Habría que hacer una búsqueda profunda para hallar en la discografía uruguaya un álbum como “Todo depende” (1986), de Mariana Ingold. Publicado en plena posdictadura y al que todavía se le nota cierta capa grisácea, plomiza, característica del período. La actividad de MI, por aquellos años, estaba repartida entre Travesía y su desempeño como corista de varias figuras importantes de la música popular. Esta última línea de trabajo es la que permitió que surgieran los nombres de referentes con quienes había colaborado históricamente. Jaime Roos, Eduardo Mateo, Leo Maslíah y Fernando Cabrera aparecieron como arregladores per se, por ser admiradores de las canciones escritas por la cantante, pianista y compositora montevideana. Pero, ¿cómo fue posible que tanto talento musical distinto y personal conviviera con la estética de otro talento que además era mujer? Ese fue el secreto de este álbum, que se puede catalogar como de los más ricos y deslumbrantes de la música uruguaya. Estuvo dirigido por Guilherme de Alencar Pinto, quien trabajó en diversas áreas, cuidando los detalles de una producción ambiciosa y compleja.
La apertura es un número fuerte porque “Cara a cara” tuvo como arreglador nada menos que a Jaime Roos, quien introdujo una estética inesperada; una especie de anticipación de “7 y 3” (se trata de la misma instrumentación: caja de ritmos Roland, las guitarras de Pablo Faragó y el bajo de Jorge Nasser). Las voces “aéreas” suenan espectrales, como una fantasmagoría murguera. El texto de Mariana es contundente: “te estoy reclamando como eras/ te busco donde ya no estás/ la vida es distinta aunque no creas/ vos te vas más y más atrás//como no te gusta más tu historia/ tas inventado una mejor/ahora no te queda ni memoria/ de lo que hiciste y lo que no”. En “Co-autoría” el color Mateo se cuela en todo el arreglo, basado en su característico estilo percusivo. El texto –sorprendente–describe sin pudor un encuentro sexual de “cinco horas (…)” con el desenlace natural “que en nueve meses mar adentro/ sin cordillera, mar apenas/ y que valdrán la pena”. No he leído en toda la literatura cancionística uruguaya femenina un texto tan sugerente y sensual, y al mismo tiempo, con tanta ironía.
Para los que afirman que nuestra música popular es triste y aburrida los invito a escuchar “Daños y perjuicios”. Especie de delicioso “merengue” con todo el sabor y el sarcasmo “parezco zombi/ subo y bajo errada/ confundo bondis/ pensando en vos/ todo equivoco/ voté la otra lista/ ya no uso el coco/ pensando en vos”. El estribo tiene tanto o más “gancho” que un hit de Juan Luis Guerra: “magia negra, que algún brebaje/ me lo haga entrar en acción/ que lo beba y la vida entera/ sienta mi misma pasión”.
En “Fue ayer”, el arreglo (Eduardo Mateo) resulta tan contundente como para que nos asalte la belleza. El “toco” –rítmica inventada por el propio Mateo y “Chichito” Cabral en los años 60– permite que la canción se eleve. Las guitarras van creando enigmáticas sensaciones, hasta contradictorias (luz/oscuridad), y por lo bajo se escucha un coro masculino que nos conecta directamente con El Kinto. Nada es en vano.
El arreglo de “Túnel del tiempo” está firmado por Leo Maslíah. La métrica de la melodía es una milonga que se difuminó transformándose en algo alienígena; como si un músico del futuro la hubiera trasplantado al presente “una tarde de verano/ fuimos al Parque Rodó/ me llevaron de la mano/ hasta que ésta se soltó”. Las voces secundarias (de MI) suenan robóticas, maquinales, misteriosas. Otro arreglo de Maslíah para el disco fue “Desvarío”. Aquí estamos frente a una de las canciones más electrizantes y dramáticas que se hayan escrito en nuestro país. Rítmicamente es una murga. Pero al escucharla lo técnico pasa de largo, por lo que generan su melodía, texto y contracanto “cómo fue que pude caer/ después de tantos años que no dudé/ yo no quería, no debía/ tenía que vencer// casi que ya estaba habituada/ a mantenerme al vacío amarrada/ mal sanada, malherida/ sin esperar casi nada”. La mujer protagonista relata su pasaje de compañera fiel de un recluso a su “verdugo”, por haberse enamorado (afuera) de alguien más. El texto es descarnado “mudé de imagen como en un santiamén/ hoy soy verdugo en lugar de rehén/ cavé mi fosa lejos de la de él”. La melodía vocal (el contracanto) que teje LM ahonda el dramatismo, como en una especie de parábola del dolor “cómo decirle que ya no puede ser/ que cuando salga ya no tendrá más mujer/ su mujer será de otro que ocupó su papel”.
En el único arreglo de Fernando Cabrera para el disco, está la obra más “política”, o donde Mariana habló más directamente sobre el momento socio-cultural del Uruguay de posdictadura “mañana qué seré/ mañana qué será/ quién sabe si podré/ quién sabe si podrá/ saber cuántos seremos/ por dónde andaremos/ quién aún quedará”. La pieza más clásica dentro del repertorio y con mucho de MPB (Música Popular Brasilera): “quién mandará a lavar/ aquel viejo uniforme/ que solió manchar/ al mantener el orden/ jugando a la patria/ la de Frank Sinatra/ y no la de Zelmar”. Cantada a dúo con Cabrera y preparando el cierre de un trabajo complejo, sorprendente y que tiene (todavía hoy) bastante para analizar, en un momento donde la música parece haberse olvidado de la música. Jaime Roos había grabado una nana “invertida” en “Para espantar el sueño” titulada “Duérmase la mama”. Mariana hizo algo por el estilo en “Asiestar”, donde irónicamente una mujer le pide a su pareja que “asieste”, para estar más dispuesto a la hora del juego sexual “dormite ya/ dormite ya/ que esta siestita/ te va a descansar”. “Todo depende”, de Mariana Ingold, es un álbum que todo aquel que no lo conozca debería escuchar.
Ilustración: Oscar Larroca







