qué es importante y qué no es importante en la vida. En España creo que aprendí a matizar mucho más las ideas políticas o la mirada analítica. Básicamente, porque había una cantidad de información circulando alrededor, que era como que había que ser muy obtuso para no aprender a matizar. Entre 2005 y 2015, aparecieron millones de voces mucho más heterodoxas, que no eran las que estaban en la prensa y había gente de muchísima calidad diciendo cosas muy interesantes, gratis, en un blog.

¿Leias a Casciari?

De Casciari algunas cosas me gustan y otras no. Yo seguía mucho un blog que se llamaba Politikon. Los blogs diversificaron las opiniones y las temáticas. Y creo que eso terminó influenciando en las cosas que escribo en Búsqueda. Siempre trato de entrar por un costado, no entrar por la puerta principal en un tema.

Tratás de ser diferente, encarar  desde otro ángulo.

Rompehuevos, básicamente. También pasa una cosa y es que cuando escribís en un semanario salís medio tarde. Cuando vos salís el jueves, si la cosa arrancó el lunes, la gente está medio podrida. A menos que seas capaz de ofrecer una ventanita lateral desde la cual mirar ese tema, que no sea la perspectiva de la que habló todo el mundo hasta ese momento. Yo trato de tener un poco eso. A veces sale bien y a veces no. A veces, hay temas que son un embole por más ventana lateral que les pongas. Sobre todo las cuestiones de política partidaria, que entran en una cosa como muy predecible.

¿A quién respetás políticamente en Uruguay?

¿Sabés a quién? A Ope Pasquet, que se jubiló. Para mí es uno de los mejores legisladores que tuvo este país y es uno de los tipos que tiene una cabeza más claramente republicana. Nunca lo voté. Jamás, porque siempre fue miembro de un partido que, si bien representa un cierto republicanismo, tuvo unas veleidades muy poco republicanas en algún momento. Entonces, como yo sospecho de todo, no le daría el voto nunca a un partido que tiene esas veleidades.

Eso es prejuicio.

No. Mirá los hechos. Dejame que piense alguno más…

Es muy conservador.

Bueno, una cosa es que lo respete y otra cosa que lo vaya a votar. Helios Sarthou me pareció un tipo que, a su manera, era un tipo bastante coherente. Chifflet es otro también. Yo lo que valoro es la honestidad intelectual. Después puedo estar de acuerdo o no con lo que vos decís, pero me parece que es importante tener cierta coherencia y no estar cambiando de camisa. Yo no sé siquiera si estoy de acuerdo con las razones que Chifflet exponía cuando renunció a su banca, pero renunció a la banca.

Fernández Huidobro también renunció a la banca.

Sí, pero ese no me gusta. Me preguntaron cuál me gustaba. Si no tenés honestidad intelectual, no hay coherencia posible. Rectificar es de sabios. Y está bien cambiar de punto de vista, si pensás que antes te equivocaste. Eso es una cosa. Después, ir para donde sopla el viento, dependiendo de lo que dijo una encuesta, eso es otra cosa. Cambiar de perspectiva también es honestidad intelectual. Si vos estás convencido de que tu punto de vista estaba equivocado, ser honesto es cambiar. A eso le llamo coherencia. Dejame que piense alguien más. ¿Vos dirías que Hugo Batalla fue honesto intelectualmente o no? Yo creo que sí. Y pagó un precio muy alto por lo que se veían como vaivenes, cuando en realidad era como un intento de encontrar un espacio en el cual el tipo pudiera ser lo que él creía. Lo que pasa es que le movían el arco todo el tiempo. No fue que el tipo fuera un veleta.

 Era coherente.

Le costó un huevo encontrar ese lugar. Yo jamás voté a Batalla. Pero el tipo, que fue acusado por unos y otros, básicamente, lo que quería era ser consecuente con sus ideas.

Admirás a todos los que no votaste.

Yo hace como tres o cuatro elecciones que voto en blanco. Creo que hay un agujero en la representación en Uruguay. Son muy pocos los que lo creemos y nunca pasamos del 6 por ciento. Entonces no pesamos. Pero yo creo que falta una fuerza política que sea una izquierda… Y decir esto me va a traer problemas porque siempre trae problemas cuando uno habla de la izquierda, no así cuando de la derecha se trata.

¿Tenés miedo de los problemas?

No me dedicaría a escribir una columna en Búsqueda si tuviera miedo de los problemas. Lo que digo es hay un espacio en el cual hace falta una izquierda que tenga una clarísima vocación democrática, una centroizquierda. Y que rechace de manera clara y contundente todas las veleidades autoritarias de la Izquierda autoritaria. Hay una izquierda que es claramente autoritaria y que le parece bien imponerle a tortazos las cosas al resto, como hay una derecha autoritaria. Pero, en este momento en Uruguay, esa derecha autoritaria es mucho más chica en cuanto a representación que la izquierda autoritaria.

¿Te parece?

Yo creo que el Frente Amplio es un partido en el que hay un poco de todo. Hay una mezcla de algunas cosas autoritarias, sectores más democráticos, pero todo el mundo termina medio haciendo molde, porque ahora hace rato que el partido llamado Frente Amplio es un partido del poder, o sea, un partido que la mayor parte de su energía la destina a permanecer en el poder cuando está en él o a recuperarlo cuando no está en el poder. El tema de las ideas se exhibe como estandarte. Pero después, cuando se miran las políticas…

¿No desentonan con Ope Pasquet?

Pero Ope Pasquet no está en el Frente Amplio. Mirá que lo que la derecha le reprocha a Lacalle es que no hizo política de derecha. Lo que la derecha uruguaya no entiende es que si vos hacés política de derecha o de izquierda en Uruguay, no te vota ni Cristo. La gente termina votando siempre esa cosa tibia en el medio, porque somos así. Capaz que mañana somos de otra manera, pero hasta ahora sí. ¿Quién gana las elecciones en Uruguay? Quien menos radicaliza. ¿Por qué ganó Orsi?

Delgado tampoco era muy radical.

No, tampoco, por eso. Sí, pero Delgado cometió varios patinazos ahí en la fórmula. No tiene carisma. Orsi tampoco, pero tiene un aparato mucho más unificado detrás, que es el Frente Amplio. La coalición no lo tuvo. La coalición era una coalición de gobierno y nada más. Después no era una coalición, de hecho, en la oposición es un desparramo de gente. No son capaces de tener un punto de vista contundente y unificado. El Frente Amplio, sí. A pesar de que tiene sectores más totalitarios y otros no tanto, a la hora de salir, van como uno solo. Siempre cuando fueron oposición se comportaron así. Eso habla bien de su coherencia interna. Otra cosa son las ideas que salen de eso. Por eso digo que hay un agujero en la representación. Para mí falta un partido de centroizquierda, que sea claramente democrático y que se desligue de los Maduros, Cuba y los Ortegas.

¿Existe alguien así?

Sin ir más lejos, esta persona en América Latina se llama Boric, que es el único tipo que no ha tenido empacho en salir a decir esto no, esto está mal.

Y marcha. Ha perdido popularidad a pasos agigantados.

Yo creo que siempre que gobernás perdés popularidad.

Pero Chile está muy polarizado. ¿Ves muy polarizado a Uruguay?

No, veo que hay gente que le encantaría que fuera muy fuerte. Yo creo que de momento son minoría, pero capaz que cambiamos para mal. Creo que el sistema partidario termina amortiguando todo eso. O sea que los loquitos tipo Milei acá son capturados y son licuados dentro de los partidos. Lo más parecido a eso fue Cabildo en su momento. ¿Y qué le pasó? Primero se está extinguiendo. Pero, además, cuando entró la coalición hizo un gobierno de la coalición. No es que salieron a dar un golpe de Estado. O sea, hicieron las cosas que hacen los partidos políticos. Te gustará más o menos. Te parecerá más o menos populista. Pero son partidos de verdad.

Ahora tenemos un partido libertario.

Con novecientas firmas. O sea, no lo vota ni la vieja, literalmente. Aparte este libertarianismo post Milei tiene poco que ver con la idea libertaria de un Estado mínimo que tiene cierto contenido en Estados Unidos.

Pero no es esto.

Esto es como si fueran gurises de liceo que tomaron demasiado Red Bull, no sé, una cosa así. En Uruguay es muy difícil que con ese discurso convenzas a más que a algunos adolescentes que están tomando Red Bull en este momento.

¿No le falta Red Bull al sistema político uruguayo?

No sé si Red Bull. Capaz que le faltaría. No sé, es complicado, porque justamente todo aquello que te da estabilidad es también lo que te enlentece. Si tenés permanentemente ministros de Economía decentes, como en general han sido todos los que hemos tenido, la economía va más o menos estable. El tema es que no tenemos eso replicado en todo el resto de las entidades, en todas las áreas. Habría que sacar la cuenta de cuánto le sale al país que no haya unos acuerdos mínimos.

¿Como cuáles?

No podés tener dos políticas de infraestructura en un país del tamaño de un sello postal como es Uruguay. Alemania no tiene dos políticas de infraestructura. Entonces, ¿cómo es posible que estés renegociando un contrato otra vez desde cero? Porque los otros no me consultaron, no sé qué. Pero flaco, cobran un sueldazo, pónganse de acuerdo y si no, váyanse para su casa. Pero para mí eso es inadmisible. No puede ser que el país tenga que reconstruir su política en todos los rubros cada cinco años y que perdamos guita. Eso es impresentable y eso es la lentitud.

¿Eso explicaría la desaprobación de los partidos políticos?

Los desaprueban, pero después van y los votan. Cuando llega la elección, ¿cuántos son los que votaron en blanco? 5 o 6 por ciento. O sea que la gente al final se siente razonablemente representada por eso. Creo que al uruguayo, en general, no le molesta tampoco esta velocidad. Cuando a alguien le molestó la velocidad, que fue los tupas en los 60, terminó todo espantosamente mal.

Una cosa que yo creo que el Uruguay aprendió es que no siempre el apuro es una gran idea.

No siempre el cambio es bueno.

A veces es bueno si va en una dirección que beneficia a las mayorías, o el cambio puede ser malo si terminas en un campo de concentración. Tampoco creo que Uruguay tenga un gran problema. Lo tiene en el tema educativo, que para mí es como un nodo que explica un montón de otras cagadas que están pasando en otro montón de rubros. Y nadie se anima a tocar eso porque hay demasiadas corporaciones políticas o sindicales. Pero también el Codicen tiene una estructura anquilosada que no está diseñada para el tamaño que tiene el sistema ahora ni para su función. El uruguayo no está disconforme con lo que tiene. Es muy batllista eso, ¿no?

Cada vez menos.

Antes era el empleo público, la casita en Solymar, el autito. Bueno, ahora la casita en Solymar es la única que tenés. El autito, a veces sí, a veces no. El empleo público puede que sí; si no, vas a trabajar en cualquier cosa. Pero esa idea de que no está tan mal creo que sigue ahí. Seguramente los jóvenes quieren cambiar eso y algunos lo logren. Y no sé hasta qué punto el Estado uruguayo es permeable a esos cambios, que esos cambios sean realmente catalizadores. No sé.

La Universidad de la República es el mejor ejemplo de una estructura anquilosada.

Y de cómo buenas intenciones terminan en un pantano. Y la idea es seguir agrandándola en lugar de hacer nuevas universidades. Debemos ser el único país del mundo que tiene una única gran universidad que cubre todo. Uruguay desarrolló estructuras muy rápido, que lograron beneficiar a amplios sectores y de inmediato surgieron un montón de corporaciones de todo tipo, algunas sindicales, otras empresariales, otras políticas. Eso es todo el statu quo. Nadie quiere que se mueva eso.

Tan lentos no somos. El cambio que hay en el rol de las mujeres es brutal.

Aclaremos qué es cambio. Es verdad que la situación de la mujer cambió radicalmente. Ahora, ¿cuánto de eso se refiere a cosas específicas que pasaron en Uruguay y no pasaron en algún otro lado? Muy pocas. Para empezar, porque Uruguay ha ido copiando la legislación de España, cuatro años más tarde, básicamente. No es que estén inventando el hilo negro tampoco.

La mayoría de los países se influyen mutuamente.

Sí, pero ocurrió antes. Todas las teorías que están en boga ahora acá llegaron a Estados Unidos desde Francia y de Estados Unidos pasaron al resto del mundo como los vaqueros. Yo no estoy diciendo que no haya cambiado nada, al contrario, cambiaron un montón de cosas. Pero es como si decís los trámites en Uruguay son informatizados y es genial. Sí, bueno, pero porque todos los trámites en todo el mundo se informatizaron y Uruguay si no quería quedar desconectado del planeta, tenía que informatizarse también. Ahora, para evaluar si un cambio es real tenés que saber cuánto depende de los procesos internos y cuánto depende de la influencia de procesos externos.

El tema de Internet en Uruguay está mucho más avanzado que en muchos países europeos. Igual con la matriz energética o el Plan Ceibal.

De facto. Si no está roto, nadie lo va a arreglar. Dejalo que funcione, nadie va a tocar eso. Perfecto. En esos sectores el cambio en Uruguay se procesó con más profundidad y más velocidad que en otros lados. Es genial. Ahora, hay explicaciones para eso. Uruguay es chiquito, es todo plano, andá a poner un tendido de antenas en Colombia.

¿Qué rectificaste en tu vida?

Bueno, milité en la Juventud Comunista dos años, entre los 16 y los 18 años y rectifiqué. Otra cosa, yo estaba recopado porque me tocó hacer facultad en el momento en el que peleaban Foucault y la Escuela de Frankfurt. Los docentes estaban de un lado o del otro. Y entonces, dependiendo del docente, te convenía hablar de esto o de lo otro, porque te podía serruchar si eras medio Habermas y él era Foucault y viceversa. Pero al mismo tiempo fue una cosa fermental porque había una teoría oficial en la Universidad era como que había un mejunje. Yo en aquel momento me entusiasmé un montón con todas las cosas de Foucault, sobre todo de la parte más epistemológica. Ahora, las teorías son hermosas cuando están en la universidad y toda la gente es educada, pulcra y habla de esos temas. Otra cosa pasa con esas teorías cuando se van filtrando como ideas fuerza dentro del Estado y pasan a ser después políticas públicas. Bueno, muchas de esas teorías preciosas a nivel de la universidad, cuando se convertían en políticas públicas en España, eran un desastre. Y rectifiqué. Ahí dejé un poco a Foucault y empecé a buscar otra gente que decía cosas que tenían razón.

¿A quién encontraste?

Yo siempre cito a un español que se llama Manuel Arias Maldonado, que es filósofo y politólogo. Es un tipo que desde una posición medio social, liberal, es capaz de desentrañar procesos que están pasando. La descripción de la democracia sentimental como una democracia en la cual las cuestiones argumentativas racionales cada vez pesan menos y cada vez importa más la adhesión emocional a una simbología o inclusive a un líder carismático. Bueno, cuando leo eso y miro las cosas que me están rodeando veo que este tipo tiene un potencial de explicar cosas que las otras teorías maravillosas supuestamente explicaban, pero cuando caían en la realidad salían por cualquier lado. Me fui volcando más hacia autores que están hablando de algo que realmente está pasando. Eso fue una revisión. No te sabría decir a qué escuela responde Arias Maldonado. Supongo que sería como una especie de liberalismo democrático o liberalismo de izquierda.

Vos marcás la diferencia entre gente y ciudadanía.

¿Gente quién es? En esta mesa somos tres, tenemos tres definiciones de gente, seguro. En cambio, hay una única definición de ciudadanía, que es la que está establecida por los deberes y obligaciones del ciudadano. Arias Maldonado tiene una frase muy Buena que dice: “El pueblo solo existe porque queremos creer en él”. ¿Qué es el pueblo? El que enuncia la idea de pueblo es aquel que lo define. Pensando en Laclau…

Laclau es un populista, no me jodas. Eras hincha.

Yo no soy hincha de Laclau.

Pero lo respetabas.

Él se dejó de respetar. Yo leí el Laclau de los 80, el que hablaba de peronismo. El tipo tiene una mirada crítica hasta el 80 y pico. Después, cuando empieza a escribir sus otros libros posteriores, pega un cambio. Y las palabras de Laclau se las escuché a un amigo mío del MPP que decía: “La única forma de que la izquierda gobierne en América Latina es a través del populismo”. Y esa es la convicción central que tiene una parte importante de la izquierda en Uruguay. Por eso el Frente Amplio en muchas cosas empieza a parecerse al peronismo, que siempre fue rechazado frontalmente por la izquierda.

¿Qué es el peronismo para vos?

El peronismo es un significante vacío que se llena con lo que haga falta para mantenerse en el poder u ocupar el poder. Entonces, si hace falta ser de derecha, es Menem y es de derecha. Si es necesario ser de izquierda, es Kirchner. Y ninguno es de derecha ni de izquierda, es simplemente un aferrarse al poder, utilizar el aparato del Estado para medrar. Entonces, para mí la gran traición de Laclau a sus propias teorías es cuando él profundiza y dice: “No, en realidad, está bueno”. Con la gente es lo mismo, cada quien lo rellena como quiere. La gente es la nada. En cambio, ciudadanía es muy claro, tenés deberes y obligaciones.

Vos no asumís las tuyas.

Yo sí. Voy a trabajar, pago mis impuestos…

No votás.

Voto en blanco. Y es señalar una ausencia de representación.

Soy tan puro que no me sirve nadie.

Llamalo pureza. Otros le llamamos honestidad intelectual, que suena mucho más lindo.

¿Cómo ves la diferencia con el voto anulado?

El voto en blanco para mí lo que dice es: de todas estas cosas que existen no hay ninguna que me convenza lo suficiente como para poner el voto. El voto anulado es como que dijera: voto porque me obligaron a votar, pero muera la democracia, me da igual. Voto porque me obligan, pero reniego de esta farsa. Para mí es al revés. Yo creo que la democracia es algo que tenemos que desarrollar, preservar y que es un gran invento, es la forma pacífica de resolver aquello por lo que hasta hace nada nos cagamos a tortazos sistemáticamente. O sea, es un valorazo, lo que no quiere decir que sea perfecta ni que la representación sea perfecta. Entonces, para mí, el voto en blanco es: yo estoy de acuerdo con el sistema, pero ninguno me representa lo suficiente como para que yo confíe.

Incluso los antisistema terminan volviéndose fans del sistema.

Salle nunca fue antisistema. Encontró un hueco en la representación y se puso él. Entró él y la hija, falta que entre el perro. Los antisistema no entran en el Parlamento.

Las redes te preocupan, ¿no?

Bueno, hablando de polarización, yo creo que en Uruguay el lugar más polarizado que hay en el momento es X, y que también es una gran mentira, porque en realidad si hacés como hago yo, que bloqueás a los psicópatas, te das cuenta de que son setecientos u ochocientos psicópatas los que están envenenando la charla de medio millón de tipos. Una vez que sacás eso de arriba, la charla está buena. No me preocupa, pero veo que hay una radicalización de puntos de vista que tiene que ver también con esa cosa de las cámaras de eco. Te convencés que todos piensan lo mismo. Porque el algoritmo te va mostrando cosas que te radicalizan, se parecen a lo que vos ya pensabas y te confirman el prejuicio y se potencia el tráfico por la violencia. Estás jugando con unas reglas que no están diseñadas para que vos converses amablemente con nadie, sino para que alguien se enriquezca con tu rabia.

¿Eso tiene que ver con el anonimato?

Bueno, hay de todo. En general, los más zarpados son los anónimos, porque tienen esa cosa como de impunidad. En principio ni siquiera trato de hablar con anónimos. Volvemos a lo de la ciudadanía. ¿Cómo se ejerce la ciudadanía? Con tu identidad o tu presencia soberana. El anonimato es lo opuesto. Cualquiera puede decir cualquier demencia sin ningún coste, porque no es nadie. Creo que es como una microimpunidad que se va construyendo, que es que digo, por ahora es simbólica.

Influye en la conversación pública.

Lacalle anunciaba cuando bajaba un ministro en Twitter. En lugar de mandar primero al ámbito adecuado, lo publicaba en Twitter. Trump hizo destrozos desde la cuenta en Twitter. Es pesado. O sea, te ponen un recurso y vos lo usás. Antes de meter toda la conversación pública en ese lugar, pensá que estás jugando en un lugar que no es neutro. Es un lugar que es de un señor que lo maneja de determinada manera, que tiene determinada agenda y que no es necesariamente tu agenda como ciudadano.

Tampoco es toda la realidad, como cree mucha gente del círculo rojo.

Totalmente, y que todos piensan igual de zarpado que ellos. Claro, sea quien sea, puede ser el votante de la brigada García Pintos o el de la brigada Fernández Huidobro.

¿Cuál es tu burbuja?

Interesante. La de los bobos o la de los forros. O la de los que creen en los cambios lentos pero no les gusta. Yo qué sé.

¿Tratás de romper la burbuja o de salir de eso?

Sí, trato de ver cosas distintas. Y me pasa lo mismo con las lecturas también. No quiero leer siempre a los mismos. Tengo otros montones de tipos que leo, con los que muchas veces no estoy de acuerdo. Pienso: “Este es medio ultra” o “Este es medio facho”, pero los leo porque ninguno es nada de eso. Todos dicen alguna cosa interesante. Creo que lo más sano es tener varias burbujas y tratar de que no sean muy burbujas. X lo utilizo mucho más para leer cosas y para enterarme de cosas que para opinar. Y hay de todo. Sigo psiquiatras porque publican cosas interesantes.

¿Qué estás leyendo?

Justo ahora acabo de leer un libro de no ficción que se llama Chicas muertas, de una argentina que se llama Selva Almada. Pensé que me habían prestado una novela pero es un libro al estilo de Operación Masacre, en la que la tipa empieza a investigar los femicidios que han ocurrido. Empieza investigando tres, pero a lo largo del libro van apareciendo un montón. Me resultó increíble. La escritura es superperiodística pero es abrumador lo que describe. Me encantó porque está escrito como si fuera Rodolfo Walsh. Y ahora retomé El infinito en un junco, me gusta cómo escribe Irene Vallejo. Me encantó. Y después tengo ensayos para leer. Tengo uno que se llama: ¿Quién es fascista?, de un tal Emilio Gentile.

¿Cómo te informás?

Leo algunas cabeceras. No pago suscripciones. En la embajada hay suscripciones pero nunca me acuerdo de la contraseña. Entonces entro y miro Montevideo.com que levanta de todos lados y después voy y busco la fuente original. Para seguir la actualidad, pongo En Perspectiva y programas así, como más informativos.

¿Ves series de algún tipo?

Sí, un montón, sobre todo policiales. Hay una que se llama Departamento Q que está buena, es escocesa. Estoy viendo una que es vieja ,The Wire, que no la había visto antes. Me encantaría que hubiera más series de ciencia ficción, pero hay muy pocas en las plataformas. Aparte, le llaman ciencia ficción a las cosas de vampiros o zombies, entonces no hay mucha cosa. Después miro deporte. Sí, miro fútbol, un montón.

¿De qué cuadro sos hincha?

De ninguno, por eso miro deportes. Y hago algo mucho peor: miro beisbol.

Eso es porque estuviste en México.

Por eso. Es la única explicación porque nadie puede hacerse hincha del béisbol de adulto. Es genial, porque está el partido y vos podés ir a buscar comida a la cocina y cuando volvés no cambió nada. Me encanta el beisbol y miro fútbol americano también. Eso también me gusta. Yo jugué de chico también. Es buenísimo.

¿Tenés algún escritor de cabecera?

Ahora no tanto. Pero en los años más formativos el que fue importante para mí como lector fue Ross MacDonald, que empecé a leerlo como novela policial y después descubrí como una profundidad psicológica en los personajes. Raymond Chandler también fue importante. A Dashiell Hammet, en su momento, lo leí mucho, como esas cosas clásicas. Ray Bradbury, cuando era más chico. J. G. Ballard, un poco más de grande, me gusta un montón. Y después, yo que sé. Me pasa lo mismo cuando me dicen: “¿Cuáles son tus diez discos favoritos?”. No puedo. Te puedo decir los diez discos favoritos de esta semana, con suerte.

¿Cómo elegís el tema de la semana para la columna?

Y… depende. Hay días que llego al miércoles de mañana y no sé de qué carajo voy a escribir. Cuando digo que no sé de qué voy a escribir no quiere decir que llegue en blanco. Hay días que, por ejemplo, el domingo ya me pongo a leer y leer. Después hay otros que de repente estaba pensando entre tres o cuatro cosas. Pero también trato de entregar el miércoles porque de repente el tema tuvo derivaciones o terminó en nada. Entonces vos salís con una columna toda prendida fuego y ya el tema se extinguió y nadie se acuerda. Entonces trato como de empujar más sobre la fecha, por un lado. Pero, además, si me preguntás cómo elijo el tema, no sé, pero sí te puedo decir que las columnas son siempre un intento de intentar explicarme a mí algo que me está rompiendo las pelotas o qué está pasando allá afuera. Algunas veces es político, a veces es otro tema. Por ejemplo, le dediqué como tres columnas a todo el tema de Spotify porque me parecía insólito el nivel de desconocimiento que había respecto de lo que estaba pasando. Nadie entendía dónde estaba el eje de la problemática. Hice tres columnas y me parece que tampoco nadie lo entendió. Pero digo que a veces el tema está ahí o aparece. Por ejemplo, una vez llega un miércoles de mañana, no sé de qué escribir y va Presidencia y sube los antecedentes de aquel colono y dije: esto es la columna. Por lo general, el tema surge de algo que leí o de una charla.

¿Cómo te sentiste en la tele?

Incómodo y se notaba. El programa estaba diseñado como una cosa bipolar. Era indios contra vaqueros. Y como yo no era quedaba en el medio. Cuando los temas llegaban a mí ya Brenta y Raffo habían convertido eso en un blanco y negro. Yo no quería hablar en estos términos que estaban hablando, porque me parece que está mal. Alguna vez lo dije. Y que hicieron que cuando el tema era enredado, complicado, me hacían empezar a mí, con lo cual me complicaba también la existencia. Lo que sí me di cuenta era que no había mucho espacio para explicar las cosas que no son claras.

¿Era más show que información?

Ni siquiera show. Yo creo que estaba pensado para hacer una especie de réplica entre gobierno y oposición. Entonces todas las temáticas venían como empapadas de eso. Igual, cuando aparecían temas como la eutanasia y el corte no era gobierno versus oposición, aparecían cosas interesantes. Vino Miguel Pastorino, de la Católica, un tipo inteligente. Y el choque en ese programa no fue derecha e izquierda, fue Pastorino con Pancho. Se empezó a picar entre ellos dos. Y fue interesante porque el eje ahí ya no era gobierno y oposición, era toda una cosa mucho más complicada y con argumentos. Y como los dos tenían nivel, había un entrecruce. Yo, que estaba casi de espectador, lo disfruté porque dije: acá pasó algo que no es habitual en la televisión: que haya un debate sobre la eutanasia entre un tipo que es una especie de teólogo y un tipo que aparentemente es un conservador, pero que en este tema no es un conservador y que está diciendo cosas que son inteligentes.

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