Cinemateca, en su constante afán por difundir lo mejor del cine de todos los tiempos, exhibe, durante todo el mes de diciembre, un ciclo dedicado a la talentosa actriz Faye Dunaway. El ciclo, que destaca por su variedad, incluye recordados títulos como “Los tres días del cóndor”; “Barrio chino”, “Poder que mata”, “Pequeño gran hombre”, “Mamita querida” y “Los ojos de Laura Mars”.
Empero, tal vez el film más memorable sea “Bonnie y Clyde” (1967), de Arthur Penn, un clásico del género negro que ofrece un fresco de la sociedad norteamericana de post Depresión, recreando la historia de dos míticos delincuentes de los años treinta.
El cine norteamericano de los años sesenta del pasado siglo abunda en películas rupturistas, acompañando no solamente un cambio de paradigma cultural, sino también reflejando la agitación social de una de las décadas más convulsas de la historia de los Estados Unidos, lo que coadyuvó a generar un cine iconoclasta y contestatario.
El tan mentado “Sueño Americano” se caía a pedazos. Quizá por eso, como una suerte de paralelismo, el director Arthur Penn decidió revisitar la Norteamérica de mediados de los años treinta, una nación que aún no se había recuperado de la crisis de 1929.
El medio Oeste y el Sur, de estados apenas industrializados y rurales, fueron las zonas que más padecieron la crisis, con familias que perdieron su escaso capital, sus tierras o sus casas a manos de los bancos, condenados a vidas nómades y habitando destartaladas cachilas como improvisado hogar.
Aquel país, diezmado por las bandas de crimen organizado y el hambre, es el que se retrata en “Bonnie y Clyde”. La historia en la cual se basa el filme, muy libremente en algunos casos, es real: el raid delictivo de una pareja de ladrones que concitaron admiración y repulsa por partes iguales en aquella Norteamérica profunda, herida por la violencia y la desesperanza. Mitificada por los medios de comunicación, que los elevó a la categoría de justicieros sociales, la pareja, conformada por Bonnie Parker y Clyde Barrow, forjó su leyenda mediante audaces asaltos, sangrientos asesinatos, salvajes tiroteos y frenéticas persecuciones.
La película, interpretada magistralmente por unos jóvenes Faye Dunaway y Warren Beatty, se toma muchas licencias, si se la compara con los acontecimientos reales y lo que se sabe de la historia de ambos forajidos y su banda.
Sin embargo, su carrera delictiva y sus vidas funcionan apenas como una excusa para retratar aquel país alejado del glamour de las producciones cinematográficas de la época dorada de Hollywood. Aquella “ realidad” prefabricada en un estudio de cine, contrastaba con una sociedad que no lograba recuperarse del impacto de la “ Gran Depresión” y sus devastadoras consecuencias.
Por esos polvorientos caminos, entre los cultivos resecos y abandonados, los ranchos vacíos, las caravanas de indigentes y las heridas aun sangrantes de una nación moribunda, se mete la cámara del director Arthur Penn, para mirar a la gente a los ojos, siguiendo la tragicómica odisea de pobreza y crimen de Bonnie y Clyde. Ella, una infeliz camarera anclada en Texas, y él, un ex convicto sin oficio ni perspectivas de futuro, fueron armando una banda que se tornó célebre, admirada por el ciudadano de a pie, aquel que lo había perdido todo entre las garras de una corporación o un banco, y veía en la pareja de ladrones una especie de reivindicación social contra el poder.
En ese contexto, eran visualizados como un par de “Robin Hood” modernos. Bonnie Parker solía tomar fotografías de la banda y escribir poemas que relataban, a modo de moderno cantar de gesta, las peripecias de la gavilla, y mandarlos a los periódicos.
.La banda sonora, que por momentos otorga un tono de comedia a algunas de las escenas más violentas de la película, procura parodiar al propio género de gánsters, aunque la obra trasciende ampliamente dicha calificación.
Mostrando como nunca antes en el cine la violencia con inusitada crudeza, no solamente la violencia armada, la sangre, la pólvora, las muertes, sino también la desolación, el abandono, la falta de esperanza de seres hundidos en una supervivencia sin salida, “Bonnie y Clyde”, donde brilla además el emblemático Gene Hackman, funciona como enfermiza historia de amor, como drama, como cine negro del mejor, pero, además, como un fresco histórico que rescata una dramática época para la sociedad norteamericana, de esas que el idealizado cine de industria, hasta aquel entonces, solía soslayar.







