La tragedia de Goli Kouhlan comenzó hace siete años. En realidad, no. Empezó mucho antes, pero aquel día tuvo un punto de inflexión que en la historia de su vida no fue más que una consecuencia anunciada desde el día en que nació veinticinco años atrás.
Es que Goli estaba, tristemente, predestinada para la tragedia. Nació pobre y mujer en el noroeste de Irán, en una de las comunidades más abandonadas de una zona ya abandonada. Es baluch, una minoría que habla el idioma baluchi que, como nómades, se desplazan por Pakistán y zonas vecinas de Afganistán e Irán. En las tesis de máxima, se estima que serían unos 10 millones de hablantes de la lengua baluchi en todo el mundo. Otros, no sé si más cautos o escépticos, reducen ese número a la mitad, cinco millones.
La lengua baluchi se habla principalmente en la región de Baluchistán, que se extiende particularmente en las provincias de Baluchistán y Sindh de Pakistán, donde está el mayor número de hablantes. En Afganistán, particularmente en la provincia de Nimruz y sus alrededores. Y finalmente, en Irán, se ubican en la provincia de Sistán y Baluchistán. Ello sin olvidarnos que también hay comunidades de habla baluchi en Omán y en los estados del Golfo Pérsico, Turkmenistán y África Oriental.
El baluchi es una lengua “paria”. Así las cosas, desde 2017 no hay Wikipedia baluchi. Tampoco hay canales de televisión de mínimos desarrollos que transmitan exclusivamente en esta lengua. Y es muy limitado, extraordinario, el uso del baluchi en la televisión provincial estatal iraní en Sistán va Baluchistán. Muy mínimo aun cuando se le compara con el uso de otros idiomas minoritarios en otros canales de televisión provinciales iraníes.
Un dato no menor, ilustrativo de otros factores culturales: el balochi no tiene distinción de género. La única variante de su sistema nominal y pronominal radica en que utiliza una distinción de casos de tres vías. Algo así sucede con otros idiomas iraníes, la mayoría de los dialectos baluchi usan el arreglo pseudo-ergativo para construcciones transitivas en tiempo pasado.
Volviendo a Goli
Goli Kouhkan, la “niña novia”, en mayo de 2018 tenía por entonces 18 años cuando encontró a su esposo golpeando a su hijo que por entonces tenía apenas cinco años… Sólo atinó a pedir auxilio a un primo que de inmediato respondió al llamado y nada más llegar, enfrentó al golpeador en una lucha que terminó con la muerte del esposo. A pesar de todo, ella llamó a una ambulancia y les contó a las autoridades lo que había sucedido sin omitir detalle. La respuesta del sistema fue que los dos, ella y su primo, fueron arrestados.
Pero solo ella fue condenada a muerte por defender al pequeño. Han pasado 7 años y hoy tiene 25. Los mismos siete años que ha estado sufriendo, sola, sin visitas, en el corredor de la muerte en la prisión central de Gorgan, en el norte de Irán.
Ahora tiene hasta diciembre para cumplir con un acuerdo cerrado con la familia de la “víctima”: se trata de pagar 10.000 millones de tomans, unas 80 mil libras esterlinas, en “dinero de sangre”. Eso o la muerte. Mujer y pobre, dos condenas.
Iran Human Rights, IHR, con sede en Noruega, ha alertado sobre esta triste realidad. Goli sufrió abusos físicos y emocionales durante años en su niñez y adolescencia. En una ocasión extrema, cuando logró escapar y huyó hasta la casa de sus padres, su padre le dijo: “Entregué a mi hija con un vestido blanco, la única forma en que puedes regresar [es envuelta en un sudario]”.
Ese mismo estado tan maltratador como su esposo abusivo, le hizo sentir su furia: fue sometida a un interrogatorio sin la presencia de un abogado y bajo fuerte presión, como siempre sin derecho, firmó una confesión falsa. A nadie importa, tristemente, su analfabetismo. La vida con ella ha sido más que cruel.
Los jueces a partir de esa indefensión condenaron a Goli a morir en la horca. Según la ley iraní, la familia de una víctima puede perdonarla a cambio de dinero de sangre. Como si la indefensión legal y la violencia no alcanzara, vaya otra más: los funcionarios de la prisión acordaron con la familia de la “víctima” mediante el cual perdonarían la vida de Goli y la liberarían toda vez que pague lo estipulado y se largue de la ciudad de Gorgan. Es poco probable que se le permita el contacto con su hijo, ahora de 11 años, que está siendo criado por sus abuelos paternos.
La muerte de Goli ya está en curso. Sin contacto con su hijo, la horca a la que la condena el estado iraní y la familia del violento abusador tiene fecha: diciembre próximo.
Así es Irán…
En 2024 fueron ejecutados 101 baluchis. Según Naciones Unidas, y ésta no es la excepción, todos los juicios han sido injustos y marcados por la falta de acceso a una representación legal adecuada, la práctica recurrente de tortura y de métodos inhumanos. El aislamiento prolongado ha sido una constante. También las ejecuciones secretas no reportadas por fuentes estatales dejan al descubierto que las muertes por sentencias ilegales son mayores a lo que muestran las estadísticas oficiales.
En Irán, “las mujeres baluchis, y las mujeres en general, son blanco del régimen. Nadie sabe de ellas, nadie se preocupa por ellas y sus voces no se escuchan. Las mujeres no tienen derechos; tienen que obedecer a sus maridos y se les impide ir a la escuela. Las familias casan a las niñas debido a la pobreza por la triste y cruel realidad de no poder mantenerlas”.
Irán ejecuta el mayor número de mujeres a nivel mundial, según los datos disponibles. En 2024, al menos 31 mujeres fueron ejecutadas por delitos relacionados con drogas, asesinato y seguridad en Irán, el mayor número de ejecuciones registradas de mujeres en más de 15 años. Al menos 30 mujeres han sido ejecutadas en lo que va del 2025.
Irán ha desarrollado tecnologías de última generación que han servido para la guerra y la destrucción, pero no para democratizar la dignidad de sus mujeres y niños. Quizás unas bombas y unos drones menos a cambio de educación y derechos, le darían a las mujeres y niños de Irán algo de derechos y esperanzas.





