impredecible no es sinónimo de azaroso por Ernesto Kreimerman

En la anterior columna, que titulé “En manos de gente impredecible”, di por sentado que para todos era y es importante la construcción de escenarios políticos, económicos, legales, etc. previsibles, de modo de agregar una característica fundamental a la gobernabilidad de cualquier organización de cualquier escala. Dejaba constancia también que estos tiempos de imprevisión estaban signados por un sentido autocrático del poder constituido y devaluado, afecto hoy a soluciones mediáticas que poco o nada tienen que ver con la realidad y, cada vez más, con la legalidad.

Advertía también que “impredecible no es sinónimo de azaroso. Más bien se parece a opacidad…”, en un largo proceso de desdibujamiento de las cuestiones esenciales del estado, que tiene que ver con las renuncias a cuestiones soberanas, que lenta e incontenible se fue instalando y extendiendo por el planeta. Primero como beneficios para unos pocos, luego ampliando esa práctica de excepciones que dieron por la vía de la singularidad, con una excepcionalidad de pretendida solidez jurídica a las cada vez más agrega inocultables asimetrías. Es decir, de consolidación de la concentración de la riqueza y del poder, y fundamentalmente, de su soporte jurídico. En suma, aquello que se denominó superestructura. Precisamente, refiere “al conjunto de elementos jurídicos, políticos, ideológicos y culturales que se desarrollan sobre la base económica o infraestructura de una sociedad. Esta incluye instituciones como el Estado, el derecho, la religión, la filosofía, la moral y el arte. La superestructura está condicionada por las relaciones de producción y refleja las contradicciones de clase inherentes a la infraestructura económica”.

Como parte de este conjunto de definiciones, está el concepto de infraestructura. Refiere a la base material de la sociedad que determina la estructura social, el desarrollo y el cambio social. Ella incluye las fuerzas productivas y las relaciones de producción. De ella depende la superestructura, es decir, el conjunto de elementos de la vida social dependientes de la infraestructura, como por ejemplo: las formas jurídicas, políticas, artísticas, filosóficas y religiosas de un momento histórico concreto. Los aspectos estructurales tienen que ver con la organización misma de la sociedad, las reglas que vinculan a sus miembros, y el modo de organizar la producción de bienes”. Según esta norma, el cuestionamiento de la historia, el factor en última instancia lo que determina es la historia y es la producción y la reproducción de la vida real (Engels, carta). No es, por cierto, el único determinante. También está demás insistir sobre unos beneficios, pero la cuestión iba llegando, incomodando a esas zafras.

Los en que la situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levantan (léase ”ya por las formas políticas de la lucha de intereses y/o también por las cuestiones jurídicas, las Constituciones que después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante,  las formas jurídicas que le aseguren un retorno o dividendo, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas- ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma”.  Ella es la expresión de “un juego mutuo de acciones y reacciones entre factores, en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento económico. De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera, sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado. Aquella voz “amiga” era la de Federico Engels.

Entonces, ¿qué es…

“No nos representan” es una afirmación. Este concepto de representación ha llegado hasta la actualidad a partir de la palabra latina repraesentare, que hacía y hace referencia a la encarnación de algo que estaba ausente, sin que existiera un equivalente griego para igualar, desde otro presente, al concepto. De tal modo que en un principio la representación no estaba ligada a los gobiernos y a las instituciones políticas, sino que ha sido necesaria una evolución de esta idea que, atravesando concilios eclesiales, estancias parlamentarias y diferentes postulados teóricos, ha llegado hasta hoy convertida en una idea propia de los sistemas democráticos. Quien contribuyó de manera sólida a la profundización de estos conceptos, fue una teórica judía nacida en Alemania, Hanna Fenichel Pitkin cuya familia huyó a los Estados Unidos frente al ascenso incontenible y sangriento de Adolfo Hitler.

La R de la palabra representación decía Hanna. Porque representación puede ser relacionada con un ámbito democrático y liberal… aunque también cabe una posición de autoridad, pues mientras el líder sea el representante de su pueblo, existe representación. Así, también abarca otro significado; hacer presente en algún sentido algo que, sin embargo, no está literalmente de hecho presente.

Cuatro dimensiones…

Buscando darles fuerza a esas ideas, otras reflexiones pretendían estudiar el concepto de representación analizando, en primer lugar, las distintas consideraciones que establece cuatro dimensiones de la representación señaladas por Hanna Fenichel Pitkin. Esta destacada teórica y profesora emérita de la ciencia política en la Universidad de California, era otra intelectual judía nacida en línea Alemania que ante el ascenso del nazismo debió huir a Estados Unidos.  Se trata de una batalla de autorización, accountability, dimensión descriptiva y dimensión simbólica.  La  R de revisión y el uso también de otra R de la reflexión.

En tercer lugar, refería a la representación política sustantiva. Y acabando, con la representación no electoral, va por una contrademocrática. Hanna, en su libro El concepto de representación, le da un giro y ubica cinco dimensiones de la representación política. Antes del cierre, es bueno ante el trabajo que se propone analizar las cuatro primeras (autorización, rendición de cuentas, descriptiva y simbólica), quedando para el final del capítulo una idea asociada con el centro de la cuestión, la representación sustantiva.

La Representación es un término complicado de definir. Un concepto moderno que se mezcla con significados antiguos y que, por ello, resulta arduo dar una definición clara y sin contradicciones de la palabra representación. La representación puede ser interpretada en un ámbito democrático y liberal, aunque también en un ámbito autoritario, pues mientras el líder sea el representante, existe representación. Representación, en términos generales, significa estar presente en algún sentido concreto, algo que no está, literalmente, de hecho presente.

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