Uruguay está atrapado en ciertas viejas formas de hacer política, a la vez que se insinúan, se asoman nuevas y buenas formas de hacer política. Como bien decía Italo Calvino de quienes construyen ciudades justas, es necesario reconocerlos, apoyarlos y darles espacio; hay que buscarlos y reconocerlos porque están inextricablemente mezclados con quienes no.
En estos días vemos pelear, con suerte diversa, las dos formas de hacer política. Algunos reconocimientos. El nuevo Presidente del INISA, Jaime Saavedra, diciendo que el problema no es la plata, definiendo metas y que “todo tiene que ser rápido”. Su preocupación son los adolescentes en conflicto con la ley, los resultados, las estrategias, la plata no es el problema. Otro reconocimiento, la mayoría del CODICEN (sin el apoyo de los delegados docentes) resolviendo estudiar qué mantener y qué cambiar de la Transformación Educativa y del currículo del gobierno anterior. Fue una decisión que resultó contrapuesta a las acordadas entre el director general de Secundaria y la FENAPES, que resolvieron restauración irrestricta ya de todo lo que existía antes del 2019, lo anterior por definición es mejor. Igual que hizo el Ministerio de Educación con la normativa sobre universidades, no cambiar, sino volver al 2019. La educación es un duro campo de lucha entre las nuevas formas de hacer política y las inercias, que en esta área son especialmente potentes. Tercer reconocimiento, las medidas tomadas por el Ministerio de Economía y Finanzas para atender la situación del comercio y el empleo en las zonas de frontera. Esta es una decisión tomada, que ha sido ampliamente apreciada.
Los uruguayos estamos atrapados en varias viejas y malas formas de hacer política. Desde las últimas décadas del siglo pasado nos agobia la pugna distributiva, que arriesga reducir la política a la asignación de recursos. La etapa de elaboración presupuestal en la que estamos es un buen ejemplo, como es habitual se discute mucho más sobre cuánto para cada oficina, que sobre sus metas y estrategias. Casi todo es incremental. Hay muchos menos niños, pero se siguen creando escuelas, pensar en cerrar o racionalizar parece que violara derechos. Estamos aprisionados por viejos privilegios, como por ejemplo el régimen de faltas por enfermedad de los empleados públicos, convertidos con el tiempo en derechos adquiridos, que ni las leyes logran revisar…y que todos seguimos mansamente pagando.
Ojo también hay formas de hacer política viejas y buenas, el problema es que nos encandilan, esconden y protegen a las perniciosas y hacen que las mejoras y cambios sean difíciles y duros.
Las nuevas y buenas formas de hacer política, que con dificultades se generando tienen varios rasgos que las distinguen. No creen mágicamente en la plata, ella no genera mejores políticas, incluso a veces puede ser un problema. Como dijo Jaime Saavedra, con los recursos que tenemos podemos hacer muchísimo. La preocupación es la gente y los resultados. Tampoco están maniatadas por los llamados costos políticos. Los cambios generan problemas, que incluso pueden llegar a renuncias, como pasó con el INISA. Esto no quiere decir que no se necesiten conversaciones y apoyos, pero no al precio de desvirtuar objetivos y servicios, de poner la función al servicio del funcionario, dándoles capacidad de veto. Como pasó con la Transformación Educativa y con las medidas económicas para la frontera, arriesgan experimentar frente a los problemas persistentes, no se paralizan en diálogos interminables y repetidos, prueban, monitorean, evalúan y si es necesario cambian.
Unas y otras formas no están repartidas entre gobierno y oposición, ambas están en los dos. Lo que no quita las diferencias. Una más arraigada y amplia convicción democrática y liberal de la política y el estado facilita la innovación y el cambio. Por el contrario, una concepción de izquierda equivocada que confunde equidad con estatismo y corporativismo, la obstaculiza.