En estos días se presenta el libro “Juntacadáveres, el caos vital”, que repasa la historia de un lugar de encuentro legendario y rodeado de historias y leyendas.
¿Cómo surge la idea de hacer este libro?
Pensamos inicialmente este trabajo como un fotolibro en el que las imágenes parlantes guiaran al lector en su interpretación sobre las historias que se sucedieron en el boliche Juntacadáveres. Contábamos con que existía un extenso archivo fotográfico creado por Raúl Burguez sobre el boliche. Ese archivo, al que demoramos dos años en acceder, no era más que un fondo con una decena de fotos. Mientras reuníamos los fondos personales de fotografías realizadas por personas aficionadas, fuimos comprendiendo que las imágenes no hablan por sí solas, que la cantidad reunida era escueta, que las imágenes son un acto en sí, no dicen la verdad porque constituyen una tajada que deja fuera todo lo otro que no entra en el encuadre y, en definitiva, quienes ordenan la disposición de las imágenes en páginas terminan siendo sus autores en una interesante tensión con el editor. Rápidamente, junto con Claudio Burguez, Adriana Filgueiras y Gabriel Peveroni, fuimos entendiendo las dificultades que se presentaban para crear un archivo que lograse representar las arborescentes capas de artes que allí tuvieron lugar y las diferentes ramas por las que se descolgaba el boliche. La insuficiencia de material fotográfico generó que el proyecto original virara y, consigo, los diversos intereses de quienes nos acompañaron en primera instancia. Algunos nos quedamos prendidos como niños de las ramas de ese árbol. Quisiera agradecer a Adriana Filgueiras quien me acompañó en todo el proceso de investigación y a Manuel Carballa, el editor de alter que confió en nuestro trabajo.
¿Por qué es importante contar la historia de este lugar legendario?
Juntacadáveres, el boliche fue un caldo prebiótico para la historia del underground montevideano porque allí emergieron múltiples artistas que a inicios de los noventa no tenían otro lugar para desarrollar sus artes. Juntacadáveres hizo dialogar el rock con el teatro, la performance, la danza, la instalación, la plástica y el dibujo. Fue un espacio muy importante para la escena del rock posdictadura en un momento donde existía un pronunciado declive de la movida de la segunda ola que había arrancado en 1985 y prácticamente desaparece en 1989 cuando el sello Orfeo cierra; se disuelven Los Traidores, Los Tontos y Los Estómagos y hay un declive también de las publicaciones subtes. Juntacadáveres va a reunir a aquellas bandas que no tienen un lugar para tocar en Montevideo. Fue muy importante porque reunió a las desobediencias sexuales de aquel momento. Personas gays, lesbianas y trans que no encontraban espacios en otros boliches en Montevideo comenzaron a frecuentar el Junta, porque era un lugar donde no se sentían discriminadas. Allí se mezclaba estas personas con una fauna muy particular compuesta por bohemios, lumpenes poetas, músicos, escritores, actores y actrices. En un país de cuerpos torturados, silenciados, mutilados, encorsetados y llenos de miedos, Juntacadáveres fue un espacio descomprimido, donde los cuerpos se restituían, recuperando su libertad. Todo acto de placer y de goce fue señalado como perverso, perturbador y amenazante. Los boliches y la reapropiación de los espacios urbanos contrastaban con el afuera ordenadamente trágico y represivo. Recordemos que aún existían las razzias policiales contra la juventud desobediente. Allí se cambiaba el aislamiento, la clandestinidad y la autocensura por la colectivización, la liberación y la creatividad. Esto no fue muy bien visto ni por la izquierda partidaria o aquella reunida en organizaciones sindícales y gremiales que veían el rock como una influencia foránea del imperialismo en las mentes de los jóvenes. Tampoco fue bien vista por la derecha que veía el rock como una expresión de obscenidad y decadencia. Esos espacios de reposición patriarcal contrastaban con estas experiencias de liberación del placer y del goce de los cuerpos.
¿Cómo fue el proceso de “reconstruir” la historia de Juntacadaveres?
Fue un proceso largo, lento, pero muy divertido. A mí me apasiona lo que hago y por tanto no tengo problemas de pasarme tres años investigando, como sucedió con este proyecto. La metodología utilizada incorpora el relato oral, las fuentes escritas en recortes de los suplementos culturales de prensa periódica y el uso de la fotografía. Desde el inicio nos propusimos generar una interpretación partiendo desde la historia social desde abajo, donde los protagonistas de aquella escena puedan, a través de una metodología de investigación basada en la entrevista, amplificar sus voces articuladas a una narrativa que se desmarca de los trabajos periodísticos sobre el tema, que centran la mirada únicamente en la escena rockera del boliche que se sucedió en su última etapa.
¿Hubo algún aspecto que quisiste contar especialmente?
Varios. Por un lado, quise quitar al boliche de ese lugar mítico en el que se lo ha situado para restituirle en una dimensión que se vincule un poco más equilibradamente con lo que realmente sucedió allí. Todos tienen derecho a recuperar su pasado, pero no hay razón para erigir un culto a la memoria por la memoria misma. El Junta se ha convertido, para los amateurs —amar/hacer—, en un residuo oscuro y atractivo donde iluminar aquellas microrresistencias halladas en subtextos de disidencia cultural que derivan, muchas veces, en interpretaciones caricaturescas. ¿Centro cultural? ¿Pub? ¿Apenas un esbozo de su idea original? Este trabajo pretende cuestionar la narrativa ocultista y de culto, para construir una interpretación que aporte lucidez al imaginario que se ha construido sobre este boliche y lo que giraba en su contexto. Sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril. El cometido de esta investigación es reconstruir historia(s) sobre Juntacadáveres que nos inviten a reflexionar dónde encuentra su memoria, un espacio, en los territorios de hoy.





