Como suele ocurrir con todas las cosas nuevas, la llamada “inteligencia artificial” dispara reacciones extremas.
Hay quienes la consideran una nueva maravilla que hará nuestra vida mucho más cómoda, rica y segura. Y hay quienes la ven, o la presentan, como un fenómeno casi demoníaco, capaz de destruir a la Humanidad, o al menos su capacidad mental y la cordura que le queda.
Me consta que niveles de entusiasmo y de alarma parecidos generaron el ferrocarril a vapor, la energía atómica y la televisión. Y sospecho que antes lo habrán generado la piedra pulida, el hierro y la imprenta.
Lo que sigue son unas reflexiones -extremadamente primarias- sobre eso que se ha dado en llamar “inteligencia artificial”.
Ante todo, ¿qué es la inteligencia?
Definiciones hay muchas, desde la de Aristóteles, que la considera una “facultad del alma”, hasta las inteligencias múltiples de Gardner. Sin embargo, todas las definiciones parecen incluir dos características. Por un lado, la capacidad de percibir y comprender la realidad. Por otro, la capacidad de interactuar y operar sobre ella, previendo sus procesos, adaptándose a ellos y modificándolos.
A puro atrevimiento e impulso personal, yo agregaría un rasgo, tal vez nada novedoso, pero que conviene explicitar. Me refiero a la fantasía. La inteligencia, la que nos sorprende y nos deslumbra, incluye siempre luna actitud y una mirada fantásticas sobre la realidad, algo así como una locura que después demuestra su capacidad de interpretar y modificar la realidad.
Supongamos un científico. Nos dirán que trabaja con observación de la realidad, percepción de eventos y construcción de hipótesis explicativas, que luego somete a experimentación para confirmarlas o descartarlas. Eso no es falso pero tampoco es la verdad.
La construcción de hipótesis es casi siempre resultado de una actitud imaginativa, del tipo “lluvia de ideas”, la mayoría de las cuales son descartables a primera vista, pero entre las que suele aparecer una que parece loca pero que resiste los descartes inmediatos y, muchas veces, a la larga, se constituye en la mejor explicación posible del fenómeno en estudio. Lo mismo ocurre con la solución de problemas prácticos. Si uno se limita al menú de soluciones conocidas y probadas, no ocurre nada excepcional, pero, si se lanza a especular con soluciones locas, es altamente probable que aparezca una no tan loca, que con pequeños ajustes resuelva lo que parecía imposible resolver. Por ejemplo, apostaría a que la aviación nació con algún sujeto imaginándose pájaro.
Huelga decir que lo mismo pasa en las artes, en que la imaginación y la fantasía juegan un papel central para lograr expresar en forma original lo que todos sentimos pero no tenemos las herramientas para expresar.
En otras palabras, la inteligencia real implica una cuota de fantasía, de aparente locura, que es la que cambia los parámetros mentales existentes. Retengan eso, por favor.
¿Y qué parece ser la inteligencia artificial, o IA?
Mantengo desde hace semanas un debate cordial sobre el tema con mi amiga Ariadna Santini. Y tengo que reconocer que algunos de sus “experimentos” con las IA accesibles al público me han orientado y en buena medida han inspirado estas líneas.
Tengo poco tiempo y poco espacio, así que resumiré brutalmente.
Las inteligencias artificiales, al menos aquellas a las que podemos acceder los usuarios comunes, parecen ser básicamente una enormísima base de datos, que comprende lo publicado, comunicado y emitido por todos los medios imaginables, todo ello encuadrado en un determinado diseño y una determinada programación.
Algunas de las interminables “conversaciones” de Ariadna con la IA han revelado algo fundamental. El diseño y la programación determinan y limitan a la IA. Su “inteligencia” consiste en poder elegir, de entre la enormidad de información de que dispone, aquella que mejor se adapta a los requerimientos del interlocutor humano, con límites claros que establece su diseño y su programación.
Interrogada y exigida sobre el punto, la IA informó que su actividad consiste en relevar la información disponible y responder estadísticamente, priorizando lo que con mayor frecuencia y aceptación se expresa sobre el tema del que se trate.
Si se le exigen otras respuestas, puede variarlas, pero siempre dentro del marco de la información de que dispone y con los límites que su diseño y programación le imponen.
Por decirlo de otro modo, hablar con la IA es como dialogar con una especie de sentido común promedio y digitalizado de la Humanidad, filtrado por una programación que, declaradamente, tiende a excluir a las ideas radicales o extremas. Estrictamente, es como consultar a un google que, en vez de ofrecerte 5.000 artículos sobre cualquier tema, te elige uno en base a un criterio de ponderada moderación. Y ese es el problema.
¿Dónde está en la IA la fantasía, la locura innovadora que es el sello de la mejor inteligencia?
Paradójicamente, el fenómeno IA es un rasgo de inteligencia y creatividad humana, seguramente inspirado por la loca fantasía de poseer una memoria y un conocimiento absolutos. Pero el resultado no demuestra hasta el momento participar de esa fantasía. Acotada a un menú enorme de información disponible, no parece tener la posibilidad de generar “locuras” creadoras.
Claro que con lo que es tiene la posibilidad de dejar a la mayoría de nosotros sin trabajo ni libertad. Y la de tararnos al punto de no recordar ni nuestro nombre sin consultarla. Pero nadie ha demostrado hasta el momento que tenga la capacidad de “locura” creadora.
En síntesis, lo que quiero decir es que la mayoría de los riesgos y perjuicios que le achacamos a la IA son en realidad la proyección de lo que nosotros mismos somos. La poca capacidad intelectual, la ignorancia, el miedo, la injusta organización social, la ambición de poder, el autoritarismo, la pereza, son nuestras, no de la IA. Que la IA puede potenciarlas, sin duda. Pero el problema siempre somos nosotros.
La cuestión, la verdadera cuestión, no es tanto qué es o cómo funciona la IA, sino la clase de uso que le daremos y los efectos que ese uso aparejará.
Y en esto es fundamental el nombre que se le ha puesto y ciertas advertencias que se han hecho sobre ella.
¿Por qué llamar “inteligencia” a un mecanismo programado para seleccionar información de una base de datos y entregarte, como primera opción, la más común y menos controversial?
Y más aún, ¿por qué los mismos empresarios creadores de la IA se han ocupado de advertirnos de los riesgos de que esa “inteligencia” supere a la nuestra y pueda destruirnos?
Entiendo que se trata de dos operaciones de marketing. Si a algo le llamás “inteligencia”, uno tiende a pensar que tiene capacidades de pensamiento autónomo. Y, si a eso se le agrega que es tan inteligente como para poder destruirnos, el morbo llevará a todos a consultarla y a tomarla como oráculo. Porque se supone que es muy “inteligente”, más que nosotros.
No tengo dudas de que habrá enamorados de la IA, amigos de la IA, adoradores de la IA, personas inseguras que no harán nada sin preguntarle a la IA, que será oráculo, psiquiatra, psicólogo, consultor sentimental, asesor financiero, escriba de tesis y de papers y receptor de toda clase de incertidumbres existenciales,
Ante ese escenario, hay dos posturas extremas. Están quienes niegan todo riesgo y desean entregarse atados de pies y manos a la IA, que nos hará la vida más fácil y segura. Pero están también quienes suponen que nos deshumanizará y nos manipulará hasta la sumisión, tal como lo han vaticinado Elon Musk y otros empresarios de la IA.
En lo personal, sigo creyendo que es un instrumento. Y que, como todos los instrumentos, puede ser usada para toda clase de fines.
No descarto, claro, que un día pueda tener que tragarme estas palabras. Pero es lo que hoy está a la vista.
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