IA: ¿Qué de lo humano preservaremos? por Miguel Pastorino

Hay una pregunta política que está en el fondo de casi todos los debates que se vienen: ¿qué de lo humano queremos preservar en medio de la disrupción tecnológica? No es una pregunta teórica. Es la más concreta y urgente que podemos hacernos, precisamente porque la velocidad del cambio nos empuja a adaptarnos antes de que hayamos decidido hacia dónde queremos ir. Nos empuja a vivir de una manera antes de poder pensar si es eso lo que queremos. Y cuando una sociedad se adapta sin deliberar, no elige su futuro: lo acepta, ya sea por comodidad o por resignación. Y es que lo que la política no regula, lo regularán los algoritmos. Lo que la cultura no transmite, se pierde sin que nadie lo note hasta que ya es tarde.

La trampa de la adaptación sin deliberación

Cada gran revolución tecnológica transformó la vida humana y eso no es ninguna novedad. Lo que distingue a esta no es solo la velocidad, sino algo más profundo: por primera vez, la tecnología no solo amplía lo que podemos hacer, sino que modifica los procesos mediante los cuales pensamos, decidimos y nos relacionamos. No es una herramienta que usamos: es un entorno que nos moldea y reconfigura nuestras ideas, creencias, relaciones y acciones cotidianas. No es la inteligencia artificial en abstracto, sino ciertos modelos de implementación y diseño orientados a maximizar la captura de nuestra atención o eficiencia operativa, los que producen estos efectos.

El problema no es el cambio en sí, sino que ocurra sin que lo veamos, sin que lo podamos decidir conscientemente cuando nos impacta directamente. Impulsado por la lógica de la productividad y la eficiencia, por la presión de lo urgente, por plataformas diseñadas para capturar nuestra atención y no para mejorar nuestras vidas, el avance de la tecnología tiene una prédica determinista: “esto no se puede parar”. Cuando nadie decide, igual se decide: a favor de quien tiene más interés en que las cosas sigan como están.

El resultado ya está a la vista en Uruguay como en todas partes: Un profesor que ya no sabe cómo recuperar la atención de sus alumnos, trabajadores con miedo al futuro del empleo, familias llenas de incertidumbre sobre cómo educar a sus hijos, adolescentes con una soledad que asusta, ancianos que no saben cómo hacer un trámite cuando ya no hay ventanilla ni teléfono a donde acudir. Estas no son anécdotas: son síntomas de una transformación que avanza más rápido que nuestra capacidad social de procesarla, y mucho más rápido que nuestra capacidad institucional de responder.

Adaptarse es necesario; adaptarse sin reflexionar es una renuncia a la libertad. Y una sociedad que renuncia a preguntarse hacia dónde va, ya está yendo hacia algún lado que no pensó. Por eso lo grave no son los cambios, sino la pasividad.

Tres pérdidas que no aparecen en las estadísticas

Cuando se habla del impacto tecnológico en Uruguay, el debate suele girar en torno a empleos, productividad, brecha digital, regulación. Son debates necesarios. Pero hay pérdidas más silenciosas que no aparecen en las encuestas y que sin embargo pueden ser las más costosas a largo plazo.

La primera es la capacidad de atención sostenida. Pensar en profundidad, leer con concentración, sostener una conversación sin fragmentación permanente, son habilidades que empiezan a escasear. Y no son decorativas, sino que son la base del juicio crítico, del aprendizaje genuino, de la empatía, de la deliberación democrática. Y están siendo erosionadas sistemáticamente, no por descuido sino por diseño y lo vivimos con cierta ingenuidad y naturalidad.  Las plataformas están construidas para interrumpir, para mantener al usuario en un estado de estimulación continua que impide el pensamiento reposado y reflexivo. Existe ya abundante literatura sobre economía de la atención y efectos cognitivos de la hiperconectividad que documenta estas dinámicas. ¿Cuál es la gravedad política del asunto? Que una ciudadanía incapaz de atención profunda es más fácil de manipular e incapaz de crear relaciones de confianza, y por ello tiene más dificultades para construir vida en común.

La segunda pérdida es la del juicio moral situado. La inteligencia artificial puede procesar millones de casos y ofrecer recomendaciones estadísticamente óptimas. Pero no puede sentir el peso de una decisión que afecta a una persona concreta, en una situación irrepetible, con toda su historia y su fragilidad. El juicio moral no es la aplicación de una regla a un caso: es la capacidad de discernir en la complejidad, de reconocer lo que no encaja en ninguna categoría, de hacerse cargo de las consecuencias. Eso requiere una conciencia que se pregunte por el bien y no solo por la eficiencia, requiere responsabilidad ante el otro.

El peligro real no es que la IA decida mal, sino que nos acostumbremos a que decida por nosotros y perdamos la habilidad de hacerlo nosotros mismos. No de golpe, sino poco a poco, por comodidad, por fatiga, por la tentación de delegar lo difícil. Y cuando ese “músculo” se atrofia en una sociedad, no se recupera fácilmente y se normaliza. No se trata de negar el valor de los sistemas de asistencia algorítmica, sino de advertir el desplazamiento progresivo de responsabilidad cuando la decisión humana se vuelve meramente formal. Una democracia de ciudadanos que ya no ejercen el juicio propio es una democracia nominal y frágil.

La tercera pérdida, quizás la más difícil de medir, es la del vínculo humano no mediado. La relación entre padres e hijos, entre maestro y alumno, entre vecinos, que se construye en el tiempo compartido, en la presencia física, en la conversación sin otro propósito que estar juntos, es algo de lo que ya muchos sienten nostalgia. Las plataformas prometen conexión, y en muchos casos la facilitan. Sacamos fotos a todo, pero no recordamos con profundidad lo vivido porque estábamos más ocupados en registrarlo que en experimentarlo. La conexión digital y el vínculo humano no son equivalentes, aunque se parezcan y de hecho, un abrazo no es lo mismo que un emoji, una conversación cara a cara no es un chat.

Hay investigaciones que documentan el aumento sostenido de la soledad, la ansiedad y la depresión en jóvenes con alta conectividad digital. No es paradójico: es la consecuencia lógica de confundir el contacto con el vínculo. Una sociedad que pierde la capacidad de construir vínculos profundos pierde también su tejido de sostenimiento mutuo, eso que en Uruguay llamamos con orgullo solidaridad, y que no nace de las instituciones sino de la cultura y la sensibilidad social. 

Lo que la política tiende a ignorar

Hay una razón por la que estas pérdidas no dominan la agenda política: no producen urgencias visibles. Un empleo que desaparece genera una demanda concreta, medible, con fecha. La erosión de la atención, del juicio o del vínculo es gradual, difusa, difícil de atribuir a una causa única. La política cortoplacista, que vive en el ciclo de lo urgente, tiende a ignorar aquello que trasciende la coyuntura y que no controla, aunque sus consecuencias sean graves y de largo impacto.

Pero hay otra razón, menos cómoda: reconocer estas pérdidas implica hacerse preguntas molestas sobre el modelo de desarrollo tecnológico que estamos aceptando sin demasiada discusión. Implica cuestionarle el diseño a plataformas que tienen más poder sobre la formación de opinión pública que cualquier medio tradicional.

El entusiasmo tecnológico es comprensible y en buena medida justificado. Pero el entusiasmo no puede ser una coartada para la falta de pensamiento crítico. Admirar la innovación y regularla responsablemente no son actitudes contradictorias: son las dos caras de una política tecnológica madura y responsable. Regular no es sustituir al mercado ni bloquear la innovación, sino establecer condiciones de juego compatibles con la dignidad humana y la democracia.

Una pregunta que le corresponde a la política

Un humanismo tecnológico —como orientación política y no solo como reflexión intelectual— exige exactamente eso: reclamar el derecho social a deliberar, a no adaptarse por inercia, a preguntarse, antes de implementar, antes de regular, antes de innovar: ¿esto ensancha la libertad real de las personas o las hace más dependientes? ¿Fortalece los vínculos que nos construyen como sociedad o los debilita? ¿Incluye a quienes tienen menos o profundiza la brecha?

Las regulaciones sobre inteligencia artificial, el uso de dispositivos en las aulas, la protección de menores en entornos digitales, el acceso equitativo a las nuevas tecnologías, los límites de la vigilancia algorítmica: todas esas decisiones están definiendo en este momento qué tipo de sociedad vamos a ser.

Hay una confusión que conviene despejar: pensar que la respuesta humanista a la disrupción tecnológica es conservadora o regresiva. No lo es. No se trata de frenar la innovación ni de añorar el mundo analógico, sino que se trata de algo más exigente: de orientar la innovación hacia fines que valgan la pena. De subordinar la eficiencia al bien. De recordar que la tecnología es un medio, y que los medios no justifican cualquier fin.

El verdadero conservadurismo en este debate no está en quienes piden regulación y deliberación. Está en quienes aceptan el cambio tecnológico tal como viene, sin cuestionarlo, como si fuera una fuerza natural ante la que solo cabe adaptarse. Esa resignación disfrazada de pragmatismo es la renuncia más costosa.

El riesgo no es la máquina, sino la renuncia a pensar

Lo más inquietante no es lo que la tecnología puede hacer, sino lo que nosotros podemos dejar de hacer si nos acostumbramos a delegar el juicio y el pensamiento propio. No nos domina mediante la represión sino mediante la comodidad. Y esa comodidad es políticamente peligrosa porque desmoviliza, porque anestesia, porque convierte al ciudadano activo en usuario pasivo.

El ciudadano que delibera, que construye opinión a partir de información plural y contrastada, que asume la responsabilidad de sus decisiones políticas y morales, no nace espontáneamente. Es el producto de una cultura, de una educación humanista, de instituciones que lo forman y lo sostienen. Cuando esa cultura se erosiona, la democracia conserva las formas —las elecciones, los parlamentos, los partidos— pero pierde lo esencial: una ciudadanía lúcida, crítica, libre y responsable de su destino.

Uruguay tiene una oportunidad real en este momento. No la de ganar la carrera tecnológica global, obviamente, sino algo más difícil y valioso: integrar la innovación sin sacrificar lo que nos define. Una identidad construida sobre confianza institucional, sobre tejido social, sobre una cultura democrática que valora el debate, la responsabilidad y el largo plazo. Eso no se preserva automáticamente, sino que requiere decisiones, recursos, voluntad política, y sobre todo una clase dirigente dispuesta a hacerse preguntas que no tienen respuesta fácil.

¿Qué de lo humano queremos preservar?

Si uno se pregunta qué debemos preservar de lo humano, pienso en la conciencia de que somos más que nuestros datos y en la capacidad de pensar despacio en un mundo que todo lo acelera. Pienso en el juicio moral que no se delega, en los vínculos que nos constituyen y que no se sustituyen por virtuales. Pienso en la memoria de lo que costó construir lo que tenemos. Ortega y Gasset advertía ya en 1930, en La Rebelión de las Masas, que no podemos creer que la sociedad funciona por generación espontánea: es preciso cuidarla. Y Hans Jonas nos recordó la responsabilidad ante las generaciones futuras, porque nuestras decisiones impactarán sobre los que vendrán.

Preservar todo esto no es una tarea cultural en el margen de la agenda política. Es la condición de posibilidad de todo lo demás. Porque una sociedad que pierde estas capacidades puede tener la tecnología más avanzada del mundo y seguir siendo una sociedad empobrecida, primitiva, tanto intelectual como moralmente.

La pregunta debe hacerse en voz alta, en el espacio público, con tiempo y con seriedad. No hay una respuesta única ni definitiva, pero evitar la pregunta sí tiene consecuencias.

Podemos celebrar cada avance, adaptarnos con entusiasmo y confiar en que el mercado, la técnica o la inercia resolverán lo demás. También podemos hacer algo más exigente: detenernos a pensar qué estamos delegando cuando delegamos, qué estamos debilitando cuando todo se vuelve más cómodo.

Como advirtió también Ortega, las sociedades no se degradan de un día para otro, sino que se acostumbran a la mediocridad, se adaptan, y normalizan lo que lúcidamente jamás hubieran aceptado. Y cuando finalmente advierten lo que han cedido, ya no recuerdan en qué momento lo consideraron negociable.

La inteligencia artificial será cada vez más poderosa y eficiente. Ya nos supera significativamente en muchas tareas y a una gran velocidad. La pregunta es otra: si nosotros seguiremos siendo capaces de deliberar, de asumir responsabilidad, de sostener vínculos que no se optimizan ni se automatizan. Tal vez dentro de algunos años no discutamos si la tecnología avanzó demasiado rápido, sino por qué fuimos tan rápidos en renunciar a pensar.

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